

16 de agosto de 2026
REFLEXIONES BÍBLICAS EN MEDIO DE LA CALAMIDAD PÚBLICA
PASAJE BÍBLICO: APOCALIPSIS 11:13
Hanz Ramírez
Reflexiones Bíblicas en medio de la calamidad pública
"En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo." — Apocalipsis 11:13
Los desastres, como el terremoto acontecido recientemente en nuestro país, no solo son fuente de malas noticias, sino oportunidades para animar a las personas con que tenemos contacto a buscar con diligencia esperanza y consuelo en el único que realmente puede brindarnos: el Señor Jesús y sus buenas noticias de perdón y salvación. Esta verdad se apoya profundamente en la palabra del Señor descrita en el libro de Apocalipsis: «En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo» (Apocalipsis 11:13). Se puede procesar las catástrofes desde una perspectiva bíblica, comprendiendo el origen de las tragedias, la fragilidad de lo material, la urgente necesidad del arrepentimiento y el consuelo eterno que se encuentra únicamente en Cristo.
El verdadero origen del desastre
Aunque la ciencia explica que un terremoto ocurre por el movimiento de las placas tectónicas y la liberación de energía en las fallas geológicas, la causa raíz de la aflicción va más allá de un fenómeno geofísico. Para comprender el origen de la calamidad es necesario regresar al inicio, en el libro de Génesis, donde Dios puso al ser humano en un entorno perfecto. Sin embargo, al desobedecer la instrucción clara de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, la humanidad rompió su comunión con el Creador. La consecuencia directa de esa desobediencia no solo trajo la muerte para el ser humano, sino que la creación entera fue sujeta a vanidad y la tierra fue maldita por causa del pecado. Así lo declara Dios al hombre después de la caída: «Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol de que te mandé diciendo: No comerás de él; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida» (Génesis 3:17). Por lo tanto, aunque la causa inmediata de una tragedia sea un evento natural, la causa original de todo sufrimiento, dolor y destrucción en este planeta radica en el pecado introducido en el Edén.
La ilusión de la firmeza terrenal
Frente a la devastación, construcciones imponentes y bienes materiales que parecían indestructibles se agrietan o se vuelven escombros en cuestión de segundos. Esto pone de manifiesto que las cosas en esta tierra, por más sólidas que parezcan a los ojos humanos, son profundamente frágiles. En el Evangelio según San Mateo, en el capítulo seis, el Señor Jesús exhorta a no acumular tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen y donde los ladrones minan y hurtan, sino a hacer tesoros en el cielo. Todo lo terrenal es susceptible al deterioro rápido o lento, pero las realidades celestiales son imperecederas. Al respecto, en la segunda carta a los Corintios, en el capítulo cuatro y capítulo cinco, se recuerda que aunque el ser humano exterior se va desgastando, el interior se renueva de día en día, permitiendo no fijar la mirada en las cosas que se ven, que son temporales, sino en las que no se ven, que son eternas. Aunque la morada terrenal se deshaga, en Dios hay una casa no hecha por manos humanas, eterna en los cielos.
Lo que realmente merecemos y la necesidad de arrepentimiento
Ante las pérdidas humanas que deja una tragedia, surge frecuentemente la tendencia a juzgar o a pensar que a las víctimas les ocurrió algo terrible por ser más pecadoras que los demás. En el Evangelio según San Lucas, el Señor Jesús confrontó esta misma forma de pensar al referirse a unos galileos asesinados por Pilato y a dieciocho personas sobre las que cayó la torre de Siloé. Al abordar la situación de los galileos, el Señor Jesús advierte directamente: «Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente» (Lucas 13:3). Jesús aclaró que aquellas víctimas no eran más culpables que el resto de los habitantes, e instó a sus oyentes a reflexionar en su propia condición. Dios aborrece el pecado, y el hecho de ser preservados de una catástrofe no se debe a un mérito propio, sino a la paciencia y misericordia divinas que conceden tiempo para el arrepentimiento. Delante de la santidad de Dios, como se enseña en el sermón del monte en Mateo capítulo cinco, incurrir en el enojo o tratar con desprecio al prójimo expone al juicio. La justicia humana no nos hace superiores a nadie; todos merecemos la condensación, y la calamidad debe ser un llamado urgente a abandonar el pecado y buscar la gracia de Dios.
