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25 de enero de 2026

SEÑOR, ¿A QUIÉN IREMOS?

PASAJE BÍBLICO: JUAN 6:60-68

Joan Florez

Señor, ¿a quién iremos?


Contexto y marco central

La predicación se adentra en el contexto de Juan 6, un capítulo único en su relato que culmina en la pregunta de Jesús a sus discípulos: "¿Quieren ustedes también irse?" (Juan 6:67). Todo comienza con el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que alimenta a unos 5,000 hombres (posiblemente hasta 10,000 incluyendo mujeres y niños), un evento que atrae multitudes en busca de más señales físicas. Jesús, percibiendo sus motivaciones superficiales, les confronta en Juan 6:26-27: "En verdad les digo que me buscan no porque hayan visto señales, sino porque comieron de los panes y se saciaron. No trabajen por el alimento que se pierde, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el cual les dará el Hijo del Hombre". Al cruzar el mar de Galilea, las multitudes lo siguen, pero Jesús revela su identidad como el "pan de vida" (Juan 6:35), declarando que quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna (Juan 6:54). Para los judíos, el maná —dado por Dios durante el éxodo— era un elemento central de su identidad religiosa y un signo permanente del cuidado divino por medio de Moisés (Éxodo 16:4, 15; Salmos 78:24). Sin embargo, Jesús corrige su comprensión al afirmar que no fue Moisés quien les dio el verdadero pan del cielo, sino el Padre, y que ese pan es Él mismo, el que desciende del cielo y da vida al mundo (Juan 6:32–33). Al colocarse como el verdadero pan del cielo, Jesús declara su superioridad sobre el maná, el cual sustentaba la vida temporal, mientras que Él ofrece vida eterna. Estas palabras resultaron escandalosas y ofensivas para muchos, porque Jesús no solo evocaba el episodio del maná en el desierto, sino que se presentaba a sí mismo como su cumplimiento y superación. Esta afirmación confrontó profundamente las expectativas mesiánicas de los oyentes y su tradición religiosa, provocando rechazo en muchos. Como resultado, muchos se alejan, murmurando que su enseñanza es dura (Juan 6:60). Espiritualmente, este pasaje enseña que el seguimiento genuino no se basa en milagros temporales o beneficios materiales, sino en reconocer a Jesús como la fuente eterna de vida, lo que separa a los verdaderos discípulos de los que buscan solo satisfacción pasajera.


El pasaje central y la respuesta de los discípulos

En el clímax del contexto, Jesús se dirige directamente a los Doce: "¿Quieren ustedes también irse?" (Juan 6:67). Pedro responde con una confesión profunda: "Señor, ¿a dónde iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Juan 6:68-69). La predicación enfatiza que esta no es una respuesta impulsiva, sino el fruto de un conocimiento íntimo y fe genuina, similar al de los mártires. Pedro reconoce que Jesús no es solo un maestro o hacedor de milagros, sino el Mesías, el Hijo de Dios, cuya palabra ofrece vida eterna. Esta convicción distingue a los Doce de la multitud: mientras otros se van por la dureza de la enseñanza, ellos eligen quedarse reconociendo que Jesús es el único camino. La enseñanza destaca que esta respuesta refleja una relación personal con Cristo, donde la fe no flaquea ante el escándalo de la cruz o las demandas del discipulado. Espiritualmente, invita a examinar si nuestro conocimiento de Jesús es superficial —basado en beneficios— o profundo, reconociéndolo como el único Salvador que da palabras de vida eterna.


