

12 de abril de 2026
CUANDO EL "YO" QUIERE OCUPAR EL TRONO DE "ÉL"
PASAJE BÍBLICO: 1 CORINTIOS 3: 1-7
David Granados
Cuando el Yo Quiere Ocupar el Trono de Él
Introducción y punto de partida
La predicación abre con un saludo que ya en sí mismo contiene un mensaje teológico: "Gracia, misericordia y paz." La enseñanza señala que esta forma paulina no es un simple protocolo de cortesía; es una declaración de la naturaleza de la vida cristiana. La gracia es el favor inmerecido de Dios, la misericordia es su compasión ante nuestra miseria, y la paz es la reconciliación con Él que todo creyente ha recibido. La vida cristiana no comienza por el esfuerzo humano sino por la iniciativa gratuita de Dios, y ese punto de partida marca el tono de todo lo que viene después.
Desde los primeros momentos, la predicación establece una verdad que funcionará como columna vertebral de todo el mensaje: en la iglesia no hay más que un solo Rey, un solo Señor y una sola cabeza, que es Jesucristo. Él es el Alfa y la Omega, el fundamento de la fe, el dueño absoluto del cuerpo que es su iglesia. Esta afirmación es la premisa desde la cual se va a examinar con honestidad y urgencia el estado real de la congregación.
La trinidad como espejo de armonía
El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: tres personas distintas, una sola esencia, un mismo propósito, ninguna rivalidad. El Padre planea, el Hijo ejecuta, el Espíritu Santo revela. Roles diferentes, pero en perfecta armonía. En la Trinidad no hay competencia, no hay lucha por el trono, no hay división de opiniones.
Si el Dios al que la iglesia sirve es la definición misma de la armonía perfecta, ¿cómo puede su iglesia permitirse la división? Exaltar el nombre de Cristo con los labios pierde todo sentido si al mismo tiempo se le deshonra con divisiones, contiendas y ego. Y aquí aparece por primera vez la frase que resume todo el mensaje: no se puede coronar a Cristo como Rey en el altar mientras el yo sigue peleando por un trono que solo le pertenece a Él.
El diagnóstico: una iglesia que ha venido siendo advertida
La enseñanza contextualiza el mensaje dentro de un patrón de enseñanzas que la congregación ha venido recibiendo domingo tras domingo. La predicación señala que no es casualidad que todos esos mensajes apunten en la misma dirección. El Señor viene hablando con urgencia a su iglesia, y hacerse de oídos sordos ante esa voz reiterada sería una señal grave de impermeabilidad espiritual.
El orgullo interno, la soberbia, la altivez y la falta de mirar a Cristo como cabeza podría estar generando un daño enorme en la iglesia. Y lo más preocupante no son las fracturas grandes y visibles, sino las pequeñas grietas que a simple vista no parecen evidentes pero que, con el tiempo, dañan todo el edificio. La ilustración que se usa es la de las pequeñas zorras que dañan las grandes viñas: el peligro no siempre viene en forma de catástrofe evidente, sino de pequeñas actitudes de ego que se van acumulando silenciosamente hasta fracturar la unidad del cuerpo.
La enseñanza también recordó la necesidad de examinar la conciencia y evaluar el caminar en Cristo; señaló que los creyentes fueron creados para buenas obras, no para andar en divisiones, y que eso aplica no solo dentro de la iglesia sino en los hogares y en la sociedad. El punto que subraya la predicación es que Dios no solo está atento cuando la congregación se reúne; está viendo el caminar de cada uno todos los días, todo el tiempo.
El título: cuando el yo quiere ocupar el trono de Él
El título del mensaje —Cuando el yo quiere ocupar el trono de Él— no es metafórico en sentido decorativo; es una descripción literal de lo que ocurre cuando el ego de cualquier creyente toma el control de sus decisiones, sus relaciones y su participación en la vida de la iglesia. La enseñanza establece que cuando el yo intenta subir al trono que solo le pertenece a Cristo, Cristo es desplazado funcionalmente en la práctica de nuestra vida — no porque Él se vaya, sino porque nosotros le cerramos el paso. Y separados de Él, nada se puede hacer. No es una advertencia menor; es una consecuencia directa e inevitable.
