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30 de noviembre de 2025

UN NUEVO COMIENZO: VIVIENDO EL CIELO EN LA TIERRA

ESCRITURA: 2 CORINTIOS 5:17

Gustavo Cáceres

Un nuevo comienzo: Viviendo el cielo en la tierra


Introducción y marco teológico

Esta predicación se centra en profundizar en el significado transformador de 2 Corintios 5:17: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas". El predicador presenta este pasaje no como un simple cliché o una promesa superficial de cambio de hábitos personales, sino como una realidad radical que anuncia la llegada del reino de los cielos a nuestra historia personal y colectiva.

El mensaje comienza estableciendo un contraste entre la naturaleza humana de buscar "reformas" y la naturaleza del evangelio que ofrece una transformación completa. El predicador señala cómo habitualmente las personas buscan realizar cambios y mejoras en sus vidas: remodelar casas, cambiar muebles, iniciar dietas o rutinas de ejercicio. Esta tendencia a la reforma también se traslada al ámbito religioso, donde frecuentemente se intenta "educar" o "pulir" al viejo hombre pecaminoso para presentarlo ante Dios.

Sin embargo, el mensaje central de la predicación es que el evangelio no trata de reformar o mejorar lo viejo, sino de una creación completamente nueva. No es "borrón y cuenta nueva" en el sentido de simplemente olvidar el pasado, sino la realidad de ser constituidos como nuevas criaturas en Cristo.


Los dos representantes legales de la humanidad

El predicador profundiza en el concepto de estar "en Cristo" explorando la doctrina bíblica de los dos representantes legales de la humanidad

Adán: El primer representante en el pacto de obras que falló. Según Romanos 5:12, "por un hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron". El predicador enfatiza la palabra clave "constituidos" en Romanos 5:19: "por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores". Esto significa que legalmente, por nacimiento natural, todos heredamos la quiebra moral, la culpa y la muerte de Adán, no simplemente porque lo imitamos, sino porque él era nuestra cabeza federal, nuestro representante legal.

Cristo: El segundo representante, "el postrer Adán" en el pacto de gracia. Romanos 5:19 continúa diciendo que "por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos". Cristo vino a hacer lo que Adán no pudo, ofreciendo una nueva identidad y posición legal a quienes están en Él.

El predicador utiliza la analogía de los líderes políticos actuales: cuando un presidente declara la guerra o toma decisiones, representa legalmente a toda la nación, incluso a aquellos que no están de acuerdo con sus decisiones. De manera similar, Adán nos representó a todos en su desobediencia. La buena noticia es que Cristo nos representa ahora en su perfecta obediencia.


La transformación de la identidad: de estar "en Adán" a estar "en Cristo"

El mensaje desarrolla la transformación fundamental que ocurre cuando pasamos de estar "en Adán" a estar "en Cristo". Este cambio no es simplemente una mejora de comportamiento o una reforma superficial, sino un cambio radical de identidad y naturaleza.

El predicador explora cómo este cambio de representante legal afecta nuestra identidad y posición espiritual:


- En Adán: Estamos bajo el dominio del pecado y la muerte, destituidos de la gloria de Dios, y somos parte del viejo orden de la creación caída.


- En Cristo: Somos constituidos justos, recibimos una nueva naturaleza, y pertenecemos al nuevo orden de la nueva creación.


Este cambio de identidad no es algo que nosotros logremos por esfuerzo propio, sino que es obra de Dios a través de su gracia. No es una reforma gradual del viejo hombre, sino una nueva creación completa.


Nueva creación: el milagro transformador

La predicación enfatiza que la frase "nueva criatura es" en 2 Corintios 5:17 no se refiere a una versión mejorada de nosotros mismos, sino a una nueva creación milagrosa. El término griego usado aquí está relacionado con la creación original en Génesis, indicando que Dios está haciendo algo tan radical como cuando creó el mundo de la nada.

El predicador subraya varios aspectos importantes de esta nueva creación:


- Es obra exclusiva de Dios: Así como la creación original fue obra divina, también lo es esta nueva creación. No podemos reformarnos a nosotros mismos; necesitamos ser creados nuevamente por Dios.

- Es completa y radical: "Las cosas viejas pasaron" indica una ruptura total con el viejo orden. No es una mejora o reparación, sino un reemplazo completo.

- Es una realidad presente con implicaciones futuras: La nueva creación ya ha comenzado en aquellos que están en Cristo, aunque su plena manifestación está aún por venir.

