

5 de julio de 2026
CONSIDERANDO A JOB
PASAJE BÍBLICO: JOB 1:1-5
Josué Saldarriaga
Considerando a Job
La literatura de sabiduría
La literatura de sabiduría era un género ampliamente conocido en la antigüedad. Diversas civilizaciones produjeron escritos destinados a transmitir conocimiento, consejos prácticos y reflexiones sobre la vida, convencidas de que la sabiduría podía alcanzarse mediante la experiencia y el razonamiento humano. Sin embargo, la literatura sapiencial del Antiguo Testamento —integrada por Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares— se distingue de todas ellas porque reconoce a Dios como la única fuente verdadera de sabiduría. Por eso, las Escrituras afirman repetidamente que «el principio de la sabiduría es el temor al Señor» (Salmos 111:10; Proverbios 1:7; 9:10).
El predicador subraya que esta sabiduría no es meramente teórica: permite comprender cómo funciona el mundo y, más importante aún, cómo el mundo se opone a las verdades invariables reveladas en las Escrituras. A diferencia de nosotros, que contamos con toda la revelación escrita, los hombres de estos textos razonaban y llegaban a conclusiones sin ese acceso completo a la verdad, lo cual hace especialmente valioso estudiar cómo pensaban y por qué a veces erraban.
Estos libros son poéticos, pero no bajo el concepto de rima al que estamos acostumbrados en español. La poesía hebrea se apoya principalmente en el paralelismo y en recursos como la metáfora, la hipérbole, el símil, la sátira y la personificación —herramientas que ayudan a comunicar verdades profundas sin recurrir a la literalidad.
El origen de la "sabiduría" en Israel
Para entender de dónde surge esta tradición, el predicador recurre a Jeremías 18:18, que menciona tres figuras que instruían al pueblo: el sacerdote (ley), el profeta (visión) y el sabio (consejo). En Ezequiel 7:26 se confirma esta triple estructura de liderazgo espiritual. De ahí se concluye que los "sabios" solían ser los ancianos del pueblo, quienes debían aconsejar tanto a los jóvenes como a las nuevas generaciones. Como ejemplo se cita la historia de Roboam en 2 Crónicas 10:1-19: este joven rey pidió consejo tanto a los ancianos como a los jóvenes, pero desechó el consejo sabio de los mayores y siguió el necio consejo de sus contemporáneos, lo cual provocó la división del reino.
Sin embargo, aunque los ancianos solían desempeñar el papel de consejeros, ello no significa que la sabiduría dependa de la edad o de la experiencia. Para demostrarlo, el predicador cita la exhortación de Pablo a Timoteo en 1 Timoteo 4:12-16. Allí le pide que nadie menosprecie su juventud, sino que sea ejemplo en palabra, conducta, amor, fe y pureza. La clave para ejercer ese liderazgo no era su edad, sino su dedicación a la lectura de las Escrituras, la exhortación y la enseñanza, pues era de las Escrituras de donde obtendría la sabiduría necesaria para pastorear la iglesia, formar nuevos líderes y enseñar fielmente a los demás. La lección es clara: no es la vejez la que produce sabiduría, sino el temor al Señor. Este punto es crucial porque anticipa el tema central del libro de Job: un grupo de hombres mayores, considerándose sabios, que razonan según su propio entendimiento y llegan a conclusiones erróneas sobre Dios.
Contexto general del libro de Job
Se aclara que no existe certeza sobre quién escribió el libro (la tradición judía sugiere a Moisés, sin evidencia sólida) ni sobre la época exacta en que ocurre. A diferencia de otros libros bíblicos que sitúan claramente sus eventos en un reinado o periodo histórico, Job carece de esas referencias. No obstante, varios indicios ubican la historia en la época de los patriarcas:
La riqueza se mide en cantidad de animales (ovejas, camellos, bueyes, asnas), no en oro o plata como en el tiempo de los reyes.
No hay mención de la ley de Moisés, del tabernáculo, ni del éxodo.
La estructura de la familia de Job corresponde al modelo patriarcal, una familia numerosa cercana.
Job ejerce funciones sacerdotales al ofrecer sacrificios por su familia, lo cual solo sería posible antes de la institución del sacerdocio aarónico.
Job vive 140 años después de los sucesos narrados (Job 42:16), una longevidad propia de los tiempos patriarcales.
Esto llevaría a considerar a Job como posiblemente el libro más antiguo cronológicamente, lo cual resulta fascinante porque permite observar cómo razonaban las primeras generaciones acerca de Dios, antes de contar con la ley escrita.
