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20 de septiembre de 2026

ADORANDO A CRISTO CUANDO PARECE DISTANTE

PASAJE BÍBLICO: MATEO 15:21-28

Daniel Mendoza

Adorando a Cristo cuando parece distante


"Y respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Entonces Jesús, respondiendo, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; sea hecho contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora". (Mateo 15.26-28)


El proceso que nos hace humildes, es decir, la humillación, tiene como propósito despojarnos de todo sentido de "merecimiento" y produce una sed por la gracia que nos hace aferrarnos de Cristo, y solo de Él. En Mateo 15:21-28, el encuentro entre Jesús y la mujer cananea nos muestra cómo la verdadera fe persevera aun ante el silencio y las aparentes evasivas del Señor. Al examinar esta historia se presenta la urgencia de aprender a reconocer la importancia de la humildad profunda para acercarse a Dios y a comprender que sus demoras o tratos firmes no son indiferencia, sino un medio para probar y hacer crecer nuestra confianza en Él.


La desesperación de una madre y el reclamo de la misericordia

La historia nos presenta a una mujer cananea, una gentil de la región de Tiro y Sidón, cuyo trasfondo cultural y étnico la situaba fuera del pueblo de Israel. Su hija se encontraba gravemente atormentada por un demonio, una situación dañina y dolorosa que la sumía en la desesperación. Al enterarse de la presencia de Jesús, ella acudió en su búsqueda clamando con reverencia y llamándolo «Señor, Hijo de David». En su angustia no reclamó nada por derecho propio, sino que buscó compasión. Reconoció implícitamente que la misericordia divina es una prerrogativa de Dios y no algo que el ser humano pueda exigir como una obligación. Como se nos recuerda en las Escrituras: «Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Romanos 9:15-16).


El silencio de Jesús y la descalificación

Frente al clamor ferviente de la mujer, la primera respuesta de Jesús fue el silencio. El relato bíblico indica que Él no le respondió palabra alguna. Este aparente desinterés contrasta con la forma en que habitualmente se observa a Cristo atender a los necesitados. Posteriormente, cuando los discípulos intercedieron pidiéndole que la despidiera para que dejara de gritar tras ellos, Jesús afirmó que su misión terrenal inmediata estaba enfocada en las ovejas perdidas de la casa de Israel. Esta descalificación situaba a la mujer en una posición de clara desventaja por ser extranjera, poniéndola ante una prueba difícil para su ruego y confrontando directamente su perspectiva.


Una postura de humillación y adoración sincera

A pesar de las barreras y de la distancia aparente del Señor, la mujer se acercó, se postró ante Él y le adoró pidiendo auxilio. Jesús le dirigió una comparación confrontadora al decir que no estaba bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Lejos de reaccionar ofendida o alejarse desanimada, la mujer aceptó con humildad su condición y respondió que aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Al reconocer su total indignidad y aceptar el lugar de recibir lo mínimo de la gracia de Dios, demostró una confianza absoluta en la suficiencia y bondad de Cristo. Su actitud refleja la advertencia bíblica sobre la relación entre Dios y la postura de nuestro corazón: «Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos, sumisos unos a otros, revestíos de humedad; porque: Dios resiste a los soberbios, Y da gracia a los humildes» (1 Pedro 5:5).


La fe probada y alabada por el Salvador

Al ver la respuesta y la persistencia de la mujer, Jesús alabó públicamente la magnitud de su fe y le concedió la petición de su corazón, sanando a su hija desde esa misma hora. Su fe fue probada a través de la dificultad, la espera y la humillación, saliendo purificada y aprobada por el Señor. Esta experiencia transformó su vida y le permitió conocer a Cristo de una manera más profunda, dependiendo únicamente de su gracia. Esta verdad sobre encontrar la fuerza en medio de la flaqueza y la dependencia se alinea con la experiencia del apóstol Pablo cuando escribió: «Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que habite en mí el poder de Cristo» (2 Corintios 12:9).

Preguntas respondidas en "Adorando a Cristo cuando parece distante"


¿Es la misericordia de Dios un derecho humano que puede reclamarse?

La misericordia de Dios no es un derecho que el ser humano posea o pueda exigir, sino un acto soberano y voluntario de su gracia. En nuestra naturaleza caída, tendemos a asumir que merecemos la compasión o el favor divino como si fuera una obligación de Dios. Sin embargo, la Escritura nos enseña que acercarnos a Él requiere despojarnos de todo sentido de merecimiento y reconocer que no tenemos nada en nosotros mismos que nos haga dignos de su favor. Pretender exigir la misericordia altera la naturaleza misma del Evangelio, pues deja de ser un regalo inmerecido para convertirse en una deuda, lo cual contradice la verdad bíblica.