- Anuncia la era venidera: La nueva creación en el creyente es un anticipo del reino de los cielos y la restauración final de todas las cosas.


Viviendo como nueva creación

La parte final de la predicación se enfoca en cómo debemos vivir a la luz de esta verdad transformadora. Si somos nuevas criaturas en Cristo, esto debe manifestarse en nuestra manera de pensar, sentir y actuar:


- Abandonar la mentalidad de reforma: Dejar de pensar que simplemente necesitamos "mejorar" algunos aspectos de nuestra vida y reconocer que necesitamos una transformación completa que solo Dios puede realizar.

- Abrazar nuestra nueva identidad en Cristo: Vivir desde nuestra posición de justificados y adoptados, no desde nuestra condición anterior bajo Adán.

- Manifestar el reino de los cielos en la tierra: Como nuevas criaturas, estamos llamados a ser embajadores de esa realidad celestial que ya ha irrumpido en la historia humana.

- Vivir por el Espíritu: La nueva creación implica que el Espíritu Santo mora en nosotros, capacitándonos para vivir de acuerdo con nuestra nueva naturaleza.


Conclusión y llamado

El predicador concluye con un llamado a examinar si realmente estamos viviendo como nuevas criaturas en Cristo o si seguimos intentando simplemente reformar nuestra vieja naturaleza. La invitación es a rendirse completamente al Señor y permitir que Su obra transformadora sea una realidad en nuestras vidas.

La esperanza del evangelio es que no estamos condenados a permanecer como estamos. A través de Cristo, Dios ha provisto el medio para que seamos completamente transformados, no solo mejorados o reformados. Esta es la buena noticia: que en Cristo somos nueva creación, parte de ese reino celestial que ya ha comenzado a manifestarse en la tierra.

El título "Un nuevo comienzo: viviendo el cielo en la tierra" captura la esencia de esta enseñanza: que a través de Cristo, podemos experimentar un reinicio completo, no solo un cambio superficial, y que esta transformación nos permite manifestar la realidad del cielo aquí en la tierra mientras esperamos la consumación final de todas las cosas.

La predicación termina enfatizando que esta no es una promesa abstracta para el futuro, sino una realidad presente para todos aquellos que están "en Cristo", invitando a los oyentes a vivir plenamente desde esta nueva identidad transformada por el poder del evangelio.

Preguntas respondidas en “Un nuevo comienzo: viviendo el cielo en la tierra”


¿Qué significa realmente ser una "nueva criatura" en Cristo?

Ser una nueva criatura en Cristo va mucho más allá de una simple mejora de comportamiento o un cambio de hábitos. Como explica la predicación, cuando 2 Corintios 5:17 dice "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas", está hablando de una creación completamente nueva, no de una versión reformada o mejorada de nosotros mismos. El término griego utilizado aquí hace referencia a la creación original en Génesis, indicando que Dios está haciendo algo tan radical y milagroso como cuando creó el mundo de la nada.

Esta nueva creación implica un cambio fundamental de identidad: pasamos de estar "en Adán", bajo la culpa y el dominio del pecado, a estar "en Cristo", justificados y con una nueva naturaleza. En Romanos 6:4, Pablo explica que "somos sepultados juntamente con él en muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva". No se trata de reformar lo viejo, sino de morir con Cristo para resucitar a una vida completamente nueva. Es un milagro divino donde Dios nos recrea, nos da un nuevo corazón y un nuevo espíritu, como promete en Ezequiel 36:26: "Os daré un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros". Esta es la maravilla del evangelio: no venimos a Cristo para ser mejorados, sino para ser transformados por completo.


¿Por qué es insuficiente tratar de "reformarnos" a nosotros mismos?

Nuestra tendencia natural, como señala la predicación, es buscar reformas: renovar nuestra casa, cambiar nuestro aspecto, mejorar nuestros hábitos. Esta mentalidad también la trasladamos al ámbito espiritual, pensando que simplemente necesitamos "pulir" al viejo hombre o eliminar algunos malos hábitos. Pero este enfoque de autoreforma está destinado al fracaso porque no aborda el problema fundamental: nuestra naturaleza caída.

La Escritura es clara al respecto. En Jeremías 13:23 leemos: "¿Podrá el etíope cambiar su piel, o el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?" Jesús también enseñó esta verdad cuando habló sobre no poner vino nuevo en odres viejos (Mateo 9:17), ilustrando que lo nuevo requiere un contenedor completamente nuevo. El problema no está en lo que hacemos, sino en lo que somos por naturaleza. Por eso Pablo declara en Romanos 7:18: "Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien".