La lectura del libro de Job presenta un gran reto: aprender a distinguir entre el razonamiento aparentemente piadoso pero erróneo de los amigos de Job y la verdadera comprensión del trato de Dios con el sufrimiento humano.
El significado del nombre "Job" y la presentación del personaje
Se explica que "Job" es la transliteración de un término hebreo que significa "odiado" o "perseguido", anticipando el conflicto central: un hombre que se sentirá perseguido por Dios mismo y luchará internamente por comprender por qué Dios permitió lo que permitió.
El libro comienza con una descripción de este hombre (Job 1:1): "un hombre en la tierra de Uz... intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal." Se detalla que la tierra de Uz podría deber su nombre a un nieto de Sem (Génesis 10:23) o a un hijo de Nacor, hermano de Abraham (Génesis 22:21), lo que sitúa a Job fuera de Israel, sin genealogía clara —un detalle que el predicador compara con el misterioso caso de Melquisedec, otro personaje que aparece sin contexto genealógico para revelar algo importante: antes de la revelación escrita completa: Dios se reveló en sus corazones. La idea central es que Job es "como cualquier otro": un hombre común, sin acceso a las Escrituras, que conoció a Dios por generaciones orales y por la creación misma, tal como cualquier persona podría hacerlo hoy si careciera de la Biblia.
El significado de "intachable", "recto", "temeroso de Dios" y “apartado del mal”
Se profundiza en cada término:
Intachable/perfecto/veraz: no implica ausencia de pecado, sino transparencia total: un hombre íntegro, sin duplicidad, sin hipocresía, cuya vida pública coincidía con su vida privada.
Recto: nadie podía acusarlo de nada; su conducta moral era intachable ante los ojos humanos.
Temeroso de Dios: El "temor de Dios" no se limita a la reverencia y la honra, sino que también implica terror genuino ante Su santidad, poder y justicia. Se Cita 2 Corintios 5:10-11, donde Pablo habla del temor que produce saber que todos compareceremos ante el tribunal de Cristo. Esta idea se complementa con Job 13:20-22, donde el propio Job le pide a Dios que aparte de él dos cosas: Su mano —es decir, el sufrimiento que estaba atravesando— y Su terror, para poder hablar con Él con mayor confianza; no desde el temor de un siervo ante su Rey, sino con la cercanía y franqueza de un amigo que expone su causa. No se trata de dejar de reverenciar a Dios; por el contrario, es precisamente ese temor lo que guarda a Job de afirmar acerca de Dios algo que no sea cierto o de responder de manera inapropiada a su trato.
Apartado del mal: Implica reconocer a Dios como Santo y por temor a Él esforzarse en no practicar el mal, planearlo o siquiera dar cabida a él. Precisamente por su temor al Señor, Job era un hombre apartado del mal: procuraba alejarse de todo aquello que sabía que ofendía a Dios y buscaba vivir de una manera agradable delante de Él.
Las características descritas en Job —intachable, recto y apartado del mal— son la evidencia del temor que tenía hacia Dios. Son el resultado de una vida gobernada por ese temor, el cual lo llevaba a procurar la rectitud, apartarse del pecado y vivir de una manera agradable delante del Señor. En otras palabras, el temor de Dios no era solo una característica más de Job, sino el fundamento del que brotaban todas las demás.
Se destaca que no solo los hombres describen a Job de esta manera, sino que el propio Dios lo confirma ante Satanás (Job 1:8): "¿Te has fijado en mi siervo Job? Porque no hay ninguno como él sobre la tierra; es un hombre intachable y recto, temeroso de Dios y apartado del mal»." Esto se refuerza con el Salmo 25:8, que declara que el Señor mismo es "bueno y recto", el estándar absoluto de rectitud, y por tanto Su testimonio sobre Job tiene un peso definitivo.
Charles Swindoll afirma: “Hay una escasez de héroes en nuestros tiempos; las filas de héroes se han reducido notablemente. No obstante, sigo convencido de que necesitamos héroes”. Swindoll escribe esto pensando en los héroes de la fe mencionados en Hebreos 11, hombres como Job, José y Noé, quienes, aun sin contar con la revelación escrita, fueron considerados intachables. A partir de ello, el predicador exhorta a sus oyentes a dejar de usar expresiones como “yo nunca podré ser así” o “solo podré ser perfecto en el cielo” como excusas para no esforzarse en vivir piadosamente. En cambio, los anima a temer al Señor, con la convicción de que el temor de Dios —principio de la sabiduría— es el fundamento de una vida de obediencia. De modo que podrán llegar a ser, como Job, íntegros, intachables, rectos, temerosos de Dios y apartados del mal.
