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24 de mayo de 2026

RECONCILIACIÓN: NUESTRA VOCACIÓN

PASAJE BÍBLICO: 2 CORINTIOS 5:11-18

Josué Saldarriaga

Reconciliación: Nuestra Vocación


Un Apóstol que Defiende un Ministerio Recibido por Misericordia

Para comprender plenamente el pasaje de 2 Corintios 5:11-18, la predicación comienza estableciendo el trasfondo histórico y pastoral de esta carta. La iglesia de Corinto, fundada bajo el ministerio de Pablo, había caído en un estado lamentable: divisiones internas, inmoralidades notorias y confusiones doctrinales serias. Todo esto fue abordado en la primera carta a los Corintios, escrita con una mezcla de corrección firme y amor genuino. En ese mismo proceso, Pablo debió también defender su autoridad apostólica, que había sido puesta en duda por algunos que lo consideraban inferior a otros maestros.

Después de aquella carta, durante un tiempo marcado por aflicciones personales, Pablo recibió noticias alentadoras a través de Tito: los corintios habían sido confrontados por la primera carta, se habían arrepentido y estaban tomando cambios notables en su manera de vivir. Con ese contexto de restauración como telón de fondo, Pablo escribe la segunda carta, que la predicación describe como un escrito de aliento y continuidad. En ella, Pablo los anima a perseverar en medio de las dificultades y a seguir mirando a Cristo, mientras continúa haciendo una defensa de su ministerio apostólico, aunque siempre con un énfasis claro: él no se gloría en sí mismo ni en sus propias capacidades. Su gloria es lo que Dios ha hecho en él y a través de él.

Este punto de partida es crucial, porque establece el tono de todo lo que sigue. En 2 Corintios 3:5-6, Pablo lo dice sin ambigüedades: "No que seamos competentes en nosotros mismos para pensar algo que proceda de nosotros, sino que nuestra competencia es de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto." La enseñanza hace hincapié en que Pablo tenía plena conciencia de esto: no era su elocuencia, su conocimiento de la ley ni su recorrido misionero lo que sostenía su ministerio. Era Dios quien lo había sustentado en medio de todas las situaciones, incluyendo persecuciones, hambre, peligros y tribulaciones de toda clase. Y en el capítulo 4, versículo 10, Pablo resume esa realidad con palabras profundas y certeras: "Llevamos siempre en el cuerpo por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo." Todo su vivir, su sufrimiento y su ministerio tenían un único propósito: que Cristo fuera visto y glorificado en él.


El Temor del Señor Como Motivación para Persuadir

Desde este fundamento, la predicación se adentra en el versículo 11 del capítulo 5, donde Pablo dice: "Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres." Para entender por qué Pablo habla de persuadir, hay que entender lo que precede en el versículo 10: todos compareceremos ante el tribunal de Cristo para ser recompensados conforme a lo que hayamos hecho, sea bueno o malo.

La predicación aclara que esta realidad no debe entenderse como una amenaza de condenación para el creyente. El cristiano genuino tiene la tranquilidad de que sus obras serán descubiertas no para condenación sino para recompensa. Sin embargo, esto no aplica a quien aún no ha creído. Para quien aún no ha tomado una decisión de fe, ese tribunal sí representa un juicio de condenación. Y es precisamente este conocimiento el que mueve a Pablo con urgencia. Él sabe que hay hombres y mujeres camino a ese juicio, y ese saber lo impulsa a persuadirlos, a rogarles que se reconcilien con Dios. No es un trabajo ligero ni superficial: es una labor ardua de entrega total, motivada por un amor profundo a quienes todavía no conocen a Cristo.

La predicación señala que este mismo impulso debería caracterizar a todo creyente. En la misma medida en que Pablo estaba apasionado por persuadir a los hombres, también nosotros deberíamos estarlo, rogando como si fuera el propio Cristo quien rogara por medio de nosotros, tal como lo expresa el versículo 20: "Somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios."


Gloria en Medio de las Tribulaciones: La Lógica Invertida del Reino

El versículo 12 introduce un giro aparentemente paradójico. Pablo dice que no se está recomendando a sí mismo nuevamente, sino que les da a los corintios ocasión para que se gloríen en él. La predicación explica que esto puede sonar contradictorio con todo lo que Pablo ha venido diciendo, pero hay una distinción fundamental: Pablo no está diciéndoles que se gloríen en sus discursos, en sus viajes, en su manejo de idiomas ni en su profundo conocimiento de la ley. Lo que Pablo les está ofreciendo como base de gloria es el poder de Dios manifestado en su vida en medio de las tribulaciones.