La predicación nos muestra que intentar reformarnos es como tratar de reparar una casa con cimientos destruidos o arreglar un árbol podrido desde la raíz. Lo que necesitamos no es reforma, sino regeneración; no mejora, sino recreación. Solo Dios puede realizar este milagro en nosotros, como leemos en Juan 1:12-13: "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios".


¿Qué significa estar "en Adán" versus estar "en Cristo"?

La predicación desarrolla con claridad estos dos estados fundamentales que determinan nuestra identidad espiritual. Estar "en Adán" significa que por nacimiento natural pertenecemos al primer representante legal de la humanidad, quien nos introdujo en un estado de pecado, culpa y muerte. Como explica Romanos 5:12: "Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron". No simplemente imitamos a Adán, sino que fuimos "constituidos pecadores" (Romanos 5:19) a través de él, como nuestra cabeza federal.

En contraste, estar "en Cristo" significa que por la fe somos unidos a un nuevo representante legal, "el postrer Adán" (1 Corintios 15:45), quien nos introduce en un estado de justicia, vida y reconciliación con Dios. Como afirma Romanos 5:19: "Por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos". Este cambio no es gradual ni parcial, sino completo y transformador.

La imagen que utiliza la predicación es ilustrativa: así como un presidente representa legalmente a toda su nación incluso a aquellos que no votaron por él, Adán nos representó a todos en su desobediencia. La buena noticia es que Cristo ahora nos representa con su perfecta obediencia ante Dios. Pablo lo expresa maravillosamente en 1 Corintios 15:22: "Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados". Este contraste fundamental nos ayuda a entender por qué necesitamos no solo mejoras morales, sino una nueva identidad y naturaleza que solo puede venir a través de la unión con Cristo.


¿En qué sentido somos "embajadores de Cristo" y cómo se relaciona esto con ser nueva criatura?

Ser embajadores de Cristo, como menciona la predicación, es una consecuencia directa de nuestra nueva identidad como criaturas nuevas en Él. Un embajador representa oficialmente a un reino o gobierno en territorio extranjero. De manera similar, como nueva creación, representamos el reino de los cielos aquí en la tierra, que todavía está bajo la influencia del pecado y la muerte.

En 2 Corintios 5:20, justo después de hablar de la nueva creación, Pablo declara: "Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros: os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios." Como embajadores, nuestra misión no es simplemente vivir vidas moralmente mejores, sino manifestar la realidad del reino venidero en este mundo presente. Representamos un nuevo orden, una nueva autoridad y una nueva manera de vivir que refleja los valores y la cultura del cielo.

Esta embajada del reino no es solo una responsabilidad, sino un privilegio que fluye naturalmente de quiénes somos ahora en Cristo. No estamos tratando de actuar como si fuéramos nuevas criaturas; realmente lo somos, y nuestra conducta, prioridades y valores deben reflejar esa nueva realidad. Como Jesús enseñó a sus discípulos a orar: "Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo" (Mateo 6:10). Como nueva creación y embajadores de Cristo, somos instrumentos a través de los cuales esa oración comienza a ser contestada.


¿Cómo obra Dios esta transformación en mi vida y qué responsabilidad tengo yo en ese proceso?

La transformación de vieja a nueva criatura es fundamentalmente una obra soberana de Dios, como destaca la predicación al comparar la nueva creación con la creación original en Génesis. Así como no participamos en nuestra creación física, tampoco podemos generarnos a nosotros mismos espiritualmente. Jesús lo explicó a Nicodemo: "El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios" (Juan 3:3), y aclaró que este nuevo nacimiento es "del agua y del Espíritu" (Juan 3:5), no de la voluntad humana.

Sin embargo, esto no significa que seamos pasivos en el proceso. La Escritura nos llama a responder al evangelio con fe y arrepentimiento. Como Pedro predicó en Pentecostés: "Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo" (Hechos 2:38). La fe es el medio por el cual nos apropiamos de esta nueva identidad en Cristo, como Pablo explica en Gálatas 2:20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí".

La predicación clarifica este balance: Dios es quien realiza la obra transformadora, pero nosotros respondemos con fe, nos rendimos a su señorío y cooperamos con su Espíritu. Es como explica Pablo en Filipenses 2:12-13: "Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad". Dios inicia, sustenta y completa la obra, pero nosotros participamos activamente en ella, viviendo cada día en consonancia con nuestra nueva identidad en Cristo, "despojándonos del viejo hombre" y "vistiéndonos del nuevo" (Efesios 4:22-24).