La vida de Job
El texto describe con detalle la prosperidad material de Job: siete hijos y tres hijas (considerado una bendición inmensa según el Salmo 127:3-5, donde los hijos son descritos como "herencia de Jehová" y "flechas en mano del guerrero"), siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes (mil bueyes) y quinientas asnas, además de numerosísimos siervos.
El predicador se detiene en explicar el propósito práctico de cada tipo de posesión: las ovejas para lana, ropa y alimento; los camellos como medio de transporte; los bueyes para las labores agrícolas; las asnas como bestias de carga. Se hace un cálculo ilustrativo, una estimación aproximada que permite comprender que mantener semejante cantidad de animales requeriría una extensión de tierra comparable a toda la ciudad de Tunja dedicada exclusivamente a pastoreo, esta imagen nos ayuda a dimensionar la inmensidad de la bendición material de Job. Se resalta que Job no solo poseía estas riquezas, sino que las administraba con integridad, sin fraude ni descuido, siendo reconocido como un hombre íntegro también en sus negocios: un líder, un visionario, un administrador ejemplar al que, seguramente, otros acudían en busca de consejo. “Aquel hombre era el más grande que todos los hijos del Oriente” (Job 1:3).
La dimensión familiar
El relato pasa luego al ámbito íntimo del hogar: los hijos de Job acostumbraban celebrar banquetes rotativos en sus casas, posiblemente relacionados con cumpleaños, e invitaban siempre a sus tres hermanas —un detalle significativo en una cultura donde las mujeres solían ser marginadas de este tipo de celebraciones—. Esto habla de una familia unida y con una comunión cercana.
Pero el punto culminante de esta sección es la práctica espiritual de Job como sacerdote de su hogar (Job 1:5): después de cada banquete, Job se levantaba temprano y ofrecía holocaustos individuales por cada uno de sus hijos, "por si acaso" habían pecado o maldecido a Dios en sus corazones. El predicador enfatiza que esto revela una preocupación que va más allá de lo visible: Job no solo cuidaba el bienestar material y físico de sus hijos, sino que velaba activamente por el estado espiritual de sus corazones, incluso ante pecados que no podía ver ni comprobar —posible envidia, codicia, lujuria o amargura surgida en medio de la fiesta.
Job es presentado como el modelo ideal de paternidad, en contraste con Elí, quien por falta de temor a Dios no corrigió ni siquiera el pecado evidente de sus hijos. Job, en cambio, "traía a sus hijos al altar" en lugar de simplemente observarlos de lejos, haciéndolos partícipes conscientes de su condición delante de Dios.
Job como tipo de Cristo, pero no un salvador
Hacia el final, el predicador hace una transición teológica importante: aunque Job es un modelo extraordinario de integridad, se aclara —apoyándose en Ezequiel 14:14-20— que ni siquiera Job, Noé o Daniel podrían salvar a otros por su propia justicia; solo podrían librarse a sí mismos, y eso únicamente por pura gracia de Dios, no por mérito propio. Job, entonces, no deja de ser un pecador como cualquier otro ser humano.
Esto conduce a la conclusión cristológica de la enseñanza: Job, sin conocer a Cristo, lo imitaba a través de su temor genuino a Dios, convirtiéndose en un tipo (prefiguración) de Jesús. Sin embargo, se aclara con fuerza que solo Cristo es el sacrificio perfecto y verdaderamente suficiente, citando Hebreos 9:24-28 y Hebreos 10:5-10, textos que contrastan los múltiples sacrificios imperfectos del sistema levítico con la ofrenda única y definitiva del cuerpo de Jesucristo, para siempre.
El reto final
El predicador concluye lanzando un desafío personal: invita a cada persona a esforzarse por vivir con integridad, rectitud y temor a Dios, tal como Job, de modo que al continuar el estudio del sufrimiento de Job puedan identificarse más profundamente con su lucha —ya sea por haber logrado cierta madurez espiritual o por haber reconocido cuán difícil es sostener esa integridad en la prueba. La pregunta que cierra la reflexión es contundente: si Job, sin tener la revelación escrita completa, pudo vivir como un hombre intachable y temeroso de Dios, ¿cuál es la excusa para quienes hoy tienen acceso a toda la Escritura?
