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23 de agosto de 2026

TODA LA GLORIA LE PERTENECE A DIOS

PASAJE BÍBLICO: ROMANOS 3:27-31

Cesar González

Toda la Gloria le pertenece a Dios


"¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras?
No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley."
(Romanos 3:27-28)


La doctrina de la justificación por la fe transforma profundamente la manera de vivir, renovando el corazón, la adoración, la relación con la iglesia y la obediencia al Señor. Esta verdad transformadora se sostiene en las palabras del apóstol Pablo en su carta a los Romanos, en su capítulo tres, donde se afirma: «¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley» (Romanos 3:27-28). La obra perfecta de Jesucristo elimina el orgullo humano, reconcilia a personas de toda condición para formar un solo cuerpo en la iglesia y establece el verdadero propósito de la ley de Dios.


La justificación por la fe elimina toda jactancia humana

A menudo, la condición humana tiende a buscar méritos propios en el estatus, el conocimiento, la disciplina o las buenas obras para procurar una posición de aprobación ante Dios. Sin embargo, la enseñanza bíblica deja al ser humano sin excusas y sin méritos personales, estableciendo que nadie será declarado justo ante el Creador por medio del cumplimiento de la ley. Cuando la justicia de Dios se manifiesta mediante la fe en Jesucristo, todo orgullo y presunción quedan expulsados por completo de la presencia divina, ya que cualquier intento de presentar obras humanas como moneda de cambio para la salvación es apartado del juicio de Dios. Como bien recuerda el apóstol Pablo al reflexionar sobre la gracia y el llamado divino: «Porque ¿quién te hace diferente? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» (1 Corintios 4:7).

Toda la obra de salvación fue realizada de manera acabada e insuperable por el Señor Jesucristo. En su vida en la tierra, él obedeció la ley de forma perfecta en los puntos donde el ser humano la quebranta, amó al Padre con todo su corazón y jamás incurrió en pecado alguno con sus pensamientos o acciones. Posteriormente, en la cruz, Jesús asumió la culpa de la humanidad y recibió el juicio justo que le correspondía al pecador, sellando la redención con la declaración de que todo había sido consumado. No existe una deuda pendiente ni un esfuerzo adicional que el ser humano pueda sumar a la salvación; por ello, la fe verdadera lleva a abandonar la confianza propia y a gloriarse únicamente en el sacrificio de la cruz.


El evangelio derriba los muros y forma un solo pueblo

La justicia de Dios otorgada por la fe no solo destruye la jactancia del hombre ante Dios, sino que también elimina la superioridad y la enemistad entre las personas. En el contexto del primer siglo, existía una profunda barrera que separaba a los judíos de las demás naciones, llevando a los primeros a considerarse los únicos poseedores de las promesas y a mirar a los demás con desprecio. La carta a los Romanos confronta esa mentalidad al recordar la verdad fundamental de que no existen divinidades distintas para cada cultura, nacionalidad o estrato social; hay un solo Dios y Creador que justifica por medio de la fe a todo aquel que cree en su Hijo.

Mediante la entrega de Cristo, Dios derribó la pared intermedia de separación para reconciliar en un solo cuerpo a personas con trasfondos, historias y culturas totalmente diversas. Así lo describe la carta a los Efesios: «Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación» (Efesios 2:13-14). La iglesia no surge como una asociación de personas que comparten los mismos gustos o ideas, sino como un milagro de adopción divina donde nadie posee un privilegio intrínseco sobre los demás. Cada creyente ha sido recibido por gracia y comparte la misma dignidad como hijo adoptado del Padre. Por lo tanto, comprender el evangelio renueva las relaciones comunitarias, eliminando el juicio o el desprecio entre hermanos y haciendo de la congregación un refugio de reconciliación y amor sincero.


La fe no invalida la ley, sino que confirma su propósito

Al comprender que la salvación es un regalo inmerecido que no se obtiene por obras, surge en ocasiones la duda de si la ley de Dios pierde su valor o si la gracia autoriza una vida sin obediencia. El apóstol Pablo responde con firmeza a esta inquietud aclarando que la fe de ninguna manera anula la ley, sino que la coloca en su verdadero lugar. La ley cumple una función santa al revelar la perfección y la santidad de Dios, mostrando al mismo tiempo la incapacidad del ser humano para alcanzar esa exigencia por sus propias fuerzas y guiándolo hacia la necesidad de un Salvador.