Si soy una nueva criatura, ¿por qué sigo luchando con los mismos pecados?

Esta es quizás una de las preguntas más frecuentes entre los creyentes, y la predicación aborda indirectamente esta tensión. Aunque en Cristo somos nueva creación y las cosas viejas han pasado, experimentamos lo que los teólogos llaman el "ya pero todavía no" del reino de Dios. Ya somos nuevas criaturas en nuestra identidad espiritual, pero todavía no experimentamos la plenitud de esta realidad en nuestra experiencia diaria.

Pablo describe vívidamente esta lucha en Romanos 7:15-25, reconociendo el conflicto interno entre su nueva naturaleza que desea agradar a Dios y la presencia persistente del pecado: "Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago". Sin embargo, concluye con esperanza: "¡Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro!" (Romanos 7:25), y continúa en Romanos 8 explicando cómo el Espíritu nos ayuda en esta lucha.

La predicación nos recuerda que la nueva creación es tanto una realidad presente como una esperanza futura. Somos declarados justos en Cristo (justificación), estamos siendo transformados progresivamente a su imagen (santificación) y seremos completamente semejantes a Él en su venida (glorificación). Como explica 1 Juan 3:2: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es".

Esta tensión no debería desanimarnos, sino motivarnos a vivir cada día desde nuestra nueva identidad en Cristo, confiando en el poder del Espíritu Santo para transformarnos. Como asegura Pablo en Filipenses 1:6: "Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo".


¿Cómo puedo saber si realmente soy una nueva criatura en Cristo o solo estoy intentando reformar mi vida?

Esta es una pregunta crucial que toca el corazón de la predicación. Muchas personas religiosas intentan mejorar aspectos de su vida sin experimentar la transformación radical que implica ser una nueva criatura en Cristo. La diferencia no está principalmente en las conductas externas, sino en la fuente y motivación de esos cambios.

Primero, la nueva creación es obra de Dios, no resultado del esfuerzo humano. Si tu cambio depende completamente de tu fuerza de voluntad y disciplina personal, es posible que estés intentando reformar al viejo hombre en lugar de vivir como nueva criatura. Como Jesús enseñó en Juan 15:5: "Sin mí nada podéis hacer." La nueva criatura vive en dependencia consciente del Espíritu Santo.

Segundo, la nueva creación implica un cambio de identidad y afectos, no solo de conducta. Pablo describe esto en Gálatas 2:20: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí." Si tu fe cristiana consiste principalmente en seguir reglas sin que haya un amor genuino por Cristo y una nueva identidad en Él, podría ser señal de reforma religiosa más que de regeneración espiritual.

Tercero, la nueva criatura experimenta una transformación de sus deseos y valores. Como dice 2 Corintios 5:14-15: "El amor de Cristo nos constriñe... para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." Cuando eres una nueva criatura, no solo dejas de hacer ciertas cosas porque "están mal", sino que tus afectos cambian: empiezas a amar lo que Dios ama y a aborrecer lo que Él aborrece.

Por último, la nueva criatura produce el fruto del Espíritu (Gálatas 5:22-23): amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza. No por esfuerzo propio, sino como resultado natural de la vida de Cristo en ti. Si estos frutos empiezan a manifestarse en tu vida, aun imperfectamente, es una buena señal de que realmente eres una nueva criatura en Cristo y no solo alguien que intenta reformarse a sí mismo.


¿Cómo se relaciona esta enseñanza con la justificación por la fe?

La doctrina de la justificación por la fe está íntimamente conectada con el concepto de ser nueva criatura en Cristo. La predicación explica cómo pasamos de estar "en Adán" a estar "en Cristo" a través de la fe, siendo "constituidos justos" por la obediencia perfecta de nuestro nuevo representante legal.

La justificación por la fe, que Pablo desarrolla extensamente en Romanos y Gálatas, enseña que somos declarados justos ante Dios no por nuestras obras o méritos, sino por la fe en Cristo Jesús. Como explica en Romanos 5:1: "Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo". Esta justificación es el fundamento legal de nuestra nueva identidad en Cristo.

La predicación enfatiza que este cambio no es meramente declarativo o forense, sino que produce una transformación real en nosotros. Cuando Dios nos justifica por la fe, simultáneamente comienza la obra de regeneración, haciéndonos nuevas criaturas en Cristo. Pablo conecta estas realidades en Tito 3:5-7: "Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia.

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