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31 de mayo de 2026

¿QUÉ ES SER UN MIEMBRO DE LA IGLESIA?

PASAJE BÍBLICO: EFESIOS 4: 11-16

Jeison Estupiñan

¿Qué es ser un miembro de la iglesia?


Introducción: Una pregunta que debe taladrar el corazón

El predicador abre con una referencia que funciona como un anzuelo literario: los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumas (1844), y su célebre lema "uno para todos y todos para uno". Señala que ese ideal de amistad, honor y lealtad, aunque nació en una novela de aventuras, encuentra su verdadero y más profundo cumplimiento en la vida de la iglesia cristiana. A partir de ahí, lanza las preguntas que van a guiar toda la exposición: ¿Qué es ser un miembro de la iglesia del Señor Jesucristo? ¿Lo soy realmente? ¿Por qué sí o por qué no? Y si lo soy, ¿cómo estoy contribuyendo a ella?

El pasaje base es Efesios 4:11–16, un fragmento corto, pero esencial para el crecimiento espiritual y práctico de la iglesia. La idea central que el predicador propone para resumir el texto es la siguiente: Cristo otorga pastores a la iglesia con el propósito de perfeccionar a los santos hasta llegar a la estatura de la plenitud de Cristo, donde cada miembro cumple una función determinante. El bosquejo se desarrolla en tres puntos: Alta Provisión (v. 11), Alta Vocación (v. 12), y Alta Cosecha (vv. 13–16).


Primer punto: Alta Provisión (Efesios 4:11)

El versículo 11 declara que Cristo mismo "constituyó", "dio" o "nombró" a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros. La palabra "constituyó" es el primer foco de atención. Su implicación es directa y contundente: no es el hombre quien establece el liderazgo de la iglesia, sino Cristo mismo, en su absoluta sabiduría y providencia. Esto descalifica una larga lista de criterios humanos que suelen usarse para elevar a alguien al liderazgo: el poder económico, el grado académico, las habilidades relacionales, la elocuencia o el carisma. Ninguno de esos factores, por más atractivos que parezcan, es el criterio divino para constituir líderes.

Para reforzar esto, el predicador acude a Efesios 4:7–10, que describe a Cristo como aquel que "subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo". Esa plenitud desbordante, esa gracia incomparable de Cristo, es la que se traduce en el don que él otorga a su iglesia al proveer líderes. La provisión es alta precisamente porque viene de quien llena todo.


Los apóstoles son aquellos enviados y comisionados directamente por Jesucristo —o en el caso de Matías, por los mismos apóstoles— que debían haber acompañado a Jesús desde el bautismo de Juan hasta su resurrección, siendo testigos oculares, y cuya autoridad era confirmada por señales, milagros y prodigios (2 Corintios 12). Dadas estas características únicas e irrepetibles, la evidencia demuestra que hoy no existen apóstoles. Quien se levante afirmando serlo debe ser identificado como un engañador, un fraude. La iglesia debe estar alerta, pues Pablo mismo advirtió que de en medio de ella se levantarían lobos.


Los profetas son aquellos que, bajo inspiración divina, proclaman la voluntad de Dios. El predicador recorre el Antiguo Testamento —Abraham, Moisés, Elías, Isaías, Jeremías, Daniel, entre otros— y señala que en el Nuevo Testamento también los hubo: en Antioquía (Hechos 13) y en los autores de algunas epístolas como Santiago, Judas y el escritor de Hebreos. Citando Efesios 2:19–21, muestra que el fundamento de la iglesia fue puesto por los apóstoles y profetas, con Cristo como la piedra angular. Así como ninguna construcción repite su cimentación, ese fundamento ya fue establecido: los apóstoles y profetas lo pusieron una vez y para siempre.


Los evangelistas son quienes anuncian las buenas noticias, a Cristo y a éste crucificado. Se mencionan Felipe y Timoteo como ejemplos en el Nuevo Testamento. A propósito de Timoteo, el predicador señala que Pablo le ordena "haz obra de evangelista", lo cual indica que todo pastor tiene la responsabilidad de cumplir también el ministerio de la evangelización, sin importar que su función principal sea el pastoreo y la enseñanza dentro de la congregación.