Preguntas respondidas en “Considerando a Job”
¿Qué es la literatura de sabiduría y por qué es relevante para el creyente de hoy?
La literatura de sabiduría del Antiguo Testamento —Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantares— representa una forma única de revelación divina. A diferencia de la narrativa histórica o de los libros proféticos, estos textos no narran principalmente los actos de Dios en la historia de Israel ni proclaman mensajes de juicio o restauración. Su propósito es más cotidiano: ayudar al ser humano a navegar la vida real con discernimiento, con integridad y con los ojos puestos en Dios. No son libros para acumular conocimiento teórico o filosófico; son libros para vivir.
Lo que distingue radicalmente esta sabiduría de cualquier otra tradición sapiencial del mundo antiguo es su fundamento. Mientras las demás tradiciones buscaban la sabiduría en la observación del mundo, en la experiencia acumulada, en la razón humana, la sabiduría bíblica parte de un principio teológico inamovible: "El principio de la sabiduría es el temor al Señor" (Salmo 111:10; Proverbios 1:7; 9:10). Esta afirmación es la columna vertebral de toda la literatura sapiencial del Antiguo Testamento. Sin el temor al Señor, el conocimiento se convierte en orgullo. Sin el temor al Señor, la experiencia acumulada puede llegar a conclusiones completamente equivocadas sobre Dios.
Esta sabiduría, además, permite entender algo que no siempre resulta evidente: cómo el mundo en que vivimos se opone a las verdades invariables de la Palabra de Dios. No es que el mundo sea neutro; el mundo tiene su propia "sabiduría" que Pablo, en 1 Corintios 1:20–21, describe como necedad ante los ojos de Dios: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?" La sabiduría mundana busca explicar el sufrimiento, la prosperidad, la justicia y la muerte sin referencia a Dios. La literatura de sabiduría bíblica, en cambio, nos entrena para ver todas esas realidades desde la perspectiva del Señor.
Para el creyente de hoy, que tiene acceso a toda la revelación escrita, esta literatura es especialmente valiosa porque nos permite ver cómo razonaban hombres y mujeres que no tenían esa ventaja, identificar dónde sus razonamientos fallaban y aprender a no cometer los mismos errores. Santiago, en el Nuevo Testamento, recoge esta misma tradición sapiencial cuando exhorta: "Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada" (Santiago 1:5). La sabiduría no se fabrica; se recibe de Dios, y comienza siempre con el temor a Él.
¿La edad o la experiencia hacen a una persona sabia?
Es uno de los supuestos más extendidos, no solo en el mundo antiguo sino también hoy: que los mayores, por el simple hecho de haber vivido más, son necesariamente más sabios. Hay algo de verdad en ello; la experiencia enseña cosas que los libros no siempre pueden transmitir. Pero la Biblia nos advierte con insistencia de que la edad, por sí sola, no es garantía de sabiduría espiritual.
La historia de Roboam en 2 Crónicas 10 es un caso paradigmático. Cuando este joven rey solicitó consejo para gobernar, consultó a los ancianos del pueblo —los que habían servido a su padre Salomón—, pero luego desestimó su consejo y siguió el de sus amigos jóvenes e inexpertos. El resultado fue la división del reino de Israel. Podría parecer que la moraleja es simplemente "escucha a los mayores". Pero la predicación sobre Job señala algo más profundo: los propios amigos de Job, varones mayores y experimentados, terminarán razonando de forma incorrecta sobre Dios. La edad no los protegió del error.
El libro de Job mismo, en su desarrollo, presenta a un personaje joven llamado Eliú que, después de escuchar los largos discursos de los tres amigos mayores, toma la palabra y los corrige. En Job 32:6–9, Eliú reconoce con humildad que calló por respeto a su edad, pero luego dice: "No son los de muchos años los que son sabios, ni los ancianos los que entienden el derecho. Por eso digo: escuchadme; también yo declararé lo que sé." Su argumento central es que la sabiduría no viene de los años, sino del espíritu que está en el hombre, el soplo del Todopoderoso que le da entendimiento (Job 32:8). Eso es completamente coherente con la enseñanza bíblica más amplia: la sabiduría es un don que Dios otorga.
Pablo lo confirma al animar a Timoteo —un joven líder— en 1 Timoteo 4:12: "Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, fe y pureza." Y el camino para lograrlo no era acumular años, sino "ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza" (v. 13). La Palabra de Dios es la que forma al hombre sabio, independientemente de su edad. El Salmo 119:99–100 lo afirma con claridad: "Más que todos mis maestros he entendido, porque tus testimonios son mi meditación. Más que los ancianos he entendido, porque he guardado tus mandamientos." Un joven que teme a Dios y medita en su Palabra puede ser más sabio que un anciano que solo confía en su propia experiencia.