En la iglesia de Corinto había quienes menospreciaban a Pablo precisamente porque su gloria no estaba en las apariencias externas. Otros se jactaban de sus habilidades, sus recursos, su forma de hablar, todo aquello que era visible y superficial. Pablo, en cambio, predicaba desde el sufrimiento, desde la persecución, desde la debilidad. Y la enseñanza propone que eso es exactamente lo que Pablo les invita a celebrar: no a Pablo como persona impresionante, sino a Dios como quien ha sostenido a Pablo en lo que para el mundo parece una vida de fracasos y malestar.

En el versículo 13, Pablo llega a una afirmación que, para oídos mundanos, suena a locura: "Porque si estamos locos, es para Dios; y si somos cuerdos, es para vosotros." La predicación señala que los corintios probablemente pensaban exactamente eso de Pablo: que estaba loco, porque parecía estar contento viviendo entre dolores, pruebas y escasez, con tal de exaltar el nombre de Cristo. Y para el mundo que se gloría en la ausencia de dificultades y en el despliegue de capacidades propias, esa actitud inevitablemente parece una insensatez.

Pero la predicación hace aquí una conexión importante: Pablo no fue el primero en ser acusado de locura por este tipo de entrega. El propio Señor Jesús lo fue. En Juan 10:20, mientras Jesús hablaba de poner su vida por sus ovejas y de que nadie se la quitaba sino que Él la daba voluntariamente, muchos de los judíos dijeron: "Demonio tiene, y está fuera de sí." El mensaje del evangelio, en su esencia misma, es una locura para quien no lo comprende: que alguien dé su vida, no por personas admirables o meritorias, sino por quienes lo traicionaron, por quienes gritaron "¡crucifícalo!", por quienes pisotearon su nombre, por cada uno de nosotros en nuestra condición de pecadores. Si eso no parece una locura, es posible que aún no se haya comprendido la verdadera dimensión de lo que Dios hizo.

La Locura de la Reconciliación: Nuestra Condición Real ante Dios

Para que la grandeza de la reconciliación pueda ser apreciada en toda su profundidad, la predicación hace un paréntesis, y se apoya en dos pasajes: Ezequiel 36:16-20 y Romanos 1:21-25, para mostrar con claridad cuál es la condición real de la humanidad delante de Dios, antes de cualquier intervención redentora.

En Ezequiel 36, el Señor le habla al pueblo de Israel a través del profeta en un momento de profundo quebrantamiento: se encontraban en el exilio, con el templo destruido. Y en ese contexto, Dios les recuerda algo que necesitaban tener claro: mientras habitaban en su propia tierra, la habían contaminado con su conducta y sus obras, comparada por el propio Dios con la impureza más vergonzosa. Como consecuencia, derramó su furor sobre ellos y los dispersó entre las naciones. Pero lo que la predicación subraya es lo que ocurrió después: cuando llegaron a esas naciones en cautividad, lejos de reflexionar y cambiar, continuaron profanando el santo nombre de Dios con su conducta. Cuatrocientos años sin escuchar la voz de Dios, y aun así, siguieron en lo mismo.

Romanos 1:21-25 complementa este cuadro aplicándolo a toda la humanidad. Pablo describe cómo los seres humanos, aunque conocían a Dios, no lo honraron ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. La predicación conecta esto directamente con la actitud de los corintios, que se gloriaban en sus propias capacidades y apariencias, y la extiende con valentía a todos los oyentes: esa ha sido la actitud de toda la humanidad, incluidos nosotros. Envanecernos en lo propio, menospreciar el nombre de Dios, ignorar su llamado y sus mandatos. Y en esa condición, lo que merecíamos era lo peor.

La predicación les recuerda la enorme responsabilidad que implica representar a Cristo ante las naciones: lo que uno hace como creyente define, ante los ojos del mundo, qué imagen tienen de Dios. Si se miente, si se engaña, si se peca descaradamente, el nombre de Cristo es pisoteado. La conducta del creyente no es un asunto privado; es una carta abierta que el mundo lee constantemente.