Los pastores y maestros forman, gramaticalmente, una sola categoría. La conjunción copulativa "y" entre ambos términos no indica dos oficios distintos, sino dos dimensiones de un único oficio: el liderazgo pastoral. No puede haber pastores que no sean maestros, ni maestros que no sean pastores. Este liderazgo implica alimentar, cuidar, dirigir, servir, dar ejemplo, velar, amar y —cuando es necesario— corregir al rebaño.


La aplicación práctica de este primer punto es clara y múltiple: el miembro de la iglesia debe dar gracias a Dios por sus pastores, reconociendo que son una alta provisión divina. Debe orar por ellos de manera continua y con conocimiento real —no oraciones genéricas o equivocadas por ignorar los detalles de la vida del pastor—, lo cual exige tener comunión genuina con ellos. Debe honrarlos y sujetarse a su liderazgo de manera humilde y amorosa. Debe ayudarlos a cumplir su trabajo, conociendo a sus familias y su entorno. Debe estar dispuesto, de ser necesario, a contribuir en el sustento de sus necesidades materiales, pues Pablo enseña que el obrero es digno de su salario y que quien labora en la enseñanza y la predicación merece especial honor. Y finalmente, el predicador advierte: aquel que dice ser miembro pero no reconoce ni se sujeta a sus pastores, se está rebelando contra Cristo mismo, quien los constituyó. Apoyándose en Romanos, afirma que no existe posición neutra: o se bendice a los pastores o se los maldice. El silencio y la indiferencia no son neutralidad; son maldición.


Segundo punto: Alta Vocación (Efesios 4:12)

El versículo 12 revela el propósito por el cual Cristo provee esos líderes: "a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo". La palabra "perfeccionar" en el griego original tiene el sentido de preparar, capacitar, completar, equipar totalmente. Es una imagen de entrenamiento y habilitación plena: llevar a alguien a ser adecuado en cada aspecto conforme al propósito de Dios.

El predicador hace énfasis en que la tarea principal de los pastores-maestros es capacitar a los miembros de la iglesia para su crecimiento espiritual, doctrinal y teológico. No es la atención a múltiples frentes externos, no es la gestión de proyectos o la atención a otras congregaciones, sino concentrarse en las almas que el Espíritu Santo puso en la iglesia local. Entender esta prioridad da paz, gozo y enfoque, y evita la fatiga extrema que lleva a algunos pastores al agotamiento total. Existen pastores que han llegado al suicidio precisamente por perder de vista su prioridad y enfoque ministerial.

En Colosenses 1:24–29, Pablo describe su ministerio como un trabajo arduo, una lucha tenaz según la potencia que actúa poderosamente en él. La vocación pastoral, entonces, no es casual ni liviana: exige trabajo esforzado y lucha constante, y la iglesia debe conocer el nivel de entrega al que su liderazgo ha sido llamado.

Paralelamente, este trabajo pastoral debe estar impregnado de oración. El predicador recuerda el episodio de Hechos 6, donde los apóstoles delegan la atención a las viudas para preservar su prioridad de "oración y predicación". Exhorta a la congregación a multiplicar los tiempos de oración colectiva y a envolver a sus pastores en intercesión constante: por su fortaleza física, su matrimonio, la salvación de sus hijos, sus necesidades económicas.

Las aplicaciones para el miembro en este punto son igualmente profundas. Debe orar para que sus pastores sean capacitados continuamente, pues un ministro que no crece no puede llevar a otros a la madurez. Debe orar para que Dios les dé sabiduría para tratar con la diversidad de personas —hombres, mujeres, jóvenes, casados, solteros— cada uno con sus propias batallas. Debe agradecer a Dios por el trabajo de sus ancianos. Y crucialmente, el miembro mismo debe comprometerse con la instrucción y la capacitación bíblica: asistir a los estudios, hacer preguntas, escudriñar las Escrituras, acompañar al pastor en los espacios de enseñanza.

El predicador desarrolla esto con una aplicación práctica muy concreta para los hombres: el esposo y padre es el pastor, el sacerdote y el líder espiritual de su hogar. Es él quien debe dirigir el culto familiar, quien debe estar preparado para responder las preguntas de sus hijos sobre la fe, la vida y la Biblia.

Luego extiende el llamado a las mujeres: aunque ellas no son llamadas al pastoreo ni al obispado, también deben crecer en las Escrituras. Deben conocer todo el consejo de Dios de Génesis a Apocalipsis, estudiar hermenéutica y exégesis, y estar llenas del Espíritu Santo para poder enseñar a las mujeres más jóvenes a ser esposas y madres piadosas, conforme a lo que enseña Tito 2.