La predicación recuerda que esta lucha no es nueva. Hace aproximadamente dos mil años, el apóstol Pablo tuvo que confrontar a una iglesia que padecía exactamente lo mismo: una comunidad que confundía la espiritualidad con la rivalidad, que se esforzaba en sus dones, pero estaba fracturada por el ego. Una iglesia que decía ser de Cristo, pero actuaba como si cada quien fuera dueño de la verdad o de la obra completa.
1 Corintios 3: niños espirituales y el freno del ego
El fundamento bíblico principal de la predicación lo constituye el tercer capítulo de 1 Corintios en los versículos 1 al 7 y 11. Pablo, escribiéndole a la iglesia en Corinto, dice algo contundente y difícil: no ha podido hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Les dio leche, no alimento sólido, porque no podían recibirlo. Y la razón que da Pablo no es la falta de conocimiento teológico ni la juventud en la fe; es la presencia de celos y discusiones entre ellos. Unos decían "yo soy de Pablo", otros "yo soy de Apolos", y en esa rivalidad mostraban que seguían actuando como hombres del mundo.
La predicación resalta la respuesta que Pablo da a esa división: "¿Qué, pues, es Apolos, y qué, pues, es Pablo? Servidores mediante los cuales ustedes han creído. Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento." Y luego llega la afirmación que cierra el argumento: "Pues nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto, el cual es Jesucristo." El único fundamento legítimo es Cristo, y cualquier otra lealtad que compita con Él —ya sea a líderes, a grupos, a tradiciones o al propio ego es una distorsión que produce carnalidad e inmadurez.
El ego no es simplemente un defecto de carácter que hay que ir puliendo poco a poco. Es el freno que impide que la iglesia alcance la estatura de Cristo. Mientras el ego gobierne, el crecimiento espiritual es imposible. No se trata de una opinión pastoral; es lo que Pablo diagnóstica directamente en el texto. La incapacidad de crecer está conectada de manera causal con la presencia de divisiones. La iglesia debe dejar de mirar quién planta y quién riega, dejar de mirar al hombre, y mirar a Cristo. Cuando el yo se quita del camino, Dios tiene espacio para hacer crecer. Es necesario humillarse ante Él, buscarlo en su Palabra, en oración y en comunión con el cuerpo.
El mandato de crecer
Que el llamado a crecer no es una recomendación opcional sino una instrucción reiterada y urgente de las Escrituras. 1 Corintios 15:58 anima a estar "firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre", con la certeza de que ese trabajo no es en vano. 2 Pedro 3:18 ordena: "Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo." Colosenses 2:19 habla de que todo el cuerpo va creciendo como Dios quiere cuando está unido a la cabeza. 1 Tesalonicenses 3:12 ora para que el Señor haga crecer a su pueblo "para que se amen más y más los unos a los otros" ¿el Señor los hace crecer en divisiones y contiendas? No. Los hace crecer en amor. 1 Pedro 2:1–3 llama a desear con ansias la leche espiritual pura, como niños recién nacidos que la necesitan todos los días, abandonando toda maldad, engaño, hipocresía, envidia y calumnia.
El cuadro que emerge de este recorrido bíblico es el de un Dios que insiste, a través de múltiples autores y contextos, en el mismo mensaje: crece. Sal de la condición de niño. Hazte maduro espiritualmente. Busca agradar a Dios. Huye de las divisiones y los conflictos. Vive en dependencia de quien es la cabeza del cuerpo.
Hebreos 5:12–14 añade una ilustración adicional: hay creyentes que, habiendo tenido tiempo suficiente para madurar, siguen necesitando leche en lugar de alimento sólido. Siguen siendo inexpertos en la palabra de justicia. El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez. La predicación lanza desde aquí el llamado a salir de la leche y buscar el alimento sólido, a no quedarse cómodamente en la infancia espiritual.
La parábola de la junta de los miembros ilustres
El predicador presenta una narración de una parábola llamada "La junta de los miembros ilustres", que la enseñanza incorpora para mostrar con ilustraciones concretas lo que ocurre cuando el ego desplaza a Cristo quién es la cabeza.rf
En la historia, un cuerpo llamado Iglesia tiene varios miembros: la señora Mano, el señor Pie, la señora Boca, el señor Ojo y el señor Dedo Índice. Cada uno tiene un don, y cada uno está convencido de que sin él el cuerpo no puede funcionar. Cuando deben tomar una decisión, en lugar de coordinarse, estallan en una discusión sobre quién es el más importante: la Mano dice que ella ejecuta las obras, el Pie dice que él lleva el evangelio, el Dedo dice que señala el camino recto, la Boca dice que sin ella no hay enseñanza, el Ojo declara que sin él todos andan a ciegas.
