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8 de febrero de 2026

LA IMPORTANCIA DE INFORMAR CORRECTAMENTE A LA CONCIENCIA Y NO DESECHARLA

ESCRITURA: 1 TIMOTEO 1:18-20

Camilo Avendaño

La importancia de informar correctamente a la conciencia y no desecharla


Contexto y propósito del pasaje

La predicación sitúa el pasaje en el marco de una carta escrita por el apóstol Pablo a Timoteo, su joven colaborador. Timoteo estaba en una comunidad que enfrentaba desafíos doctrinales y prácticos, y Pablo le encarga continuar la obra de enseñar, corregir y alentar la fe de los cristianos frente a enseñanzas falsas. En este sentido, la preocupación de Pablo no es simplemente doctrinal, sino pastoral: la necesidad de mantener una fe que esté arraigada en una conciencia bien informada por la verdad revelada. El predicador señala que el pasaje subraya la importancia de “alimentar” la conciencia con la palabra de Dios, de modo que la orientación interior de cada persona corresponda a la verdad de Dios y conduzca a una vida que honre a Cristo.


El eje central: fe, buena conciencia y el mandato de mantenerlos

El pasaje clave, 1 Timoteo 1:18-20, presenta tres ideas entrelazadas. Primero, el mandamiento que Timoteo recibe es para que, conforme a las profecías que se hicieron anteriormente sobre él, él milite en la buena milicia, manteniendo la fe y una buena conciencia. Segundo, Pablo advierte que hay quienes, desviando estas prioridades, abandonaron la fe y la conciencia, citando a ejemplos específicos de personas que se apartaron. Y tercero, en el pasaje se mencionan dos nombres, Himeneo y Alejandro, a quienes Pablo entregó a Satanás para que aprendan a no blasfemar, como una medida disciplinaria para corregir doctrinas y conductas que amenazaban la integridad de la fe de la comunidad. Este énfasis en la buena conciencia no es meramente un tema ético; es una cuestión vital para la continuidad de la vida cristiana: una conciencia bien alimentada por la Palabra de Dios guía a la iglesia para evitar errores doctrinales y conductas que blasfeman el nombre de Dios.


La buena conciencia como objetivo pastoral

El predicador insiste en que este texto invita a entender la conciencia no como una intuición aislada, sino como una facultad que debe ser formada y guiada por la verdad revelada. Alimentar la conciencia significa exponerla a la Palabra de Dios, a la gracia que regenera, al conocimiento de Cristo y a la verdad que guía la vida diaria. Un corazón que ha sido alimentado por la Palabra es capaz de discernir entre lo que es correcto y lo que es perjudicial para la fe. El predicador destaca que la conciencia bien formada no facilita la arrogancia, sino la humildad ante la verdad y el deseo de obedecerla, para que el nombre de Dios sea glorificado y no blasfemado.


La secuencia litúrgica y teológica: amor, pureza de corazón y fe sincera

Se señala que el versículo 5 en el capítulo uno dice: “El propósito del mandamiento es amor que nace de un corazón limpio, de una conciencia buena y de una fe no fingida.” Esta tríada —amor, pureza de corazón y fe auténtica— se repite de manera deliberada en el pasaje para enfatizar que la vida cristiana no puede separarse de la calidad de la conciencia que la sostiene. La conciencia no es un freno terapéutico; es una guía que protege la integridad doctrinal y la fidelidad a la misión de enseñar, corregir y amar a las personas, la cual es más activa. En ese marco, el predicador llama a la congregación a evitar complicidades con el error y a no permitir que la verdad sea blasfemada por la apatía, la complacencia o la exposición temeraria a ideas contrarias a la Escritura.


Aplicaciones prácticas para la vida cristiana

La reflexión concluye con exhortaciones prácticas para la vida diaria. En primer lugar, se invita a orar y cultivar una relación íntima con Dios de modo que la conciencia esté continuamente nutrida por la Palabra, la oración y la comunión con otros creyentes. En segundo lugar, se anima al cuidado pastoral y comunitario: enseñar la verdad, corregir cuando sea necesario y sostener a los hermanos con misericordia, recordando que el objetivo es la edificación de la iglesia y la gloria de Dios. En tercer lugar, se subraya la importancia de la disciplina pastoral cuando hay desviaciones doctrinales, no para señalar culpables, sino para restaurar y proteger la santidad de la comunidad. Finalmente, la predicación invita a todos a reflexionar sobre la responsabilidad de cada uno para vivir de modo coherente con la conciencia informada por la Escritura: pensar, hablar y actuar de manera que honren a Dios y distingan a la iglesia por su fidelidad al Evangelio.


Conclusión: una conciencia bien informada como fuente de fidelidad

La enseñanza central de la predicación es clara: informar correctamente a la conciencia es un acto de obediencia a Dios que mantiene la salud de la iglesia. Una conciencia bien alimentada no es garantía de perfección, pero sí es la base para evitar errores graves, resistir intentos de falsear la fe y vivir con integridad ante Dios y ante los demás. En un mundo lleno de tentaciones para relativizar la verdad, la conciencia alimentada por la Palabra se convierte en un ancla que permite a la comunidad mantenerse fiel a Cristo, practicar el amor genuino y promover una vida que honra al Salvador. En ese sentido, la congregación es llamada a cuidar de su conciencia, a seguir aprendiendo y a caminar en la gracia, sabiendo que cada decisión, palabra y acción debe pasar por el filtro de la verdad revelada, para que el nombre de Cristo sea glorificado en todo momento.