La Iniciativa de Dios: Misericordia que Restaura lo que Merece ser Destruido

Habiendo establecido con claridad lo que la humanidad merece, la predicación llega al corazón del mensaje: la iniciativa soberana y misericordiosa de Dios. En Ezequiel 36:23-28, el Señor declara algo que invierte completamente la lógica humana. Después de todo lo que el pueblo hizo, después de la profanación y la desobediencia, Dios dice: "No lo hago por vosotros, oh casa de Israel, sino por mi santo nombre." Y a partir de esa declaración de soberanía absoluta, anuncia lo que hará: los recogerá de entre las naciones, los llevará de regreso a su tierra, los rociará con agua limpia y quedarán limpios. Les dará un corazón nuevo, quitará el corazón de piedra y pondrá en ellos su Espíritu, para que anden en sus estatutos y cumplan sus ordenanzas. "Seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios."

La predicación destaca que este pasaje es una de las expresiones más luminosas de la misericordia de Dios en todo el Antiguo Testamento. No es una reconciliación ganada ni merecida. Es una reconciliación iniciada, ejecutada y completada por Dios mismo, motivada exclusivamente por la gloria de su nombre. Él se acercó a quienes lo habían profanado, a quienes no merecían nada más que juicio, y los restauró.

Y esto, señala la predicación, no fue solo para el pueblo de Israel. Romanos 3:22-26 lo muestra en toda su plenitud para todos los que creen en Cristo: "la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. [...] siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, [...] a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús." Dios exhibió públicamente a Cristo como propiciación para demostrar su justicia, a fin de ser El justo y a la vez justificador de quien cree en Jesús. La predicación señala que también aquí el motivo es el mismo: la exaltación del nombre de Dios, la demostración de su justicia y su misericordia. No éramos los mejores candidatos para ser redimidos; éramos los peores. Y sin embargo, Él nos llamó, nos limpió, nos reconcilió y nos llamó sus hijos. Si eso no parece una locura, posiblemente todavía no se ha comprendido la verdadera condición en que nos encontrábamos antes de su gracia.


El Amor de Cristo que Constriñe: Vivir Para Él

Habiendo establecido el fundamento de la reconciliación, la predicación llega a los versículos 14 y 15: "Pues el amor de Cristo nos constriñe, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron; y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos."

La palabra "constriñe" es clave. El amor de Cristo no simplemente nos anima o nos inspira; nos constriñe, nos apremia, nos dobla las rodillas, nos hace inclinar delante de Él y exaltarlo. Es ese amor el que explica por qué Pablo hacía lo que hacía: por qué predicaba en medio de la persecución, por qué soportaba el hambre y los peligros, por qué no desfallecía ante las dificultades. No lo hacía por orgullo ni por demostrar capacidades propias. Lo hacía porque el amor de Cristo lo empujaba irresistiblemente hacia adelante.

La predicación desarrolla la lógica del argumento paulino: “que Uno murió por todos, y por consiguiente, todos murieron.” Y si hemos muerto con Él, entonces ya no tenemos derecho a vivir para nosotros mismos. Esa vida pasada murió. La nueva vida que se recibe en Cristo no es una versión mejorada del yo anterior, gestionada según los propios deseos e intereses. Es una vida completamente reorientada: vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros.

Este es el gran cimiento del ministerio de la reconciliación. La razón por la que buscamos persuadir a otros, la razón por la que nos interesa que otros conozcan a Cristo, no es el cumplimiento de un deber externo ni el deseo de aumentar el número de una congregación. Es porque Dios nos llamó primero, porque Él nos reconcilió primero, y esa experiencia de gracia nos lanza naturalmente hacia los demás. Como Pablo en 2 Timoteo 2:3-4, somos llamados a soportar penalidades como buenos soldados de Cristo, sin enredarnos en los negocios de esta vida, con el único fin de agradar a Aquel que nos tomó por soldados.


Nueva Criatura: Ya No Conocemos a Nadie Según la Carne

El versículo 16 introduce una transformación en la manera misma de ver la realidad. Pablo dice que ya no conoce a nadie según la carne; aunque conoció a Cristo según la carne, ya no lo conoce así. La predicación explica que, debido a la nueva vida que Jesús hizo posible, las antiguas categorías terrenales pierden su peso determinante. Ya no nos gloriamos en las apariencias, en lo externo, en lo que perece. Nos gloriamos en lo que el Señor ha hecho en el corazón.