La tragedia anunciada y el refugio eterno
A diferencia de un terremoto, que sucede de forma intempestiva y sin previo aviso, el destino final del ser humano frente al juicio de Dios es una realidad claramente anunciada. La carta a los Hebreos establece en su capítulo nueve que está determinado que los hombres mueran una sola vez y después de esto venga el juicio. En el Evangelio según San Juan, en el capítulo tres, se enseña que quien cree en el Hijo tiene vida eterna, pero quien rehúsa creer no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él. Quienes han conocido la gracia de Cristo no pueden guardar silencio ante el peligro eterno que rodea a sus semejantes. Así como en medio de un derrumbe únicamente se preserva lo que se encuentra en un refugio adecuado, Jesucristo es el único refugio perfecto y seguro capaz de librar a las personas de la ira venidera. La invitación final es a acudir a él con arrepentimiento y fe, y a proclamar con valentía su mensaje de salvación a un mundo que lo necesita con urgencia.
Preguntas respondidas en "Reflexiones Bíblicas en medio de la calamidad pública"
¿Cómo se relaciona la soberanía de Dios y el temor piadoso frente a un evento natural destructivo?
Ante catástrofes de gran magnitud, la Biblia enseña que la naturaleza no actúa de forma caótica o fuera del dominio del Creador, sino que responde a su señorío. Dios gobierna sobre toda la creación, y cuando la tierra se estremece o las estructuras humanas caen, las personas son confrontadas con la fragilidad de su propia vida y con la inmensidad del poder divino. Este impacto busca derribar la autosuficiencia humana para producir un temor reverente que dirija la mirada y la adoración hacia el verdadero Dios, reconociendo que él es el único capaz de sostener el universo.
En el libro del profeta Nahúm se describe la majestad y el dominio de Dios sobre las fuerzas naturales que estremecen la tierra: «Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en el torbellino y en la tempestad, y las nubes son el polvo de sus pies. Él amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos; el Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruida. Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan»(Nahúm 1:3-5).
¿Por qué el origen del dolor y la destrucción va más allá de un evento natural?
El origen de todo el dolor, las tragedias y la destrucción que se observan en el mundo actual no se encuentra únicamente en factores geofísicos o ambientales, sino en la caída de la humanidad en el huerto del Edén. Cuando los primeros padres decidieron rebelarse contra la instrucción de Dios, el pecado introdujo la muerte y alteró el orden perfecto de la creación, dejando a la tierra sujeta a la corrupción y a la caducidad. Así, las catástrofes físicas son manifestaciones visibles y dolorosas de un mundo quebrantado por la desobediencia espiritual inicial.
Esta realidad es reafirmada en el libro del profeta Isaías, donde se muestra cómo la rebelión humana afecta directamente el entorno terrenal: «Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno. Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y disminuyeron los hombres» (Isaías 24:5-6).
¿De qué manera la fragilidad de las estructuras materiales nos recuerda la condición del cuerpo humano?
La caída de grandes edificios y la pérdida de bienes materiales que parecían inamovibles sirven como un espejo de la propia existencia física del ser humano. Así como las construcciones terrenales colapsan en instantes ante la fuerza de un terremoto, el cuerpo humano es frágil, temporal y está sujeto a un desgaste constante que inevitablemente culmina en la muerte. Esta fragilidad nos recuerda que la vida biológica no es eterna y que poner la confianza en la fortaleza terrenal o en el propio cuerpo es una ilusión pasajera.
El Salmo noventa profundiza en la brevedad y vulnerabilidad de la vida humana en comparación con la eternidad de Dios: «Haces que el hombre vuelva hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca» (Salmo 90:3-6).
¿Por qué el arrepentimiento no es un acto de una sola vez, sino una actitud permanente en la vida del creyente?
El arrepentimiento inicia en el momento de la conversión al reconocer la necesidad de la gracia de Cristo, pero no concluye allí; debe convertirse en una disposición continua del corazón. Dado que Dios aborrece el pecado y el creyente sigue expuesto a fallar en un mundo caído, examinar la propia vida ante la santidad divina es indispensable para mantener una comunión limpia con el Señor. Las tragedias a nuestro alrededor nos recuerdan constantemente la gravedad de la desobediencia y nos instan a volver continuamente a la misericordia de Dios con un corazón contrito.
En el libro del profeta Joel se instruye al pueblo de Dios a mantener una actitud constante de conversión y sensibilidad espiritual: «Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo» (Joel 2:12-13).
¿Por qué se presenta a Jesucristo como el único refugio seguro ante el juicio de Dios?
Así como en medio de una catástrofe solo sobrevivieron aquellos que estuvieron en la estructura o el lugar adecuado, frente al juicio divino anunciado sobre el pecado no existe mérito o esfuerzo humano que pueda salvar. Jesucristo es el único refugio perfecto porque en su sacrificio en la cruz absorbió la ira de Dios y pagó la deuda de la humanidad, ofreciendo salvación y justicia a todo el que confía en él. Estar en Cristo es la única garantía de seguridad eterna y de paz en medio de cualquier prueba o juicio.
El profeta Isaías anunció proféticamente la protección y el amparo que se hallan en el Salvador: «Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa» (Isaías 32:2)Preguntas clave
¿Cómo se relaciona la soberanía de Dios y el temor piadoso frente a un evento natural destructivo?