La discusión se prolonga durante horas. Y mientras tanto, el cuerpo no se mueve. Afuera hay hambrientos, perdidos, enfermos. Adentro hay miembros que necesitan consejo y cuidado. Pero el Pie no camina porque la Mano no le pidió permiso. La Mano no trabaja porque el Ojo no le da dirección. La Boca calla porque el Dedo la criticó. El Dedo no señala porque el Ojo no lo reconoce. Y el Ojo mira hacia adentro esperando que todo el mundo le rinda honor.
Finalmente habla la Cabeza, y su mensaje es demoledor: "Mano, no sirves porque te crees importante; sirves porque yo serví primero. Pie, no caminas para que te aplaudan; caminas porque así lo quiero yo. Boca, tu palabra sin amor es metal que resuena. Dedo, señalaste a todos menos a ti mismo. Ojo, miraste tu prestigio y te volviste ciego." Y concluye: "En mi cuerpo, el más grande no es el que exige ser reconocido, sino el que más ama sin esperar nada a cambio. Si no ven mi amor, no me ven a mí. Vuelvan a lo primero. Vuelvan al amor. Porque sin él, aunque tengan manos hábiles, pies veloces, boca elocuente, ojo agudo y dedo certero, no son más que un cuerpo paralizado por el orgullo."
La parábola no sólo ilustra el problema; también señala la solución. El problema no es que cada miembro tenga un don; el problema es que cada uno opera desde el ego en lugar de desde la sujeción a la Cabeza. Y la solución no es la supresión de los dones, sino el amor, el servicio desinteresado y el reconocimiento de que la autoridad pertenece únicamente a Cristo.
Efesios 4:15–16: el cuerpo que crece cuando está unido a la cabeza
La predicación ancla la enseñanza de la parábola en Efesios 4:15–16: "Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor."
El cuerpo está bien concertado y unido cuando cada miembro ocupa su lugar y funciona según la actividad que le es propia, no la que él mismo reivindica. Las coyunturas que se ayudan mutuamente hablan de una comunidad donde llorar con los que lloran, alegrarse con los que están alegres y soportar las cargas del otro no son actitudes heroicas sino el funcionamiento normal del cuerpo. Y todo esto solo sucede cuando el cuerpo está sujeto a la Cabeza. Sin Cristo no hay coordinación, no hay suministro de gracia, no hay orden. Los miembros simplemente chocan entre sí.
La madurez, no consiste en acumular conocimiento teológico ni en destacarse en el ejercicio de los dones. Consiste en entender el lugar que cada uno ocupa en el cuerpo de Cristo y sujetarse a la autoridad que solo le pertenece a Él. Un miembro que quiere ser cabeza, o un miembro que decide funcionar de manera independiente, no está siendo valiente ni autónomo; está desconectándose de la fuente misma que lo hace funcionar.
Juan 17: la oración intercesora de Cristo por la unidad
La predicación lleva a Juan 17, la oración sacerdotal de Jesús. La enseñanza invita a considerar el contexto: Jesús está a pocas horas de ser arrestado, a punto de enfrentar la humillación, el dolor, el sufrimiento y la muerte en la cruz. Es el momento más tenso y solemne de toda su vida terrenal. Y en ese momento, lo que ocupa su corazón es la unidad de su pueblo.
Jesús ora: "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros." La predicación resalta la profundidad de esta petición: Cristo, en la víspera de su muerte, clama por la unidad de su iglesia. No está pidiendo que sus discípulos sean exitosos, famosos o numerosos; está pidiendo que sean uno. Y lo que les pide es que reflejen la misma unidad que existe entre el Padre y el Hijo, una unidad que el mundo pueda ver y que sea testimonio visible de la realidad de Cristo.
La enseñanza hace también una advertencia: si Cristo oró con tanta urgencia por la unidad de su pueblo, significa que esa unidad estará bajo ataque. Satanás tratará por todos los medios de socavar, destruir y fracturar la armonía de una iglesia que busca glorificar el nombre de Cristo. Pero la predicación también señala el recurso disponible: la Palabra de Dios y la fe en el Señor son suficientes para mantenerse firmes. Lo que no puede permitirse es que los impulsos, las emociones, los sentimientos y los pecados sean superiores a Cristo y a su Palabra.