Todo el esfuerzo del ministerio tiene este horizonte: no que nos vean a nosotros, sino que vean a Cristo en nosotros. Llevar siempre en el cuerpo la muerte de Jesús para que su vida también se manifieste. La predicación advierte con firmeza sobre el peligro de vivir de apariencias espirituales, tomando solo las partes de la Biblia que agradan y descartando las que incomodan. Eso, señala, es una forma de decirle a Dios que uno es soberano en ciertas áreas donde Él no lo es, lo cual contradice frontalmente la fe cristiana. Como Ezequiel 37 mostraba al pueblo de Israel como un valle de huesos secos que vivía de apariencias pero llevaba mucho tiempo muerto, así puede estar alguien que frecuenta la iglesia pero no ha rendido genuinamente su corazón al Señor.

El versículo 17 llega entonces como una declaración de identidad: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." La predicación lo presenta como una realidad que debe vivirse con coherencia. No fuimos llamados de muerte a vida para seguir habitando en los viejos hábitos. No fuimos hechos nuevas criaturas para vestirnos nuevamente de inmundicia. Y definitivamente no fuimos llamados hijos del Dios Altísimo para exaltar nuestro nombre al nivel del Altísimo. La única gloria legítima es la que apunta a lo que Dios ha hecho en nosotros y a través de nosotros, transformando obras y conductas que contaminaban, para convertirlas en instrumentos de su gloria.


El Ministerio de la Reconciliación: Una Vocación Recibida, No Inventada

El versículo 18 es el punto de llegada de todo el argumento: "Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación." La predicación subraya que la reconciliación no fue una iniciativa humana: fue Dios quien se acercó, quien tomó la iniciativa, quien en medio de nuestra hipocresía, nuestra profanación y nuestra rebeldía, se acercó para llamarnos de muerte a vida. Él fue quien cambió el corazón. Él fue quien hizo la obra. Y precisamente porque Él lo hizo con nosotros, nosotros estamos llamados a ejercer ese mismo ministerio hacia los demás.

Este ministerio tiene dimensiones múltiples y concretas. En primer lugar, implica buscar la reconciliación con Dios como prioridad permanente, no como un evento puntual sino como una orientación de vida. Pero también implica la reconciliación con los hermanos: si sabes que un hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda y ve a reconciliarte primero. Si ves a alguien en una práctica pecaminosa, no te quedes callado ni caigas en murmuración; acércate en amor, exhórtalo, sé un obstáculo para ese pecado. Si no te sientes la persona indicada para hacerlo, busca a alguien de buen testimonio que pueda hacerlo. Pero el silencio cómplice no es una opción para quien ha recibido el ministerio de la reconciliación.

La predicación también señala la dimensión hacia los que llegan nuevos, hambrientos de la verdad. El llamado no es a abrumarse con discusiones doctrinales secundarias, centrarse en etiquetas teológicas o sistemas de interpretación. El llamado es a acercarse a esa persona y llevarla a Cristo, que es el único mediador entre Dios y los hombres, el único en quien se encuentra la reconciliación verdadera, a través de su sangre.


La Suficiencia de Dios Para una Vocación que Supera Nuestras Fuerzas

En nuestras propias capacidades, somos completamente insuficientes. Pero cuando reconocemos la obra de Dios, la locura de la reconciliación, podemos rendirnos delante de Él sabiendo que es Él quien hace la obra. Nosotros somos solo instrumentos.

Este reconocimiento no conduce a la pasividad, sino exactamente a lo contrario. La predicación concluye con 2 Timoteo 2:10, donde Pablo dice: "Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna." La motivación no es el propio reconocimiento, ni la satisfacción personal, ni la acumulación de logros ministeriales. Es el amor a los escogidos, el deseo de que ellos obtengan la salvación que está en Cristo Jesús.

El mensaje cierra con un llamado que recorre todo el arco de la predicación: no vivamos para nosotros mismos, porque hemos sido llamados a vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Ejerzamos como es debido esta vocación a la que hemos sido llamados. Soportemos toda dificultad como buenos soldados, gloriándonos únicamente en lo que Dios ha hecho en medio de ellas, llevando a otros a reconciliarse con Él. No porque seamos suficientes, sino porque en Él tenemos todo lo necesario para ejercer adecuadamente el ministerio al cual hemos sido llamados. Esa es la vocación. Esa es la reconciliación.