Preguntas respondidas en “La importancia de informar correctamente a la conciencia y no desecharla”


¿Qué significa exactamente “informar correctamente a la conciencia”

La predicación enfatiza que una conciencia bien informada no es una intuición arbitraria, sino una capacidad dada por Dios que debe ser alimentada por la Palabra para distinguir lo correcto de lo errado. Según 1 Timoteo 1:5, el propósito del mandamiento es que brote amor nacido de un corazón limpio, una buena conciencia y una fe no fingida. Cuando la conciencia se alimenta con la verdad revelada, se fortalece para resistir errores doctrinales y conductas que blasfeman el nombre de Dios; por eso Pablo advierte que desviar la conciencia es abandonar la fe (1 Timoteo 1:19-20), como sucedió a Himeneo y Alejandro. En la práctica, alimentar la conciencia significa leer, meditar y obedecer la Palabra, orando para ser guiados por el Espíritu y acompañados por la comunidad cristiana. Esto no es mera ética; es vivir de acuerdo con la verdad que transforma el corazón, de modo que nuestras decisiones, palabras y acciones den gloria a Cristo y no den ocasión de blasfemia. La conciencia informada por la Palabra se convierte en una brújula en tiempos de tentación, disciplina y enseñanza, sosteniéndonos en la verdad del Evangelio y protegiéndonos de deformar el ministerio y la comunión.


¿Cómo podemos distinguir entre una conciencia que ha sido bien informada y una que podría estar engañada por influencias culturales o personales?

Una conciencia informada por la Palabra reconoce la autoridad de Dios sobre la ética y la doctrina. Romanos 2:15 habla de la conciencia que recuerda la ley escrita en los corazones, lo cual evidencia que, sin la revelación plena de las Escrituras, la conciencia puede acusar o excusar, pero no siempre con exactitud. Por eso la predicación insiste en que la conciencia debe ser moldeada por la enseñanza bíblica (2 Timoteo 3:16-17), de modo que el creyente pueda distinguir entre lo que parece bueno por costumbre o emoción y lo que es bueno ante Dios. Cuando la conciencia se “cauteriza” (1 Timoteo 4:2) o se desvía de la verdad, no es un simple fallo moral aislado; es una señal de que necesita ser reeducada por la Palabra y corregida por la comunión de la iglesia. Por lo tanto, la prueba es doble: 1) sometimiento continuo a la Escritura como norma final, y 2) apertura al hermano que te rectifica en amor (Mateo 18; Gálatas 6:1). En la práctica, ante una duda o una presión cultural, vuelve a la Escritura; pide discernimiento al Espíritu Santo; busca consejo cristiano maduro y, si es necesario, somete tus creencias a la criba de la fe histórica – bíblica.


¿Qué hacer cuando la conciencia parece acusarnos por un pecado recurrente o una tentación persistente?

El relato de la conciencia en la predicación sugiere que no debemos ignorarla ni automatizar la negación; más bien, debemos responder con arrepentimiento y fe. La conciencia acusa para llamar a la verdad y a la gracia de Dios que purifica. En ese contexto, la solución bíblica es buscar la gracia de Cristo y la santificación por el Espíritu: pedir perdón, acercarse a Dios con un corazón contrito y confesar el pecado (1 Juan 1:9). Además, Filipenses 2:1-4 nos llama a una humildad que evita la gloria propia y favorece la reconciliación en la comunidad; la confesión y el arrepentimiento no son debilidad, sino obediencia que fortalece la conciencia y la vida espiritual. La experiencia de David y el profeta Natán, donde la conciencia se despierta ante el pecado (2 Samuel 12; Salmo 51), ilustra que la conciencia bien informada reacciona con humildad ante la verdad y busca restauración. En lo práctico, no ignores la alarma; expón tu corazón a la Palabra, conversa con alguien de confianza en la fe, y avanza en la gracia de Cristo, confiando en que Dios es fiel para restaurar y transformar.


¿Qué papel juega la gracia de Dios cuando nuestra conciencia está herida o confundida por errores pasados?

La gracia de Dios es el terreno donde la conciencia herida encuentra sanidad y claridad. El pasaje de 1 Timoteo 1 y su énfasis en el amor nacido de un corazón limpio recuerda que la misericordia de Dios es la base para la corrección y la corrección pastoral. La conciencia no se perfecciona por obras propias, sino por la iluminación de la Palabra y la obra del Espíritu, que nos convence de pecado, justicia y juicio (Juan 16:8). Romanos 12:2 y 2 Timoteo 3:16-17 apuntan a un proceso de transformación continua: la Palabra rectifica, edifica y capacita para toda buena obra. Por ello, incluso cuando alguien ha caído en errores doctrinales o morales, la senda de la gracia invita a la restauración a través de la verdad en amor (Gálatas 6:1). No se trata de minimizar la responsabilidad, sino de asegurarnos de que la reforma interna de la conciencia venga de la Palabra y de la gracia de Cristo, no de determinación humana o juicio severo, para que la gloria de Dios sea manifiesta en la renovación del cristiano.