El llamado final: menguar para que Él crezca
El cierre de la predicación es a la vez un llamado y un desafío profundamente personal. La enseñanza llama a cada creyente a menguar para que la gloria de Cristo crezca, a soltar el orgullo para abrazar con plena libertad la voluntad de Dios, a entender que solo unidos a Él y entre sí la iglesia puede manifestar su poder y ser un testimonio real al mundo.
El llamado concreto es que cuando las personas vean a la congregación, no vean a ningún líder humano, no vean nombres ni reputaciones, sino a Cristo. Porque si la iglesia está unida a la Vid verdadera, dará fruto. Si está sujeta a la cabeza, tendrá dirección. Y si vive en armonía, el nombre de Jesús será exaltado. La pregunta que la enseñanza deja a cada creyente es: ¿está nuestra vida realmente glorificando a Dios, o sigue el yo buscando el trono?
La predicación también se dirige a quienes aún no han rendido su vida a Cristo, señalando que todo lo hablado sobre el morir al ego, el crecer en fe y el servicio sacrificial solo tiene sentido cuando se está conectado a la fuente de vida que es Jesucristo. Fuera de Él no hay salvación. Él no es una opción entre muchas; es el Camino, la Verdad y la Vida. Solo en Él hay perdón de pecados, identidad que no se marchita y salvación eterna.
Conclusión
Esta predicación es, en esencia, un llamado a la rendición. No la rendición que humilla o destruye, sino la que libera: la rendición del yo ante Cristo. La enseñanza traza con claridad una línea entre una iglesia que confunde la espiritualidad con la rivalidad —bebés espirituales paralizados por el orgullo— y una iglesia madura que, unida a su cabeza y entrelazada en amor, puede ser un testimonio visible del Dios que sirve. La Trinidad misma es el modelo: no hay competencia en Dios, no hay lucha por el trono. Y si esa armonía perfecta es el origen de la iglesia, no puede ser otra cosa que su destino también. La meta es clara: que cada creyente pueda decir, con toda honestidad, "Ya no soy yo, sino Cristo en mí." A Él sea la gloria.
Preguntas respondidas en “Cuando el yo quiere ocupar el trono de Él”
¿Por qué hay tantos conflictos y divisiones dentro de la iglesia si todos dicen ser cristianos y amar a Dios?
Las divisiones en la iglesia no son un misterio teológico, son el resultado predecible de algo muy concreto: el ego que no ha sido rendido a Cristo. Cuando el yo ocupa el lugar que solo le corresponde a Él, la fractura es inevitable. No importa cuánto conocimiento teológico tenga una congregación, ni cuántos dones espirituales manifieste; si el ego gobierna, el cuerpo se paraliza.
El apóstol Pablo lo diagnosticó hace dos mil años en la iglesia de Corinto, una comunidad que tenía dones, esfuerzo y celo, pero que estaba fracturada por la rivalidad. Unos decían "yo soy de Pablo", otros "yo soy de Apolos", y Pablo respondió con una palabra difícil pero necesaria: los llamó carnales, niños espirituales. En 1 Corintios 3:3 conecta directamente la presencia de celos y discusiones con la incapacidad de crecer: "Pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales y andáis como hombres?" La división no es una señal de madurez ni de pasión por la verdad; es una señal de que el yo todavía no ha aprendido a sujetarse a la cabeza.
La enseñanza también incorpora una imagen muy ilustrativa: la de las pequeñas grietas que a simple vista no son evidentes pero que dañan todo el edificio. Las divisiones más peligrosas en la iglesia no siempre son las grandes rupturas visibles; son las pequeñas actitudes de ego, de competencia, de menosprecio hacia el otro, que se van acumulando silenciosamente. Y cuando esas grietas no se afrontan con honestidad y humildad, terminan fracturando lo que Cristo unió con su propia sangre.
¿Tiene Dios un modelo ideal de cómo debería funcionar la iglesia y sus miembros entre sí?