Preguntas respondidas en “Reconciliación: Nuestra vocación”


¿Por qué debería importarme que otros conozcan a Dios? ¿No es eso algo personal de cada quien?

Esta es una de las preguntas más comunes en la cultura contemporánea, donde la fe se concibe como un asunto exclusivamente privado, tan personal e intransferible como las preferencias de cada individuo. Y sin embargo, la Biblia presenta una perspectiva radicalmente diferente, que la predicación desarrolla con claridad a partir de 2 Corintios 5.

El punto de partida está en el versículo 10: todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Esa realidad futura no es solo personal; tiene implicaciones profundamente relacionales. Pablo, al conocer ese hecho, no dijo: "Cada quien es responsable de sí mismo." Al contrario, dijo: "Conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres" (2 Corintios 5:11). El conocimiento de lo que le espera a quien muere sin Cristo no lo paralizó ni lo volvió indiferente; lo impulsó con urgencia a buscar a otros y rogarles que se reconciliaran con Dios.

La predicación señala que detrás de este impulso hay algo más profundo aún: el amor de Cristo. El versículo 14 dice que ese amor nos constriñe, es decir, nos apremia, nos mueve irresistiblemente. Si realmente hemos comprendido lo que Dios hizo por nosotros, si hemos entendido que Él dio su vida por personas que profanaban su nombre, entonces ese mismo amor se derrama hacia afuera, hacia los demás. No podemos experimentar genuinamente la gracia de Dios y permanecer indiferentes ante quienes aún no la conocen.

El versículo 20 lo expresa con una imagen extraordinaria: somos embajadores de Cristo, como si Dios mismo rogara por medio de nosotros. Un embajador no habla en su propio nombre; representa a otro. Y cuando ese Otro es Cristo, el mensaje que llevamos no es una opinión personal sino una realidad que tiene consecuencias eternas para quien lo escucha. La fe cristiana bíblica no es privada; es una misión recibida, una vocación que nos convierte en instrumentos de reconciliación en manos de Dios. No porque seamos los más capaces o los más elocuentes, sino porque Él nos ha llamado a ser el canal por el que su gracia llega a otros.


Me siento insuficiente e incapaz para servir a Dios. ¿Cómo puede Dios usarme si tengo tantas limitaciones?

La sensación de insuficiencia es casi universal entre quienes toman en serio el llamado cristiano. Y la buena noticia es que la Biblia no solo la comprende, sino que la valida y la transforma.

Pablo, uno de los siervos de Dios más extraordinarios de toda la historia de la iglesia, escribió en 2 Corintios 3:5: "No que seamos competentes en nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios." Esta no era una declaración de humildad retórica; era la conclusión de alguien que había sufrido naufragios, azotes, cárceles, persecuciones y peligros de toda clase, y que en medio de todo eso había aprendido que lo que lo sostenía no era su propio talento sino la gracia de Dios. En 2 Corintios 4:7, usa una imagen memorable: somos "vasos de barro" que contienen un tesoro incomparable, precisamente para que quede claro que la excelencia del poder es de Dios y no de nosotros.

La predicación señala algo liberador: el problema no es sentirte insuficiente. El problema sería creer que eres suficiente por ti mismo. Porque cuando reconocemos genuinamente nuestra limitación, es cuando más claramente experimentamos la suficiencia de Dios. Pablo lo confirma en 2 Corintios 12:9-10, donde el Señor le dice: "Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad." Y Pablo concluye: "Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." No es una paradoja vacía; es la lógica del reino de Dios.

Lo que Dios busca en sus instrumentos no es competencia propia, sino disponibilidad y dependencia. El versículo 6 de 2 Corintios 3 afirma que fue Dios quien "nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto." La competencia no es un prerrequisito que debemos cumplir antes de ser usados; es algo que Dios mismo confiere y sostiene en quienes se rinden a Él. Tu insuficiencia, lejos de ser un obstáculo, es el espacio perfecto donde el poder de Dios se manifiesta con mayor claridad.


¿Qué significa exactamente que Cristo murió "por todos"? ¿Eso no significa que todos están automáticamente salvos?

Esta es una pregunta teológica legítima y frecuente, especialmente cuando se escucha la declaración de 2 Corintios 5:14-15: "Uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron." ¿No implica esto una salvación universal, donde nadie queda excluido?