No es normal ni aceptable que un miembro lleve 10, 15, 20 o 30 años en la iglesia sin crecer doctrinalmente. Si eso ocurre, algo no está bien. Lo compara con un hijo que llegara a los 20 años con el mismo desarrollo físico que a los siete: sería una señal de alarma médica. Del mismo modo, la falta de crecimiento espiritual en un miembro es una señal de que algo en su vida espiritual no está funcionando.


Tercer punto: Alta Cosecha (Efesios 4:13–16)

Los versículos 13 al 16 describen el horizonte final de todo este proceso: que todos los miembros lleguen "a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo." El objetivo no es la excelencia individual ni la vanagloria personal, sino la cristoformidad: que cada miembro y el cuerpo en su conjunto tome la forma de Cristo.

El versículo 14 describe lo que sucede cuando no se crece: los creyentes quedan como "niños fluctuantes, llevados por doquiera de todo viento de doctrina, por estratagema de hombres". El predicador identifica tres peligros de los que la madurez espiritual nos libra:

El primero es la inmadurez e ignorancia doctrinal. Comparte un caso real: alguien le dijo que no iba a volver a la iglesia porque "el pecado le había ganado" y no quería sentirse hipócrita. La respuesta del predicador no fue condescendiente ni permisiva: con autoridad pastoral lo llamó a regresar de inmediato, negándose a aceptar que la carne y el diablo tuvieran la última palabra. Esa situación, señala, ocurre porque no se ha crecido en la madurez de las Escrituras.

El segundo es la incapacidad para discernir la verdad de la mentira. Un creyente maduro puede evaluar lo que escucha —incluso en una predicación— y verificar si corresponde al texto bíblico. El propio predicador invita a su congregación: "Si lo que digo no lo dice el texto, pásenme por alto." Pero si sí lo dice, deben temblar ante esa verdad y aplicarla.

El tercero es la falta de preparación para hacer frente al mundo caído y defender el evangelio. En un siglo que crece en insensatez, filosofías huecas y engaños, la capacitación doctrinal y teológica no es un lujo ni un hobby intelectual: es una necesidad urgente para todo creyente que quiera mantenerse firme y ser testimonio en su entorno.

El versículo 15 añade una dimensión crucial: todo este crecimiento debe darse "siguiendo la verdad en amor". La verdad sin amor es fariseísmo, legalismo, y puede convertirse en dictadura. Pero el amor sin la verdad es emocionalismo vacío y sentimentalismo falso. Cita Juan 1:14 para ilustrarlo: Jesús, el Verbo hecho carne, estuvo "lleno de gracia y de verdad" —ambas a la vez, en perfecta unidad. Eso es lo que debe caracterizar las relaciones entre los miembros: hablar verdad al hermano con amor genuino, señalar el pecado no para juzgar sino para ayudar a crecer, corregir con paciencia y gracia.

Finalmente, el versículo 16 introduce la imagen de las coyunturas —articulaciones del cuerpo— para describir la interdependencia de los miembros en la iglesia. El predicador desarrolla esta analogía con detalle médico: no existe articulación en el cuerpo humano que sea prescindible. Incluso las más pequeñas, como los metatarsianos del pie, pueden dejar inútil todo el miembro si se fracturan. Del mismo modo, no existe miembro de la iglesia que sea innecesario. Cada uno es imprescindible. Dios no crea islas; crea un cuerpo.

Esta imagen implica que en la iglesia debe haber interdependencia real: yo necesito de ti y tú necesitas de mí. Cada miembro tiene una función específica, dones únicos, un carácter particular que contribuye al crecimiento y la madurez de los demás. Vivir en comunidad implica soportarse mutuamente, con longanimidad y paciencia, pero eso no equivale a tolerar el pecado indefinidamente. La paciencia y la confrontación bíblica del pecado no se excluyen; se complementan.

Las aplicaciones finales son un resumen programático de lo que significa ser miembro: crecer en Cristo y modelarlo ante los demás; madurar en doctrina; ser parte activa del crecimiento de todo el cuerpo; conocer y ejercer la función propia para la edificación mutua; asumir responsabilidad no solo ante el pastor, sino ante cada hermano —del más pequeño al más grande, del más letrado al menos, del que viene siempre al que viene de vez en cuando. Nadie puede estar desligado del cuerpo. Dios no hizo islas.