Ejemplos y miradas a la fidelidad en la adversidad

Para ilustrar la profundidad de esta convicción, la predicación evoca la figura de los mártires, comenzando con Esteban, el primer mártir cristiano en el libro de Hechos, quien dio su vida por testificar de Cristo. Se extiende a Policarpo, un discípulo de Juan que, alrededor del año 155 d.C., enfrentó la muerte en una hoguera por su fe. En un momento crucial, cuando un oficial intenta rescatarlo ofreciéndole libertad a cambio de negar a Cristo, Policarpo responde con una afirmación conmovedora: "Durante 86 años he sido su siervo y no me ha hecho ningún mal. ¿Cómo puedo ahora blasfemar contra mi Rey que me ha salvado?". Esta respuesta no surge de un conocimiento superficial, sino de una relación íntima y transformadora con Cristo, que hace inconcebible cualquier deserción. La enseñanza invita a los oyentes a ponerse en el lugar de Policarpo, preguntándose si, ante la persecución o la presión, responderían con la misma fidelidad o optarían por la comodidad. Espiritualmente, estos ejemplos revelan que el verdadero discipulado no es teórico, sino una entrega total que reconoce a Jesús como Rey y Salvador, capaz de sostener incluso en el sufrimiento.


Confrontación entre motivaciones y la palabra de vida eterna

Un componente esencial del mensaje es la distinción entre buscar a Jesús por lo que Él puede dar en lo inmediato y buscarlo por lo que Él es en sí mismo: la fuente de vida eterna. En Juan 6, después de alimentar a miles, Jesús confronta a las multitudes diciéndoles que no persigan a Él por el pan que perece, sino por el pan que permanece para vida eterna. En ese momento, Jesús se revela como el pan de vida, el verdadero alimento que sacia el hambre espiritual del ser humano más allá de las necesidades temporales. La predicación invita a los oyentes a identificar sus propias motivaciones: ¿buscamos a Cristo más por los beneficios tangibles de su presencia en nuestras vidas o por la gloria de conocer al que tiene palabras de vida eterna? Este discernimiento no es meramente intelectual; es un llamado a una fe que se aferra a la persona de Cristo, que confía en su autoridad y que está dispuesta a sostenerse en la verdad, incluso cuando las señales humanas no sean las esperadas.


Aplicación práctica para la vida de fe hoy

La enseñanza proporciona una guía para la vida cristiana contemporánea al centrar la atención en la fidelidad radical. Primero, se propone que la iglesia mire hacia su propio sentido de identidad: ¿quiénes somos cuando la cultura y la presión social empujan a abandonar la fe? La respuesta no es temeraria autodefensa, sino una confesión clara de que Jesús es el Pan de Vida, la medida de toda esperanza y la fuente de vida eterna. Segundo, se invita a las comunidades a cultivar una fe que no se desconcierta ante la dificultad, sino que permanece firme en la promesa de Cristo y en su palabra. Tercero, se subraya la necesidad de acompañar a quienes necesitan entender el alcance de la salvación que Él ofrece: no se trata de un menú de opciones, sino de un encuentro transformador con la persona de Cristo. Cuarto, la predicación urge a la comunidad de creyentes a refugiarse en la gracia que les sustenta y a sostenerse mutuamente ante la tentación de abandonar la fe ante la adversidad.


Conclusión: la invitación a permanecer en el Pan de Vida

La predicación concluye con una invitación a permanecer en Cristo, a no ceder ante el impulso de apartarse cuando el mensaje de la cruz resulta desafiante o costoso. Quien se mantiene firme en la verdad de que Jesús es el Pan de Vida y que sus palabras son la vía de la vida eterna está llamado a permanecer, a sostener la esperanza y a confiar en la soberanía de Dios que, a través de su Espíritu, capacita para seguir. La experiencia de los mártires de la fe —Esteban, Policarpo y otros— se presenta no como una muestra de glorioso martirio aislado, sino como un testimonio de la autenticidad de la fe que no cede ante la presión ni ante la muerte, sino que confiesa a Cristo como la única fuente de vida. En última instancia, el mensaje invita a cada oyente a responder con la misma convicción que Pedro: tú tienes palabras de vida eterna; y hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

Preguntas respondidas en “Señor, ¿a quién iremos?”


¿Qué significa realmente “comer mi carne y beber mi sangre”?