¿Quién era Job y por qué importa que no tengamos detalles claros sobre su origen?
Job es presentado en el primer versículo del libro: "Hubo un hombre en la tierra de Uz llamado Job." No hay genealogía, no hay referencia a ningún rey o época concreta, no hay mención de Israel, de ninguna tribu, ni del pacto mosaico. Es sencillamente un hombre en un lugar. Esta aparente pobreza de contexto es, en realidad, profundamente significativa.
La predicación señala que Job era como cualquier persona: ubicado en una tierra como cualquier otra, en un tiempo como cualquier otro, con el conocimiento de Dios que le había llegado por generaciones y por la observación de la creación. Romanos 1:19–20 afirma que Dios se ha revelado a toda la humanidad a través de lo creado: "Lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se los manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo." Job no necesitó de la ley escrita para conocer a Dios; el Dios de la creación ya se había revelado a su corazón.
Esta ausencia de genealogía evoca la figura de Melquisedec, el misterioso sacerdote-rey de Génesis 14 que aparece sin padre, sin madre, sin linaje registrado, y sin embargo es reconocido por Abram mismo como sacerdote del Dios Altísimo (Génesis 14:18–20). Hebreos 7 usa precisamente esa ausencia de genealogía para señalar que Melquisedec prefiguraba a Cristo, cuyo sacerdocio no depende de linaje humano. Job, de manera análoga, aparece sin genealogía para decirnos que su rectitud no dependía de pertenecer al pueblo escogido ni de haber recibido la ley: dependía de su relación con Dios.
Esto tiene una implicación directa para nosotros. Si un hombre sin Biblia, sin iglesia, sin ley escrita, sin los profetas, sin el Nuevo Testamento, fue declarado íntegro por Dios mismo, entonces la pregunta es inevitable: ¿cuánto más debería ser posible para quien tiene toda la revelación? Hebreos 11 —el gran capítulo de los héroes de la fe— nos recuerda que todos ellos, sin haber visto la promesa cumplida en Cristo, "alcanzaron buen testimonio mediante la fe" (Hebreos 11:39). Job es uno de ellos. Y nosotros que sí hemos visto la plenitud de la revelación en Cristo, tenemos una responsabilidad aún mayor.
¿Qué significa que Job fuera "intachable, recto, temeroso de Dios y apartado del mal"?
Esta descripción de Job en el versículo 1 es, en primer lugar, la percepción pública de un hombre cuya vida era transparente ante todos; y en segundo lugar, y más importante, es la propia descripción que Dios hace de Job en el versículo 8: "¿No has considerado a mi siervo Job, que no hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal?" Cuando Dios, que es el estándar absoluto de rectitud —como afirma el Salmo 25:8: "Bueno y recto es el Señor"—, describe a un hombre con estas palabras, ese veredicto tiene un peso que ninguna opinión humana puede igualar.
Cada uno de estos cuatro rasgos merece atención. Ser intachable —perfecto en la Reina Valera, íntegro en otras versiones— no significa ausencia de pecado, sino que implica sinceridad total, sin duplicidad, sin hipocresía. Lo que las personas veían en Job era lo que Job realmente era. No había máscara. Proverbios 11:3 lo resume así: "La integridad de los rectos los encaminará." En un mundo donde la apariencia de piedad puede coexistir con la corrupción interior —como Jesús denuncia en Mateo 23:27–28 al describir a los fariseos como sepulcros blanqueados—, Job era lo opuesto: una persona cuya vida exterior e interior estaban alineadas.
Ser recto significaba que nadie podía señalarlo con acusación moral legítima. Su conducta era moralmente intachable ante los demás. Ser temeroso de Dios significaba darle a Dios el lugar que le corresponde, con una reverencia que, como veremos en la siguiente pregunta, incluía también un terror santo. Y estar apartado del mal era la consecuencia natural de todo lo anterior: cuando se teme genuinamente a Dios, el alma huye del mal no por obligación externa sino por convicción interna. El Salmo 97:10 lo expresa así: "Los que amáis al Señor, aborreced el mal." El amor a Dios y el apartarse del mal son inseparables.