Conclusión

Si cada miembro se comporta verdaderamente como tal —honrando a sus líderes, comprometiéndose con la madurez doctrinal, ejerciendo su función específica en amor y verdad— la iglesia crece, se fortalece, se une y se goza. El lema de los Tres Mosqueteros, reformulado a la luz del evangelio, no es solo un ideal literario: es la vocación de cada persona que pertenece al cuerpo de Cristo.

Preguntas respondidas en “¿Qué es ser un miembro de la Iglesia?”


¿Quién decide quién debe ser el pastor o líder de una iglesia?

La tendencia humana es buscar al candidato más carismático, más elocuente, más preparado académicamente, o incluso al más influyente económicamente dentro de la congregación. Sin embargo, Efesios 4:11 es contundente: "él mismo constituyó a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros." El sujeto de ese versículo no es la congregación, no es una junta directiva, no es un proceso electoral: es Cristo mismo.

Esto significa que el liderazgo pastoral no nace de habilidades humanas ni de un perfil construido por criterios del mundo. Un hombre puede tener una oratoria impresionante que deje a todos asombrados, y aun así no estar llamado por Dios. Puede tener títulos universitarios, conexiones sociales o influencia económica, y ninguno de esos factores lo califica para pastorear el rebaño de Cristo. El liderazgo que Dios otorga viene de su absoluta sabiduría y providencia, no de las preferencias humanas.

Esto no quiere decir que la iglesia no tenga ningún papel en el reconocimiento de sus líderes, pues el Nuevo Testamento establece características y requisitos claros para quienes aspiran al obispado (1 Timoteo 3, Tito 1). Pero hay una diferencia fundamental entre reconocer el llamado de Dios en un hombre que ya cumple esos requisitos, y fabricar un líder en función de criterios mundanos. La iglesia confirma; Cristo constituye. Y esa distinción lo cambia todo, porque implica que la autoridad pastoral no proviene del consenso humano sino del Señor de la iglesia, lo cual debe generar en los miembros tanto respeto genuino como humildad para sujetarse a ese liderazgo.


¿Todavía existen apóstoles y profetas hoy en día? ¿Debería una iglesia tenerlos?

Esta pregunta es especialmente relevante en un tiempo en que muchos movimientos religiosos presentan a sus líderes con el título de "apóstol" o "profeta", a veces con gran orgullo. La predicación aborda esto de frente y con claridad bíblica.

Para entender la respuesta, hay que comprender lo que significaba ser apóstol en el Nuevo Testamento. No era simplemente alguien "enviado" en sentido genérico, sino una persona comisionada directamente por Jesucristo, que había estado con él durante su ministerio terrenal —desde el bautismo de Juan hasta la resurrección—, que era testigo ocular de esa resurrección, y cuya autoridad era confirmada por señales, milagros y prodigios (2 Corintios 12:12). Cuando Judas Iscariote muere, el criterio para reemplazarlo en Hechos 1 es precisamente ese: debía haber acompañado a Jesús "cuando entraba y salía". Nadie hoy puede cumplir esos requisitos, porque nadie caminó físicamente con Jesús durante su ministerio terreno.

En cuanto a los profetas, Efesios 2:19–21 enseña que la iglesia fue "edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo." Un fundamento se pone una sola vez. Ningún arquitecto ni constructor coloca el cimiento de un edificio dos veces. Eso significa que ese fundamento ya fue establecido, que está completo, y que lo encontramos hoy en el canon cerrado de las Escrituras. La Biblia es el producto de ese ministerio fundacional de apóstoles y profetas bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Por eso, quien hoy se proclame apóstol o profeta en ese sentido bíblico no está actuando en autoridad divina, sino en engaño. El predicador es directo: puede denominarse bíblicamente como un lobo, un engañador, alguien lleno de maldad e ignorancia. Y esto no es dureza innecesaria, sino cuidado pastoral, porque Pablo advirtió a los ancianos de Éfeso que de en medio de ellos se levantarían lobos rapaces que no perdonarían al rebaño (Hechos 20:29). La iglesia que no distingue entre el ministerio fundacional del primer siglo y el ministerio pastoral de hoy es una iglesia vulnerable al engaño.


¿Cómo debo orar por mis pastores y/o líderes?