La predicación explica que esa expresión de Jesús no debe entenderse literalmente como un acto físico, sino como una metáfora profunda de la fe: creer en Él y recibir su vida. Al presentarse como “el pan de vida”, Jesús está diciendo que la fuente de vida no es la comida que se consume, sino la comunión vital con Él. Quien “come” de su carne y “bebe” de su sangre está participando de la vida que Jesús da por medio de su obra redentora, especialmente su muerte y resurrección. En este pasaje, la clave está en la fe: creer en Jesús como el Hijo de Dios y en su mensaje es abrazar la vida eterna que Él ofrece. Esto encuentra respaldo en otras afirmaciones de Juan, como “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35) y el vínculo entre creer y recibir vida eterna (Juan 6:54–58). Además, la eternidad comienza ya en la relación íntima con Cristo, porque la vida eterna no es solo una promesa futura, sino una realidad presente experimentada por quien confía plenamente en Él. En resumen, la verdadera vida eterna se vive al creer en Cristo, no al buscar únicamente obras o señales; la fe en Él produce una relación que transforma cada aspecto de la existencia, incluso en medio de las dudas o las críticas.


¿Cuál es la diferencia entre “conocer a Cristo” y “conocer de Cristo”, y por qué importa para la fe?

La predicación enfatiza que hay una distinción crucial entre conocer a Cristo de manera personal y conocer de Cristo de forma meramente doctrinal o informativa. El pasaje de Juan 6 revela a los discípulos que, si bien muchos creían haber estado con Jesús por un tiempo, no todos habían experimentado una fe genuina que transforme la vida. Pedro, en cambio, afirma una convicción profunda: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” y añade que “tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68–69). Este tipo de conocimiento no es meramente intelectual; es relacional y transformador. El Evangelio de Juan insiste en que la vida eterna es conocer al Padre verdadero y a Jesús, a quien Él envió (Juan 17:3). Por tanto, la fe cristiana no se reduce a saber cosas sobre Jesús, sino a conocerlo como Persona salvadora y Señor, confiar en Él como la fuente de vida y obedecer su palabra. Esta distinción afecta nuestra seguridad espiritual: creer de verdad significa haber experimentado la gracia que cambia el corazón, no solo adherirse a un conjunto de ideas. Quienes conocen a Cristo de manera real viven una relación que impulsa la obediencia, la esperanza y el amor, incluso cuando las circunstancias son difíciles, y su vida demuestra un progreso sostenido hacia la semejanza de Cristo


¿Qué aprendemos sobre la fe genuina a partir de la confesión de Pedro en Juan 6?

La confesión de Pedro es un testimonio explícito de fe personal y colectiva. Pedro no solo reconoce la autoridad de Jesús, sino que asume una fidelidad inquebrantable en medio de la incertidumbre que rodea a la multitud que se aparta. Esta respuesta encapsula la esencia del discipulado: creer en Jesús no es meramente aceptar un conjunto de enseñanzas, sino abrazar a la persona de Cristo como la fuente de vida eterna y someter toda la vida a su señorío. En la tradición bíblica, esta fe es el fundamento de la salvación y la relación con Dios; se apoya en pasajes como Juan 17:3, que describe la vida eterna como conocer al Padre y a Jesús, a quien Él envió. En la práctica, la confesión de fe de Pedro nos invita a evaluar la solidez de nuestra propia fe: ¿Reconocemos a Jesús como el Santo de Dios y confiamos en sus palabras, aunque la corriente del mundo diga lo contrario? ¿Estamos dispuestos a sostener nuestra fe incluso cuando ello cueste?


¿Qué nos enseña Juan 6 sobre la diferencia entre seguir a Jesús por lo que Él da y seguirlo por quien Él es realmente?

El pasaje presenta una progresión clara: primero se manifiesta el deseo de masas por comida y milagros; luego, ante la enseñanza de que el Pan de Vida es Cristo, muchos se apartan, y solo queda un grupo de discípulos fieles. La enseñanza subraya que la fe auténtica no se mide por cuánta comida o cuántos milagros recibe una persona, sino por la fidelidad de creer en Jesús como la fuente de vida eterna y por la disposición a seguirlo incluso cuando el costo es alto. Este énfasis está respaldado por el contraste entre buscar signos y buscar a Cristo mismo (ver Juan 6:26-27). En la vida de la iglesia, esto se traduce en una enseñanza que orienta a la congregación a buscar a Cristo por quien es, no solo por lo que Él ofrece, y a cultivar una obediencia que sostiene a la persona cuando la prueba llega.