Sí, ese modelo tiene su origen en la naturaleza misma de Dios: la Trinidad. En la Trinidad no hay competencia, no hay lucha por el trono, no hay división de opiniones ni rivalidad entre personas. El Padre planea, el Hijo ejecuta, el Espíritu Santo revela. Roles distintos, una sola esencia, un mismo propósito, armonía perfecta. Y si la iglesia es el cuerpo de un Dios que es en sí mismo la definición de la armonía, entonces esa armonía no es una aspiración opcional para la congregación; es su vocación más profunda.
Efesios 4:15–16 describe este modelo con precisión: "Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro, recibe su crecimiento para ir edificándose en amor." Cada miembro tiene una función propia. Nadie sobra, nadie es más importante que otro. Las coyunturas que se ayudan mutuamente hablan de una comunidad donde llorar con los que lloran, alegrarse con los que están alegres y soportar las cargas del otro es el funcionamiento normal del cuerpo, no un logro extraordinario.
El punto clave que establece la predicación es que este modelo solo funciona cuando el cuerpo está sujeto a la Cabeza. Sin Cristo no hay coordinación, no hay suministro de gracia, no hay orden. Los miembros simplemente chocan entre sí. El modelo ideal de la iglesia no es una estructura administrativa eficiente; es un cuerpo vivo, creciendo en amor, unido a su cabeza y moviéndose en la dirección que solo Él puede dar.
¿Qué significa en la práctica que Cristo sea "la cabeza de la iglesia"?
No es un título decorativo. Que Cristo sea la cabeza significa que Él es quien tiene la autoridad final sobre todas las decisiones, los conflictos, las prioridades y la dirección de la iglesia. No es una voz entre varias; es la única voz que verdaderamente gobierna. Cuando un miembro del cuerpo comienza a actuar como si tuviera esa autoridad para sí mismo, o como si sus opiniones y preferencias fueran el criterio definitivo, está desplazando a Cristo de ese lugar. Y las consecuencias son inevitables: cuando el yo intenta subir al trono que solo le pertenece a Cristo, Cristo es desplazado funcionalmente en la práctica de nuestra vida — no porque Él se vaya, sino porque nosotros le cerramos el paso.
Cuando cada miembro del cuerpo pelea por su reconocimiento y su territorio, el cuerpo entero se paraliza. Y mientras tanto, afuera hay hambrientos, perdidos y enfermos que nadie atiende. La Cabeza entonces habla y dice algo definitivo: "En mi cuerpo, el más grande no es el que exige ser reconocido, sino el que más ama sin esperar nada a cambio."
Colosenses 1:18 afirma que Cristo "es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia." En todo. No en algunas áreas mientras el yo administra las demás. La preeminencia de Cristo es total, y reconocerla en la práctica es lo que transforma una organización religiosa en el cuerpo vivo de Dios.
¿Por qué no crezco espiritualmente aunque llevo años en la iglesia?
La enseñanza señala, siguiendo a Pablo en 1 Corintios 3, que hay una razón muy concreta por la que muchos creyentes siguen necesitando leche cuando ya deberían estar comiendo alimento sólido: el ego no rendido. El orgullo, las contiendas, la competencia y la falta de sujeción a Cristo son el freno que impide el crecimiento espiritual. No es que Dios no quiera hacer crecer a su pueblo; es que el yo ocupa el espacio donde ese crecimiento debería ocurrir.
Hebreos 5:12–14 lo describe con precisión: "Habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez." La madurez espiritual no se mide por los años en la iglesia ni por el conocimiento acumulado de doctrinas. Se mide por el grado en que Cristo ocupa el trono de la vida y el ego ha sido desplazado.
El Nuevo Testamento está lleno de exhortaciones al crecimiento: "Estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre" (1 Co 15:58); "creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 P 3:18); "que el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros" (1 Ts 3:12). El crecimiento es posible, es mandado, y ocurre cuando el creyente deja de mirar hacia adentro con ego y comienza a mirar hacia arriba con dependencia.
¿Por qué el orgullo es tan peligroso para la iglesia si a veces parece algo normal?
El orgullo tiende a disfrazarse. A veces aparece como convicción firme, como defensa de la verdad o liderazgo con autoridad. Y precisamente por eso es tan peligroso: sus formas más dañinas raramente se anuncian con ese nombre. La predicación desmonta esta normalización del ego con un argumento que va más allá de la moral: el orgullo no es simplemente un defecto de carácter que hay que pulir con el tiempo. Es el freno que impide que la iglesia alcance la estatura de Cristo. Es la grieta pequeña que a simple vista no parece grave pero que, acumulada, daña todo el edificio. Es lo que convierte a creyentes con dones reales en miembros paralizados que no pueden moverse porque están demasiado ocupados defendiendo su territorio.