Ante catástrofes de gran magnitud, la Biblia enseña que la naturaleza no actúa de forma caótica o fuera del dominio del Creador, sino que responde a su señorío. Dios gobierna sobre toda la creación, y cuando la tierra se estremece o las estructuras humanas caen, las personas son confrontadas con la fragilidad de su propia vida y con la inmensidad del poder divino. Este impacto busca derribar la autosuficiencia humana para producir un temor reverente que dirija la mirada y la adoración hacia el verdadero Dios, reconociendo que él es el único capaz de sostener el universo.
En el libro del profeta Nahúm se describe la majestad y el dominio de Dios sobre las fuerzas naturales que estremecen la tierra: «Jehová es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable. Jehová marcha en el torbellino y en la tempestad, y las nubes son el polvo de sus pies. Él amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos; el Basán fue destruido, y el Carmelo, y la flor del Líbano fue destruida. Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan»(Nahúm 1:3-5).
¿Por qué el origen del dolor y la destrucción va más allá de un evento natural?
El origen de todo el dolor, las tragedias y la destrucción que se observan en el mundo actual no se encuentra únicamente en factores geofísicos o ambientales, sino en la caída de la humanidad en el huerto del Edén. Cuando los primeros padres decidieron rebelarse contra la instrucción de Dios, el pecado introdujo la muerte y alteró el orden perfecto de la creación, dejando a la tierra sujeta a la corrupción y a la caducidad. Así, las catástrofes físicas son manifestaciones visibles y dolorosas de un mundo quebrantado por la desobediencia espiritual inicial.
Esta realidad es reafirmada en el libro del profeta Isaías, donde se muestra cómo la rebelión humana afecta directamente el entorno terrenal: «Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno. Por esta causa la maldición consumió la tierra, y sus moradores fueron asolados; por esta causa fueron consumidos los habitantes de la tierra, y disminuyeron los hombres» (Isaías 24:5-6).
¿De qué manera la fragilidad de las estructuras materiales nos recuerda la condición del cuerpo humano?
La caída de grandes edificios y la pérdida de bienes materiales que parecían inamovibles sirven como un espejo de la propia existencia física del ser humano. Así como las construcciones terrenales colapsan en instantes ante la fuerza de un terremoto, el cuerpo humano es frágil, temporal y está sujeto a un desgaste constante que inevitablemente culmina en la muerte. Esta fragilidad nos recuerda que la vida biológica no es eterna y que poner la confianza en la fortaleza terrenal o en el propio cuerpo es una ilusión pasajera.
El Salmo noventa profundiza en la brevedad y vulnerabilidad de la vida humana en comparación con la eternidad de Dios: «Haces que el hombre vuelva hasta ser quebrantado, y dices: Convertíos, hijos de los hombres. Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche. Los arrebatas como con torrente de aguas; son como sueño, como la hierba que crece en la mañana. En la mañana florece y crece; a la tarde es cortada, y se seca» (Salmo 90:3-6).
¿Por qué el arrepentimiento no es un acto de una sola vez, sino una actitud permanente en la vida del creyente?
El arrepentimiento inicia en el momento de la conversión al reconocer la necesidad de la gracia de Cristo, pero no concluye allí; debe convertirse en una disposición continua del corazón. Dado que Dios aborrece el pecado y el creyente sigue expuesto a fallar en un mundo caído, examinar la propia vida ante la santidad divina es indispensable para mantener una comunión limpia con el Señor. Las tragedias a nuestro alrededor nos recuerdan constantemente la gravedad de la desobediencia y nos instan a volver continuamente a la misericordia de Dios con un corazón contrito.
En el libro del profeta Joel se instruye al pueblo de Dios a mantener una actitud constante de conversión y sensibilidad espiritual: «Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y lamento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo» (Joel 2:12-13).
¿Por qué se presenta a Jesucristo como el único refugio seguro ante el juicio de Dios?
Así como en medio de una catástrofe solo sobrevivieron aquellos que estuvieron en la estructura o el lugar adecuado, frente al juicio divino anunciado sobre el pecado no existe mérito o esfuerzo humano que pueda salvar. Jesucristo es el único refugio perfecto porque en su sacrificio en la cruz absorbió la ira de Dios y pagó la deuda de la humanidad, ofreciendo salvación y justicia a todo el que confía en él. Estar en Cristo es la única garantía de seguridad eterna y de paz en medio de cualquier prueba o juicio.
El profeta Isaías anunció proféticamente la protección y el amparo que se hallan en el Salvador: «Y será aquel varón como escondedero contra el viento, y como refugio contra el turbión; como arroyos de aguas en tierra de sequedad, como sombra de gran peñasco en tierra calurosa» (Isaías 32:2).