La predicación aborda esta tensión de manera importante. El contexto inmediato del versículo 15 aclara que la muerte de Cristo fue "para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." La expresión "los que viven" distingue a quienes han recibido esa nueva vida en Cristo de quienes aún permanecen muertos en sus delitos. No todos viven en ese sentido; solo quienes han creído y experimentado esa transformación.

Romanos 3:22-25, citado en la predicación, lo aclara con precisión: "Esta justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, es para todos los que creen." La propiciación de Cristo está disponible para toda la humanidad, sin distinción de raza, cultura o historia personal. Pero se recibe "a través de la fe". No es automática ni independiente de la respuesta del corazón humano. La muerte de Cristo fue suficiente para todos, pero es efectiva para quienes creen.

Esto es precisamente lo que hace urgente la tarea evangelizadora. Si la salvación fuera automática, no habría razón para que Pablo rogara a los hombres que se reconciliaran con Dios. Pero el versículo 20 muestra que él sí rogaba, con profunda seriedad. Hay personas que aún no han recibido esa reconciliación disponible en Cristo, y el tiempo para hacerlo es ahora. La predicación subraya con fuerza que nadie sabe cuánto tiempo le queda, y que la misericordia de Dios que permite escuchar este mensaje hoy no debe ser tomada como garantía de una oportunidad futura.


¿Por qué el cristiano debería gloriarse en sus sufrimientos? ¿No es eso una actitud masoquista o irreal?

Para quien vive en una cultura que celebra el éxito visible, la comodidad y la ausencia de dificultades, gloriarse en los sufrimientos suena, en el mejor de los casos, a estoicismo mal entendido, y en el peor, a negación de la realidad. La predicación aborda esto con honestidad: admite abiertamente que gloriarse en las pruebas puede parecer una locura.

Pero hay una diferencia fundamental entre el sufrimiento cristiano y el sufrimiento como fin en sí mismo. Pablo no se gloría en el dolor porque el dolor sea bueno en sí mismo; se gloría en lo que Dios hace en medio del dolor. En 2 Corintios 4:10, afirma llevar siempre en el cuerpo la muerte de Jesús "para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo." El sufrimiento se convierte en el espacio donde la vida de Cristo se hace visible de la manera más poderosa, precisamente porque ninguna capacidad humana podría sostener a una persona en esas circunstancias.

Santiago 1:2-4 confirma esta perspectiva: "Tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia." Y Romanos 5:3-4 añade: "Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza." El gozo en el sufrimiento no es negación de la realidad; es la convicción de que Dios está obrando en ella para un bien más profundo.

La predicación conecta esto con la acusación que recibió el propio Jesús en Juan 10:20. Cuando anunció que pondría su vida por sus ovejas voluntariamente, muchos dijeron: "Demonio tiene, y está fuera de sí." El mensaje del evangelio en su totalidad, desde la encarnación hasta la cruz, parece una locura para quienes no comprenden que el amor verdadero no calcula el costo. Si alguien te acusa de estar loco por vivir así, estás en buena compañía.


Soy creyente hace años, pero siento que mi relación con Dios está fría y distante. ¿Qué me está pasando?

Personas que conocen la doctrina, que asisten a la iglesia, que incluso sirven en algún ministerio, pero que sienten que algo se ha enfriado, que la cercanía con Dios que alguna vez experimentaron parece haberse evaporado. La predicación ofrece algunas pistas importantes para entender este fenómeno.

Una de las causas que la enseñanza identifica claramente, apoyándose en Ezequiel 36, es la conducta que contradice el carácter de Dios.| El pueblo de Israel habitaba en la tierra que Dios les había dado, pero la habían contaminado con su conducta y sus obras. No era que Dios se hubiera alejado caprichosamente; era que el estilo de vida del pueblo profanaba su nombre y rompía la comunión. Y esto no es exclusivo del Israel del Antiguo Testamento: Romanos 1:21 muestra que toda la humanidad, aunque conocía a Dios, "no le glorificó como a Dios, ni le dio gracias." El envanecimiento propio, la tendencia a confiar en las capacidades propias y a desplazar a Dios del centro, produce un entenebrecimiento del corazón que se siente como distancia espiritual.