Lo más impresionante de esta descripción es que el autor la sitúa antes de que Job supiera que estaba siendo observado, antes del sufrimiento, antes de la prueba. No era un Job construido por la adversidad; era el Job de todos los días, el Job de los negocios, el Job de las fiestas familiares, el Job que se levantaba temprano a ofrecer sacrificios. La integridad no era su respuesta a la crisis; era su forma de vida habitual.
¿El temor a Dios es solo reverencia, o implica algo más?
En los ambientes evangélicos contemporáneos, la frase "temer a Dios" ha sido a veces domesticada hasta significar poco más que "respetar a Dios" o "darle el primer lugar". Y aunque eso es verdad, no es toda la verdad. La Biblia, y específicamente la vida de Job, nos presenta un temor a Dios que tiene una dimensión mucho más radical: incluye lo que la predicación llama, con buen fundamento bíblico, un terror santo.
¿Cómo puede hablarse de terror en relación con Dios? Porque cuando se comprende verdaderamente quién es Dios —su absoluta santidad, su justicia perfecta, su poder infinito, su ira contra el pecado—, la respuesta natural del ser humano que tiene conciencia de su propia condición es el temor (terror) que va más allá de la reverencia. Isaías, cuando vio la gloria del Señor en el templo, no dijo: "¡Qué hermoso!" Dijo: "¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos" (Isaías 6:5). Pedro, después del milagro de la pesca, no fue a abrazar a Jesús; "cayó de rodillas ante Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas 5:8). La presencia de la santidad de Dios produce terror en el alma pecadora.
Pablo lo expresa con claridad en 2 Corintios 5:10–11: "Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo... Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres." El contexto es el juicio final. El temor que motiva a Pablo a proclamar el evangelio no es únicamente reverencia abstracta; es la conciencia de que existe una condenación eterna para quienes no creen, y que presentarse ante el tribunal de Cristo sin estar en Cristo es algo que debería aterrar a cualquiera. Hebreos 10:31 lo dice sin rodeos: "¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!"
Este temor tenía consecuencias prácticas en Job. En Job 13:20–22, en medio de su sufrimiento, Job le pide a Dios que retire dos cosas: Su mano y "Su terror", porque ese terror lo paralizaba incluso para responder a Dios. Job no se atrevía a decir cosas equivocadas sobre Dios porque le aterraba hacerlo. Este temor era, paradójicamente, lo que lo mantenía íntegro: sabía que Dios ve los corazones, que no hay nada oculto ante Él (Hebreos 4:13), y que responder mal a sus caminos tendría consecuencias eternas. Ese temor no destruye la fe; la purifica.
¿Qué nos enseña la riqueza de Job sobre cómo Dios bendice a sus siervos?
La descripción de los bienes de Job en Job 1:2–3 es asombrosa: siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas y muchísimos siervos. La predicación ofrece un cálculo elocuente: solo para alimentar a esos once mil quinientos animales se necesitaría una extensión de tierra equivalente a la ciudad de Tunja entera, dedicada exclusivamente a pasto. Era un hombre que dirigía, en términos contemporáneos, múltiples empresas: producción de lana, transporte de mercancías, agricultura extensiva. Y era, dice el texto, "el más grande de todos los hijos del oriente" (Job 1:3).
Ahora bien, es fundamental no leer este pasaje como una promesa universal de prosperidad material para todos los creyentes. La Biblia no enseña eso. Lo que sí enseña es que Dios es soberano sobre los bienes de sus siervos y que, en ciertos casos y con propósitos específicos, lo colma de recursos para su gloria. El Deuteronomio 8:17–18 advierte contra el error contrario: "No digas en tu corazón: Mi poder y la fuerza de mi mano me han traído esta riqueza. Sino acuérdate del Señor tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas." Job entendía esto. Por eso era íntegro en sus negocios; no veía sus riquezas como logros propios sino como administración de lo que Dios le había confiado.
El Salmo 127:1–2 complementa esta perspectiva: "Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican." Y el Salmo 127:3–5 amplía la bendición al ámbito familiar: los hijos son "herencia del Señor", un regalo de Dios. Job tenía siete hijos y tres hijas, una familia numerosa y unida que celebraba junta. En el contexto cultural de la época patriarcal, esto era señal de la bendición de Dios tanto como las ovejas y los camellos.
Lo que transforma la riqueza en testimonio, sin embargo, no es su cantidad sino la integridad con la que se administra. Job 31 —el gran alegato de inocencia de Job más adelante en el libro— revela cómo administraba este hombre sus riquezas: no confiaba en el oro, no se regocijaba en su abundancia (Job 31:24–25
), no cerraba su puerta al pobre (Job 31:16–21). Su riqueza no lo corrompió porque su temor a Dios era mayor que su amor al dinero. Jesús mismo dijo en Mateo 6:24 que nadie puede servir a dos señores: a Dios y al dinero. Job sirve de ejemplo de alguien que, teniendo muchísimo, no perdió de vista a quién servía.