¿Cómo se relaciona la conciencia con la enseñanza de la Iglesia y la disciplina eclesial?

La conciencia informa al amor pastoral y a la disciplina con el fin de edificar, restaurar y proteger la verdad del Evangelio. En 1 Timoteo 1:18-20, Pablo encarga a Timoteo mantener la fe y la buena conciencia, advirtiendo que desatenderla puede llevar a desviaciones doctrinales y a la desintegración de la comunidad. La disciplina, cuando se ejerce, busca la restauración y la santidad, no la condena sin esperanza. Hebreos 12:11 y Mateo 18:15-17 delinean un proceso de reconciliación que preserva la unidad del cuerpo y la pureza de la fe. La conciencia bien formada se alimenta en la comunión de la iglesia: escuchar la corrección, someterse a la autoridad espiritual y perseguir la verdad con humildad. En resumen, la exhortación protege el rebaño, honra a Dios y mantiene la pureza doctrinal, evitando que una conciencia mal informada debilite la fe de toda la comunidad.

Himeneo y Alejandro son citados como ejemplos de quienes se apartaron de la fe y de una conciencia no fiel; Pablo los entregó a Satanás para que aprendieran a no blasfemar, una medida disciplinaria extrema para salvaguardar la verdad y la integridad de la comunidad. Este pasaje muestra que la disciplina puede ser dolorosa, pero tiene un propósito redentor: proteger el Evangelio y asegurar la salud espiritual del cuerpo. La lección para la iglesia de hoy es que, cuando la conciencia es ignorada o cuando la enseñanza se desvía, la comunidad debe intervenir con amor para corregir, exhortar y, si es necesario, apartar temporalmente a quienes persisten en la desviación para que puedan volver al arrepentimiento. Este proceso debe hacerse con misericordia, claridad bíblica y un objetivo claro: que la gloria de Cristo sea preservada y que las ovejas sean llevadas a la verdad.


¿Cómo debe influir la oración y la lectura bíblica diaria en mantener una conciencia bien alimentada?

La predicación sostiene que la verdadera alimentación de la conciencia viene de la Palabra de Dios, acompañada de la oración y la comunión con la iglesia. 2 Timoteo 3:16-17 describe la Escritura como proveedora de enseñanza, redargución, corrección e instrucción en justicia para que el hombre de Dios esté completo y preparado para toda buena obra. En 1 Timoteo 4:13, Timoteo es exhortado a dedicar tiempo a la lectura pública y privada de las Escrituras, mostrando que la consistencia en la lectura bíblica alimenta la conciencia y fortalece la fe. La oración, por su parte, alinea el corazón con la voluntad de Dios y mantiene la sensibilidad a la voz del Espíritu (Filipenses 4:6-7). En conjunto, estas prácticas crean un marco en el que la conciencia se forma a la luz de la Revelación, evitando que caiga en engaños o tolerancia al pecado, y preparándonos para responder con fidelidad ante cualquier prueba.


¿Qué pasa si la conciencia se siente culpable por cosas que la Biblia no condena expresamente?

En este caso, la clave es discernir si la conciencia está siendo informada por la Palabra o por presiones culturales o tradiciones humanas. La Biblia enseña principios para situaciones no explícitamente reguladas, como el manejo de la libertad cristiana. (Romanos 14; 1 Corintios 10:23-33). Una conciencia que se siente culpable ante áreas neutrales debe ser instruida por la Palabra para entender lo que sí es pecado y lo que es libertad en Cristo. Es útil buscar consejo bíblico, orar por sabiduría y someter las convicciones personales a la comunidad cristiana madura. La meta es vivir con libertad responsable, evitando tanto el legalismo como la licencia, para que nuestra vida honre al Señor y sea ejemplo de amor.


¿De qué manera la conciencia alimentada por la Palabra influye en la vida familiar y social del creyente?

Una conciencia bien formada no es sólo un asunto individual, sino un motor para la ética familiar y las relaciones sociales. Al entender que la conciencia puede ser informada y fortalecida por la Escritura, el creyente aprende a honrar a Dios en cada relación: en el hogar, el trabajo, la escuela, la comunidad, etc. Efesios 4:15-16 describe cómo, al hablar la verdad en amor, el cuerpo crece y se edifica en amor; Colosenses 3:16 enseña que la palabra de Cristo more en abundancia en nosotros, enseñándonos y corrigiéndonos en todas las áreas de la vida. Proverbios 3:5-7 invita a confiar en el Señor con todo el corazón y no apoyarse en la propia inteligencia; así, la conciencia informada guía decisiones justas, fomenta la integridad, promueve la fidelidad y evita hipocresía, fortaleciendo el testimonio cristiano en casa y en la sociedad.

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