Ezequiel 37 añade una imagen que la predicación menciona: un valle de huesos secos que vivía de apariencias pero llevaba tiempo muerto. Es posible mantener formas externas de religiosidad, conocer el vocabulario cristiano, frecuentar los ambientes adecuados, y sin embargo tener el corazón de piedra del que habla Ezequiel 36:26. La solución que Dios mismo promete allí es profunda: "Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne." La restauración de esa cercanía no es un proceso que gestionemos por méritos propios; es una obra que Dios hace en quien se humilla genuinamente delante de Él, reconoce la condición de su corazón y le pide que obre. El primer paso, casi siempre, es dejar de vivir para uno mismo y regresar a vivir para Aquel que murió y resucitó.


¿Por qué es tan importante la manera en que vivo si ya soy salvo por gracia y no por obras?

Esta es quizás la pregunta que más fácilmente se convierte en coartada para una vida cristiana sin consecuencias prácticas. Y la predicación la responde con una claridad que no deja espacio para la complacencia, aunque tampoco cae en el legalismo.

El argumento central está en 2 Corintios 5:15: Cristo murió "para que los que viven ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." La salvación por gracia no es un punto de llegada donde uno puede instalarse cómodamente; es el comienzo de una vida completamente reorientada. No fuimos llamados de muerte a vida para vivir como muertos en nuestros delitos y pecados, como afirma la predicación. No fuimos hechos nuevas criaturas para seguir vistiendo los viejos hábitos.

Pero hay una dimensión adicional que la predicación destaca con especial fuerza: somos "cartas abiertas" que el mundo lee. Cuando un creyente miente, engaña, fornica o actúa de manera contraria al carácter de Cristo, no solo se daña a sí mismo; pisotea el nombre de Cristo ante las naciones. Esto lo ilustra el pasaje de Ezequiel 36:20, donde Dios señala que cuando el pueblo llegó a las naciones en cautiverio, "profanaron mi santo nombre, diciéndose de ellos: Estos son el pueblo del Señor." La conducta del pueblo hacía quedar mal el nombre de Dios ante quienes los observaban.

La conducta no salva, pero representa. Somos embajadores de Cristo (v. 20), y la vida de un embajador no le pertenece exclusivamente; refleja a quien representa. Pablo lo dice claramente en Romanos 6:1-2: "¿Qué, pues, diremos? ¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera." La gracia no es una licencia para pecar; es el poder transformador que nos capacita para vivir de manera diferente, no para ganarnos la salvación, sino como expresión natural y agradecida de quien ya la recibió.


¿Es realmente necesario el bautismo, o es solo un símbolo sin importancia real?

El bautismo, en el Nuevo Testamento, es la expresión pública y visible de una realidad interna ya ocurrida: la muerte al yo y la nueva vida en Cristo. Romanos 6:3-4 lo articula con claridad: "¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva." El bautismo no produce la salvación, pero la confiesa, la declara y la sella simbólicamente de manera que involucra todo el ser.

La predicación lo enmarca dentro del ministerio de la reconciliación: los que ese día iban a bautizarse eran prueba viva de que otros hermanos habían ejercido fielmente su vocación de acercarse, animar y persuadir. El bautismo es entonces también una declaración ante la comunidad de fe y ante el mundo: "He sido reconciliado con Dios. Ya no vivo para mí mismo." Y precisamente por eso viene acompañado de una responsabilidad que la predicación no suaviza: a partir de ese momento, lo que uno hace define ante el mundo qué imagen tienen de Cristo. No se trata de perfección, sino de dirección: la vida del bautizado está orientada a vivir para Aquel que murió y resucitó.

Minimizar el bautismo es, en cierta forma, minimizar la declaración pública de lo que Cristo hizo. No es un mero acto religioso; es una confesión encarnada de que las cosas viejas pasaron y que todo ha sido hecho nuevo.


¿Cómo puedo saber si mi fe es genuina o solo cultural, heredada de mi familia o mi entorno?

El primer criterio es la transformación. 2 Corintios 5:17 es categórico: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas." Una fe genuina no deja al corazón intacto. Ezequiel 36:26 describe lo que Dios hace en quien verdaderamente se ha reconciliado con Él: quita el corazón de piedra y da un corazón de carne, sensible a su Palabra y dispuesto a caminar en sus estatutos. Si la relación con Dios no ha producido ningún cambio real en la orientación de la vida, vale la pena preguntarse si esa relación existe genuinamente.