¿Cómo debería ser un padre cristiano en su hogar?
Job 1:5 ofrece uno de los retratos más conmovedores y exigentes de paternidad en toda la Escritura. Después de cada ronda de banquetes familiares, Job enviaba a buscar a sus hijos, los santificaba y ofrecía holocaustos individuales por cada uno de ellos. ¿La razón? "Porque decía Job: Quizás hayan pecado mis hijos, y hayan blasfemado contra Dios en sus corazones." Job no esperaba ver el pecado con sus propios ojos. Se preocupaba por lo que no podía ver: el estado del corazón de cada hijo.
Este nivel de cuidado espiritual va mucho más allá de la provisión material. Es la expresión de un padre que entiende que su responsabilidad más profunda no es asegurarse de que sus hijos tengan techo, ropa y comida —aunque eso también importa, como señala 1 Timoteo 5:8—, sino velar por su relación con Dios. Deuteronomio 6:6–7 establece este mandato con claridad en el contexto de Israel: "Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino." La instrucción espiritual de los hijos es responsabilidad primera de los padres, no de la iglesia ni de la escuela.
El contraste que establece la predicación con Elí es confrontador. 1 Samuel 2:22–25 relata que Elí sabía perfectamente lo que sus hijos hacían —pecados evidentes, escandalosos—, y sin embargo su corrección fue débil, tardía e ineficaz: "¿Por qué hacéis estas cosas? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procedimientos." Dios mismo lo juzgó por ello: "¿Por qué honráis a vuestros hijos más que a mí?" (1 Samuel 2:29). Elí falló porque no temía a Dios más de lo que amaba la paz de su casa. Job, en cambio, sin ley escrita, sin sacerdocio establecido, sin mandatos explícitos, actuaba con diligencia espiritual porque su temor a Dios era genuino.
Efesios 6:4 recoge este principio para los padres del nuevo pacto: "Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor." La palabra griega nouthesia —amonestación— implica instrucción activa, corrección intencional, formación orientada. No es pasividad piadosa; es sacerdocio activo. Job es ejemplo de ese padre que no se conforma con que sus hijos gocen de cosas materiales, sino que los lleva al altar a reconocer su condición ante Dios. El que anhele ser padre cristiano tiene en Job un modelo concreto: integridad pública, cercanía familiar y diligencia espiritual, todo nacido del temor al Señor.
¿Puede alguien ser justificado delante de Dios por su propia integridad?
No. Ezequiel 14:19–20 lo establece. Dios declara que, aunque Noé, Daniel y Job estuvieran en medio de una tierra que Él juzgara con plaga, "ni a su hijo ni a su hija podrían librar; ellos por su justicia librarían únicamente sus propias almas." Incluso los tres varones más íntegros que el texto bíblico puede nombrar son incapaces de salvar a nadie más. Su justicia personal alcanza para ellos mismos en un juicio local —y aun eso, como gracia—, pero no tiene poder redentor para otros.
Esto nos conecta directamente con la enseñanza del apóstol Pablo en Romanos 3:10–12: "No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios." No hay contradicción con Job: Job era íntegro en su conducta visible ante los hombres y ante Dios en términos de su caminar moral, pero eso no lo hacía sin pecado ni merecedor de la salvación por mérito propio. El mismo Job, más adelante en el libro, reconoce su necesidad de un mediador: "No hay entre nosotros árbitro que ponga su mano sobre nosotros dos" (Job 9:33). Job sentía el vacío de algo que él no podía llenar: necesitaba a alguien que lo pudiera representar ante Dios.
La predicación señala esto: Job era tipo de Cristo. Imitaba a Cristo sin conocerlo. Pero no podía ser Cristo. Solo hay uno que fue perfectamente íntegro, perfectamente recto, perfectamente temeroso del Padre y absolutamente sin pecado: Jesucristo. Y su justicia no solo alcanza para sí mismo, sino que es imputada a todos los que creen en Él. Romanos 5:19 lo dice con precisión: "Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos." Hebreos 9:26–28 confirma que Cristo se ofreció "una sola vez para llevar los pecados de muchos". Todos los sacrificios que Job ofrecía por sus hijos señalaban hacia adelante a ese sacrificio único y definitivo. La integridad de Job nos admira y nos reta; la justicia de Cristo nos salva.