El puritano John Owen, lo expresa con una frase que no deja lugar a matices: "Cuando los cristianos dejan de amarse unos a otros, han dejado de ser el espejo del Dios trino." El orgullo no solo daña las relaciones; borra el reflejo de Dios que la iglesia está llamada a ser. Y cuando ese reflejo desaparece, el mundo no puede ver a Cristo a través de su cuerpo.
Santiago 4:6 es directo: "Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes." Cuando el orgullo gobierna, Dios mismo se pone en resistencia. No es una consecuencia menor; es la consecuencia más grave posible para la iglesia. Y la advertencia es que la división que genera el orgullo no es un problema interno que solo afecta a quienes están dentro; es una señal visible para el mundo de que la iglesia no es diferente a cualquier otra organización humana. La división es el camino más corto para invitar la presencia del enemigo.
¿Puede una persona tener dones espirituales y al mismo tiempo estar causando daño en la iglesia?
La predicación responde esta pregunta con el ejemplo concreto de la iglesia de Corinto, que era una comunidad con abundancia de dones espirituales y al mismo tiempo una de las iglesias más fracturadas del Nuevo Testamento. Tener un don no garantiza madurez espiritual, y que los dones ejercidos desde el ego producen rivalidad, no edificación. Cuando alguien usa su don para destacarse, para competir o para reclamar reconocimiento, ese don —por legítimo que sea en su origen— se convierte en fuente de división. La parábola de los miembros ilustres lo muestra con claridad: cada miembro tenía una función real y necesaria, pero cuando cada uno comenzó a exigir ser reconocido como el más importante, el cuerpo entero quedó paralizado.
La Cabeza responde a cada uno de ellos no negando su función, sino reorientando su motivación: "Mano, no sirves porque te crees importante; sirves porque yo serví primero. Boca, tu palabra sin amor es metal que resuena." Esta última frase es un eco directo de 1 Corintios 13:1–2, donde Pablo afirma que aunque alguien hable con lenguas angélicas o tenga toda profecía y todo conocimiento, si no tiene amor, no es nada. Los dones sin amor y sin sujeción a Cristo no edifican; solo hacen ruido.
La solución no es suprimir los dones ni vivir en una falsa modestia que los niega. Es ejercerlos desde la sujeción a la Cabeza, desde el servicio desinteresado, entendiendo que el don no pertenece a quien lo tiene sino a Cristo que lo dio, y que su propósito no es hacer visible al miembro sino hacer visible al Señor.
¿Por qué es tan importante la unidad en la iglesia? ¿No basta con que cada uno tenga una buena relación personal con Dios?
Esta es una de las ideas más extendidas en la cultura cristiana contemporánea: la fe como un asunto privado entre el individuo y Dios, donde la comunidad eclesial es útil pero no esencial. En Juan 17, la oración sacerdotal de Jesús, en la que el Señor está a pocas horas de ser arrestado y crucificado. En ese momento de máxima tensión, lo que ocupa el corazón de Cristo no es su propia seguridad ni el reconocimiento de su obra; es la unidad de su pueblo. "Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros." Si Jesús, en las horas más solemnes de su vida terrenal, usa su tiempo para orar por la unidad de su iglesia, esa unidad no puede ser una cuestión secundaria o una preferencia cultural. Es central para el propósito de Dios.
La razón por la que la unidad importa tanto no es solo interna sino también externa. El mundo debe ver en la iglesia una comunidad tan diferente, tan cohesionada en amor, que esa unión sea un testimonio de la realidad de Cristo. Jesús lo dijo en Juan 13:35: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros." La unidad no es solo un beneficio para los creyentes; es el lenguaje en el que el mundo puede leer el evangelio.
La fe personal es real e irremplazable, pero no existe en aislamiento. El Nuevo Testamento no concibe al creyente como un individuo suelto con su propia relación privada con Dios, sino como un miembro de un cuerpo. Y un miembro desconectado del cuerpo no puede funcionar, no puede crecer y no puede cumplir el propósito para el que fue diseñado.
¿Cómo sé si soy yo quien está causando divisiones en mi iglesia sin darme cuenta?