El segundo criterio es la motivación. La predicación señala, apoyándose en el contraste entre los corintios que se gloriaban en las apariencias y la actitud de Pablo, que la fe cultural vive hacia afuera, para ser vista y reconocida. La fe genuina vive desde adentro, desde lo que Dios ha hecho en el corazón, y no necesita de la aprobación externa para sostenerse. Pablo seguía predicando incluso cuando lo acusaban de estar loco (v. 13). No dependía del reconocimiento humano.

El tercer criterio es la dirección de la vida. El versículo 15 establece que quien ha muerto con Cristo "ya no vive para sí, sino para aquel que murió y resucitó." La pregunta que hay que hacerse no es si uno asistió a la iglesia de niño o conoce bien las historias bíblicas. La pregunta es: ¿para quién estoy viviendo? ¿Mi tiempo, mis decisiones, mis prioridades, están orientadas hacia Cristo o hacia mí mismo? La respuesta honesta a esa pregunta revela mucho más sobre la autenticidad de la fe que cualquier declaración verbal.


¿Qué hago si veo a un hermano en la iglesia viviendo en pecado? ¿Es mi responsabilidad decirle algo?

Sí, es tu responsabilidad. Pero la manera en que se ejerce esa responsabilidad importa tanto como el hecho de ejercerla.

El fundamento está en el ministerio de la reconciliación del versículo 18. Si Dios nos dio ese ministerio, no es solo hacia los que están fuera de la iglesia; incluye a quienes están dentro y se están alejando de la comunión con Dios a través del pecado. La predicación lo dice con claridad: si ves a alguien en una práctica pecaminosa, no te quedes callado. Acércate en amor, exhórtalo, sé un obstáculo para ese pecado. Y lo que explícitamente se descarta es la murmuración: hablar sobre el problema con otros en lugar de hablar con la persona involucrada.

Gálatas 6:1 establece el espíritu correcto para esta intervención: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado." La motivación no es el juicio ni la superioridad moral; es el amor genuino por el hermano y el deseo de verlo restaurado en su comunión con Dios. Y la advertencia final del versículo es importante: quien va a restaurar a otro debe hacerlo con humildad, consciente de su propia fragilidad.

La predicación también abre una salida para quien genuinamente no se siente la persona indicada para hacer ese llamado: busca a alguien de buen testimonio que pueda hacerlo. Lo que no es aceptable es la indiferencia. Soportar los unos a los otros, como dice la Biblia, no es simplemente tolerarse; es sostenerse, llevar las cargas los unos de los otros, y eso incluye atreverse a decir la verdad en amor cuando alguien que queremos está caminando hacia el daño.


¿Acaso Dios no es injusto al condenar a personas que no tuvieron la oportunidad de conocerlo?

El punto de partida está en Romanos 1:21-25, que la predicación cita extensamente. El argumento de Pablo no es que Dios condena a quienes no tuvieron acceso a información suficiente; es que toda la humanidad eligió rechazarlo. "Pues aunque conocían a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos." Romanos 1:19-20 añade que lo que puede conocerse de Dios es evidente desde la creación misma, de modo que "no tienen excusa." La condenación no se produce por ignorancia involuntaria, sino por rechazo activo de la revelación disponible.

Y la predicación va más lejos aún con el argumento de Ezequiel 36: cuando Dios actúa para reconciliar, lo hace explícitamente no por los méritos del pueblo, sino "por mi santo nombre." Eso significa que la iniciativa siempre es de Dios. Él es quien busca, quien llama, quien persigue. El evangelio de Romanos 3:25 muestra que Dios exhibió públicamente a Cristo como propiciación precisamente para demostrar su justicia y su misericordia de manera que nadie pudiera ignorar su oferta de reconciliación.

En lugar de preocuparnos abstractamente por quienes hipotéticamente no han tenido acceso al evangelio, deberíamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros, que sí lo conocemos, para llevarlo a quienes aún no lo han escuchado. El ministerio de la reconciliación que se nos ha confiado (v. 18) es precisamente la respuesta de Dios a esa pregunta. Somos embajadores suyos. Somos los instrumentos por los que su mensaje llega a quienes aún no lo han recibido. La pregunta sobre la justicia de Dios hacia los que no lo conocen se transforma, a la luz del evangelio, en una pregunta sobre nuestra propia responsabilidad de ir y hacer discípulos.

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