Jesucristo es el cumplimiento perfecto de las demandas de la ley, habiendo vivido en impecable conformidad a la voluntad del Padre. Al ser justificados por la fe, la obediencia perfecta de Cristo es acreditada al creyente, y la ley se confirma no como un medio para ganar el favor divino, sino como la guía de una vida renovada. En la vida cristiana, la disposición a obedecer los mandamientos del Señor no nace del miedo al castigo ni del deseo de merecer el amor de Dios, sino de un corazón lleno de gratitud por haber sido amado y adoptado previamente por el Señor.

Preguntas respondidas en "Toda la Gloria le pertenece a Dios"


¿Por qué la justificación por la fe excluye cualquier tipo de mérito u orgullo humano ante Dios?

La salvación y la posición de aprobación delante del Creador no se obtienen por el esfuerzo, la disciplina personal, la moralidad o las obras piadosas, sino únicamente por la gracia recibida a través de la fe en Jesucristo. Ninguna persona puede presentarse ante Dios a reclamar un derecho o a jactarse de sus propios logros espirituales, pues el cumplimiento de la ley es incapaz de declarar justo al pecador. Dado que la redención fue completada en su totalidad por Jesús en la cruz, cualquier intento de atribuirse méritos personales queda expulsado por completo, dirigiendo toda la gloria y la gratitud hacia el Señor.

En la primera carta a los Corintios se enfatiza que la salvación ha sido diseñada por Dios para anular toda presunción humana: «A fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor» (1 Corintios 1:29-31).


¿De qué manera el entendimiento de haber sido todos adoptados por gracia transforma las relaciones entre los miembros de la iglesia?

Cuando los creyentes comprenden que ninguno de ellos merecía pertenecer a la familia de Dios y que todos han sido recibidos únicamente por la gracia del Padre a través del sacrificio de Cristo, desaparecen los motivos para la superioridad o el desprecio comunitario. En la congregación no hay espacio para las comparaciones, los privilegios espirituales o el juicio hacia los demás, ya que cada integrante comparte exactamente la misma condición de hijo adoptado y el mismo Salvador. Esta verdad espiritual destruye las barreras de orgullo y convierte a la iglesia en un espacio de aceptación sincera, humildad y profundo afecto fraterno.

El apóstol Pablo exhorta a los Filipenses a vivir en coherencia con esta humildad basada en el amor de Cristo: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (Filipenses 2:3-4).


¿Cuál es el propósito santo de la ley de Dios y de qué manera la fe en Cristo la establece en su lugar correcto?

La ley de Dios no fue dada para que el ser humano intente salvarse a través de su cumplimiento perfecto, sino para revelar la santidad inalcanzable del Creador y evidenciar la profunda incapacidad del pecador para justificarse a sí mismo. Lejos de anular o destruir la ley, la fe en Jesucristo la confirma al reconocer que él cumplió cada una de sus exigencias de forma impecable y pagó la condena que merecía su quebrantamiento. De este modo, la fe no desecha la ley, sino que la ubica en su lugar correcto: no como un medio para ganar la salvación, sino como el reflejo del carácter de Dios que guía la conducta de quien ya ha sido transformado por la gracia.

En la carta a los Gálatas se explica el papel pedagógico que la ley desempeñó para conducir a la humanidad hacia el Redentor: «De manera que la ley ha sido nuestro ayo, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe. Pero venida la fe, ya no estamos bajo ayo» (Gálatas 3:24-25).


¿Cuál es la diferencia entre obedecer a Dios por temor o mérito y obedecer por gratitud?

Obedecer por temor o por la intención de acumular méritos significa buscar el cumplimiento de los mandamientos para evitar el castigo o para intentar impresionar a Dios y ganar su favor. Esa forma de vivir produce orgullo cuando se cree tener éxito, o desesperación y juicio cuando se falla. Por el contrario, la verdadera obediencia cristiana no busca alcanzar el amor de Dios, sino que fluye como una respuesta de amor y agradecimiento al saberse amado, perdonado y adoptado previamente en Cristo. No se obedece para ser aceptado, sino que se obedece porque ya se ha recibido la gracia inmerecida del Padre.

En la primera carta de Juan se muestra el motor genuino de la vida cristiana y cómo el amor de Dios transforma la motivación para guardar sus mandamientos: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados... Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero» (1 Juan 4:10, 19).

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