¿Por qué Job puede considerarse el libro más antiguo de la Biblia, y qué valor tiene eso para nosotros?
Ubicar a Job cronológicamente no es tarea sencilla, pues el texto mismo carece de las referencias históricas habituales que otros libros ofrecen. No hay mención de ningún rey, ningún año, ninguna ciudad de Israel, ninguna referencia al éxodo ni a la ley de Moisés. Pero hay varios indicios que llevan a la mayoría de los eruditos a situarlo en la época de los patriarcas, antes de Moisés.
Si Job es cronológicamente el primer libro escrito, entonces nos ofrece una ventana extraordinaria: cómo razonaba la humanidad sobre Dios antes de que existiera la revelación escrita. Qué entendían del mal, del sufrimiento, de la justicia y de la relación entre conducta y bendición. Y lo que encontraremos, a medida que avanza el libro, es que incluso hombres piadosos y mayores pueden llegar a conclusiones profundamente equivocadas sobre Dios cuando razonan únicamente desde su experiencia y sus tradiciones, sin someterse a la autoridad de una revelación objetiva.
Pero hay algo más: nosotros leemos el libro de Job con una ventaja que Job nunca tuvo. Desde el capítulo 1, el lector sabe lo que Job ignora: que hay un consejo celestial, que Dios permitió la prueba con propósitos que Job no puede ver, que el sufrimiento no es sinónimo de castigo. Y tenemos además la perspectiva del Nuevo Testamento. Santiago 5:11 hace referencia directa a Job: "Habéis oído de la paciencia de Job, y habéis visto el fin del Señor, que el Señor es muy misericordioso y compasivo." Y 1 Pedro 1:6–7 nos recuerda que las pruebas "son para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro... sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo." Job no podía leer esos textos. Nosotros sí. Y sin embargo, él perseveró en integridad y temor a Dios.
¿Puede una persona llegar a ser llamada por Dios como perfecta y recta en la actualidad?
Job vivía en una tierra como cualquier otra, en un tiempo sin fecha exacta, sin revelación escrita, sin ley mosaica, sin los Salmos, sin los profetas, sin el Nuevo Testamento, sin el Espíritu Santo morando en él de la manera en que mora en los creyentes desde Pentecostés. Y aun así fue declarado por Dios mismo: intachable, recto, temeroso de Él y apartado del mal. No como una exageración piadosa, sino como el veredicto del único que ve perfectamente el corazón humano.
¿Qué tiene el creyente del siglo XXI que Job no tenía? Tiene las Escrituras completas, que son "útiles para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra" (2 Timoteo 3:16–17). Tiene al Espíritu Santo morando en él —el mismo que resucitó a Jesús de entre los muertos (Romanos 8:11)—, quien nos santifica, nos guía y nos capacita para obedecer. Tiene la iglesia, "columna y baluarte de la verdad" (1 Timoteo 3:15), para formación, corrección y comunión. Tiene el ejemplo perfecto de Cristo encarnado, cuya vida, muerte y resurrección la Escritura narra con total claridad. Tiene el evangelio, que es "poder de Dios para salvación a todo aquel que cree" (Romanos 1:16).
Job no tenía nada de eso, y fue íntegro. Nosotros lo tenemos todo, y muchas veces ofrecemos excusas. La predicación señala que Job imitaba a Cristo sin conocerlo, solo por su temor al Dios revelado en su corazón y en la creación. ¿Cuánto más deberíamos nosotros, que conocemos a Cristo en la plenitud de la revelación, imitarle y honrarle con la totalidad de nuestra vida? Hebreos 12:1–2 nos llama a correr "con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe". Job corre en ese capítulo de los héroes (Hebreos 11) sin haber visto al Mesías prometido. Nosotros corremos habiendo visto a Cristo crucificado y resucitado.
La respuesta honesta es que no tenemos excusa. Pero la buena noticia del evangelio es que la misma gracia que declaró íntegro a Job —no sus méritos, sino la misericordia de Dios— es la gracia que obra en nosotros tanto el querer como el hacer "por su buena voluntad" (Filipenses 2:13). No vivimos la vida íntegra para ganarnos la aprobación de Dios; vivimos la vida íntegra porque ya la hemos recibido en Cristo. Y eso no elimina la exigencia; la transforma. El temor al Señor no es el miedo de quien teme ser rechazado, sino la reverencia de quien ha sido completamente amado y no quiere deshonrar al Señor que lo amó.