Esta verdad se sustenta claramente en la respuesta de Dios a Moisés al proclamar su nombre y sus atributos de compasión: «Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado» (Éxodo 34:6-7). Asimismo, el salmista reconoce que es la gracia divina la que sostiene al creyente y no sus propias obras: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones» (Salmo 51:1).


¿Qué significa la respuesta de Jesús al guardar silencio frente al clamor de la mujer cananea?

El silencio de Jesús ante el clamor desesperado de la mujer no representa indiferencia ni falta de amor, sino un instrumento pedagógico y probatorio para purificar la fe de ella. En la experiencia de la vida cristiana, el silencio de Dios a menudo confronta nuestra impaciencia y pone a prueba si nos acercamos a Él por lo que nos puede dar o por quién es Él. El trato del Señor buscaba revelar la profundidad de la convicción de la mujer, mostrándole que la fe verdadera no se desanima ante la falta de una respuesta inmediata, sino que se mantiene firme esperando en el tiempo y la voluntad soberana del Salvador.

El salmista expresó esta misma lucha entre la espera y la confianza cuando escribió: «Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos» (Salmo 40:1-2). De igual manera, el profeta Isaías nos recuerda el valor de perseverar en medio de la aparente ausencia de respuesta: «Por tanto, Jehová esperará para tener piedad de vosotros, y por tanto, será exaltado teniendo de vosotros misericordia; porque Jehová es Dios justo; bienaventurados todos los que le esperan» (Isaías 30:18).


¿Cómo debemos reaccionar ante las oraciones que parecen no ser respondidas?

Cuando nos enfrentamos a situaciones en las que Dios parece guardar silencio o no responder según nuestros deseos, la actitud del corazón no debe ser el desánimo, amargura o distanciamiento. Ante la tardanza o el aparente rechazo, la respuesta madura consiste en perseverar con una actitud de humilde sumisión, examinando si nuestro acercamiento a Dios nace del orgullo o de una verdadera dependencia. Comprender que las demoras de Dios buscan perfeccionar nuestra confianza nos lleva a permanecer a sus pies, reconociendo que su gracia es todo lo que necesitamos, incluso cuando las circunstancias no cambien de inmediato.

Jesús enseñó sobre la necesidad de perseverar en la oración sin desmayar mediante la parábola de la viuda persistente: «También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar, diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia» (Lucas 18:1-5). Asimismo, el apóstol Pablo anima a la iglesia a mantener esta disciplina constante: «Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Colosenses 4:2).


¿Qué significado profundo tiene el término «perrillos» usado en el contexto del diálogo entre Jesús y la mujer?

El término «perrillos» empleado en la conversación hacía referencia a la distinción que existía entre el pueblo de Israel y los pueblos gentiles, marcando una posición de privilegio histórico respecto a las promesas del pacto. Jesús utilizó esta figura no para denigrar, sino para confrontar a la mujer con su realidad espiritual y cultural frente al plan de Dios para con Israel en ese momento de la historia de la redención. Lejos de reaccionar con ofensiva u orgullo, la mujer aceptó la metáfora, reconociendo que aún la posición más humilde en la casa del Señor —la de recibir las migajas— es infinitamente superior a cualquier otra cosa y suficiente para suplir su gran necesidad.

Esta condición de alienación inicial que sufrían los gentiles antes de la obra de Cristo es explicada ampliamente por el apóstol Pablo: «En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efesios 2:12-13). De la misma manera, el Salmo 84 resalta el valor de estar cerca de la presencia divina, sin importar el lugar: «Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad» (Salmo 84:10).


¿De qué manera la prueba y la dificultad en la vida cristiana ayudan a revelar la verdadera naturaleza de nuestra fe?

Las pruebas, los silencios y las circunstancias difíciles actúan como un crisol que examina la autenticidad de nuestra fe, quitando las motivaciones egoístas y la confianza en nuestras propias fuerzas. Una fe que no es probada no puede demostrar su firmeza ni su madurez; en cambio, cuando atravesamos la humillación o la tribulación y seguimos aferrados a Cristo, la fe emerge purificada como el oro. Las dificultades no tienen como fin destruirnos, sino despojarnos de la soberbia y capacitarnos para contemplar la suficiencia del Señor en medio de nuestra total debilidad.

El apóstol Pedro explica este propósito de las aflicciones en la vida del creyente al escribir: «Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» (1 Pedro 1:7). De forma similar, el apóstol Santiago exhorta a ver el fruto de madurez que produce la prueba: «Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna»

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