¿Cuál es la misión de la iglesia según Juan 6?

Si Jesús es el Pan de Vida, la misión es comunicar a otros la esperanza que se encuentra en Él e invitar a otros a alimentarse de su presencia. El pasaje invita a la iglesia a evaluar sus prioridades: ¿se está afirmando en la comunión con Cristo y en la proclamación de su vida eterna, o se está obsesionando con señales temporales? En la práctica, esto se traduce en un ministerio de palabra y acción que nutre a las personas con la verdad del evangelio, acompaña a quienes están a punto de abandonar la fe y los anima a confiar en Cristo como la fuente de vida eterna. Pasajes como Mateo 28:19-20 y Romanos 10:14-15 refuerzan la urgencia de llevar este Pan de Vida a un mundo hambriento de esperanza.


¿Qué relación hay entre creer en Jesús y obedecerlo de verdad en la vida diaria?

La tensión entre creer en Jesús como 29 Pan de Vida y responder con fidelidad obediente es un tema central. La fe que salva es fe que se traduce en obediencia a la voluntad de Cristo; no basta aceptar que Él tiene palabras de vida si eso no transforma nuestras decisiones, prioridades y relaciones. En Juan 6: Jesús declara que la voluntad de Dios es que creamos en aquel a quien Él envió; y en 6:35 se afirma que quien viene a Cristo nunca tendrá hambre, y quien cree en Él nunca tendrá sed. La aplicación pastoral es clara: la fe genuina lleva a una vida que busca, escucha y sigue a Jesús diariamente, incluso cuando ello implica renunciar a ciertos placeres o comodidades. Esta integración de fe y vida se ve fortalecida por pasajes como Filipenses 2:12-13, que llama a trabajar la salvación con miedo y temblor, sabiendo que es Dios quien opera en nosotros tanto para querer como para realizar.


¿Qué significa hoy vivir confiando en que las palabras de Jesús dan vida eterna, aun en medio de problemas y dificultades?

La promesa de vida eterna en las palabras de Cristo invita a la comunidad a anclar su esperanza no en las circunstancias temporales sino en la persona de Jesús y su mensaje de salvación. Esto se traduce en una vida comunitaria que prioriza la enseñanza de la verdad bíblica, la adoración centrada en Cristo y la misión de hacer discípulos. La vida de fe cotidiana se enmarca en la confianza de que las palabras de Cristo no son meras ideas, sino poder que transforma el corazón y da esperanza presente y futura. Pasajes como 2 Corintios 4:16-18 fortalecen esta visión, recordándonos que las aflicciones leves y momentáneas se curvan ante la eterna gloria que está por manifestarse. En la práctica, la comunidad se compromete a sostenerse en la palabra de Cristo, a vivir de manera que otros vean la vida que proviene de él y a proclamar que en Él hay alimento para el alma y vida para la eternidad.


¿Cómo puedo confiar en que Jesús es suficiente cuando el mundo ofrece otras cosas que parecen más atractivas?

La predicación invita a mirar a Jesús como la fuente suficiente de vida y esperanza, especialmente frente a las tentaciones de buscar en el mundo lo que sólo Cristo puede dar. La afirmación de Pedro, “tú tienes palabras de vida eterna,” se presenta como un modelo de confianza que trasciende las dudas y las presiones culturales. En la vida cotidiana, esto significa enseñar y modelar una fe que no depende de que las cosas vayan como esperamos, sino de la certeza de que Jesús es quien tiene la vida eterna en sus palabras. El pasaje apoya la perspectiva de que la verdadera seguridad no está en la abundancia de recursos ni en la popularidad, sino en la relación con Cristo y en la fidelidad a su mensaje. Para quienes dudan, la invitación es examinar la autenticidad de su fe: ¿está Cristo en el centro de su vida y sus decisiones? ¿Puede decirse con Pedro: hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios?

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