La predicación llama a cada creyente a un examen honesto y constante: evaluar la conciencia, revisar el propio caminar en Cristo y evaluar el lugar que se ocupa como miembro de la iglesia. Delante del Señor "No hay nada escondido. Estemos a cuentas." Cuando las propias opiniones o preferencias se imponen sobre las de los demás, cuando se habla más de quién tiene razón que de cómo servir mejor al cuerpo, cuando la motivación del servicio es el reconocimiento y no el amor, cuando la respuesta ante la corrección es la defensiva en lugar de la humildad. Todas esas son señales de que el yo está intentando subir al trono.
Pablo en 2 Corintios 13:5 hace el llamado directo: "Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos." El criterio del examen es claro: ¿nuestra vida está glorificando a Dios o está poniendo al yo en el trono? ¿Cuando las personas nos ven, ven a Cristo o ven nuestra propia agenda? La madurez espiritual comienza cuando esa pregunta deja de incomodar y se convierte en un hábito diario.
¿Qué relación tiene el ego con la misión de la iglesia en el mundo?
El ego no es solo un problema de convivencia interna; es el principal obstáculo que impide que la iglesia cumpla su misión en el mundo. Recuerda que Cristo dijo "yo soy la luz del mundo" y luego les dijo a sus discípulos: "vosotros también sois la luz del mundo." La misión de la iglesia es comunicar visiblemente la realidad de Cristo en un mundo sumido en tinieblas, en pecado, en ceguera espiritual. Pero cuando la iglesia está enfrascada en contiendas, divisiones y ego, esa luz se apaga. El mundo no ve a Cristo; ve una organización humana más, con los mismos conflictos y las mismas dinámicas de poder que cualquier otra institución. El ego es literalmente una parálisis misionera. El amor que debería fluir hacia el mundo que necesita el evangelio queda atrapada en los conflictos internos.
Mateo 5:13–16 lanza el llamado: ser sal y luz. La sal que ha perdido su sabor no sirve para nada; la luz escondida no ilumina. Cuando la iglesia vive en armonía, sujeta a su cabeza y moviéndose en amor, se convierte en el argumento más poderoso que existe a favor de la realidad del evangelio. No hay apologética más efectiva que una comunidad donde el amor es visible, donde las diferencias se resuelven con gracia y donde cada miembro sirve sin buscar reconocimiento. Esa comunidad hace visible a Cristo de una manera que ningún sermón solitario puede lograr por sí solo.
¿Es posible cambiar genuinamente y dejar de vivir dominado por el ego, o es algo con lo que siempre vamos a luchar?
La enseñanza reconoce con honestidad que esta lucha contra el ego no es nueva ni fácil. Lleva dos mil años siendo el problema central de las iglesias. Pablo tuvo que confrontarla en Corinto. La parábola de los miembros ilustres describe algo que "la iglesia padece desde el primer siglo". No hay congregación que escape a esta tensión, porque el ego es parte de la naturaleza caída del ser humano. Pretender que ya no está o que ya fue superado definitivamente sería ingenuo y peligroso.
El objetivo no es solo luchar contra el orgullo, sino vencerlo, y la distinción es importante. Luchar contra el orgullo desde la propia fuerza es agotador y generalmente infructuoso. Vencerlo a través de la absoluta humillación ante Cristo Jesús es algo cualitativamente diferente: es rendirse a quien ya venció, es sujetarse a la Cabeza que ya tiene toda autoridad, es dejar que el Espíritu Santo haga desde adentro lo que ningún esfuerzo humano puede producir desde afuera.
Los pasajes que la enseñanza recorre sobre el crecimiento apuntan todos en la misma dirección: "Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo" (2 P 3:18). "Que el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros" (1 Ts 3:12). El sujeto que hace crecer no es el creyente por su propio esfuerzo; es el Señor mismo. Lo que el creyente hace es sujetarse, buscar a Dios en su Palabra, en la oración, en la comunión, y confiar en que Él es fiel para completar la obra que comenzó.
La meta es la que Pablo describe en Gálatas 2:20: "Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí." Ese es el propósito: no la supresión del individuo, sino su transformación tan profunda que Cristo sea quien se vea en él. Y la promesa es que ese destino es real, posible y alcanzable, no por mérito propio, sino por la gracia del mismo Señor que pagó en la cruz el precio para hacerlo posible.