Muchos creyentes sienten cierta incomodidad cuando les preguntan por su vida de intercesión por sus líderes, y la razón es sencilla: orar bíblicamente por alguien requiere conocerlo. Una oración genérica, aunque bien intencionada, puede estar completamente desconectada de la realidad de la vida del pastor.

La Biblia es clara en que la intercesión por los líderes espirituales es una responsabilidad seria de los miembros. Pablo solicita oración a sus iglesias de manera recurrente: "Orad por nosotros" (1 Tesalonicenses 5:25), "orando también al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos abra puerta para la palabra" (Colosenses 4:3), "orando en todo tiempo con toda oración y súplica... por todos los santos, y por mí también" (Efesios 6:18–19). No son peticiones formales; son ruegos genuinos de un hombre que sabía que el ministerio es una batalla espiritual constante.

La predicación amplía el campo de esa intercesión: hay que orar por la fortaleza física del pastor, por su matrimonio, por la salvación de sus hijos, por sus necesidades económicas, por la sabiduría que necesita para tratar con la diversidad humana de la congregación —hombres, mujeres, jóvenes, casados, solteros, cada uno con sus propias luchas. Esto implica que el miembro debe cultivar una relación real con su pastor, conocer su familia, su contexto, sus necesidades. La intercesión nace de la comunión, no de la distancia. Y esa intercesión es vital no solo para el pastor, sino para toda la congregación: porque un pastor debilitado, agotado o sin sabiduría, difícilmente podrá cuidar bien el rebaño que Dios le confió.


¿Por qué no crezco espiritualmente aunque llevo años asistiendo a la iglesia?

La falta de crecimiento espiritual en alguien que lleva años en la iglesia no es normal, no es aceptable, y es una señal de alarma.

La imagen que usa el predicador es poderosa: imagina ver a tu hijo de siete años exactamente igual a los 27 años. No habrías celebrado su "estabilidad"; habrías corrido al médico, pedido exámenes, buscado causas. Del mismo modo, cuando un miembro de la iglesia lleva décadas sin crecer doctrinalmente, sin profundidad en la Palabra, sin madurez de carácter, algo está mal. Y normalizarlo es un error grave.

El problema de fondo, según el texto de Efesios 4, es que el crecimiento espiritual no es automático. Requiere un proceso intencional: la provisión de Cristo en forma de líderes que capacitan (v. 11), el compromiso del miembro con la instrucción bíblica (v. 12), y la participación activa en la vida del cuerpo (vv. 15–16). Cuando alguno de esos elementos falla —cuando el miembro no asiste a los estudios, no lee la Biblia, no se conecta a la oración, no cultiva la comunión con los hermanos— el crecimiento se detiene o nunca comienza.

El autor de Hebreos reprende con firmeza a una congregación que debería ser ya maestra pero sigue necesitando leche espiritual (Hebreos 5:12). Y Pablo describe la madurez espiritual como una meta activa hacia la cual se "prosigue": "No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo" (Filipenses 3:12). Crecer no es un accidente; es una decisión. Una decisión que se toma cada día al abrir la Biblia, al memorizar las Escrituras, al asistir a los espacios de enseñanza, al someterse a la corrección de los hermanos, al pedir sabiduría en oración. Si llevamos años sin crecer, la pregunta no es por qué Dios no nos está bendiciendo, sino qué estamos haciendo —o dejando de hacer— con las herramientas que él ya nos dio.


¿Tiene algún valor real mi participación en la iglesia si soy alguien "pequeño" o sin dones destacados?

El versículo 16 habla de "todas las coyunturas que se ayudan mutuamente según la actividad propia de cada miembro." Una coyuntura es una articulación del cuerpo humano. No existe articulación en el cuerpo humano que sea prescindible. Nada en el cuerpo está "de adorno"; todo cumple una función, y su ausencia o falla afecta al conjunto. Esto trasladado a la iglesia significa que no existen miembros de segunda categoría. Dios no te puso en esa congregación por error ni por relleno. Te puso allí porque el cuerpo te necesita: tu forma única de servir, tu carácter —incluso en sus aspectos difíciles—, tus talentos, tu historia personal, todo contribuye a la edificación del conjunto. La iglesia no es un escenario donde unos pocos actúan mientras el resto observa; es un cuerpo vivo donde cada articulación trabaja en función de las demás.

Pablo lo enseña también en 1 Corintios 12 "Los miembros del cuerpo que parecen más débiles son los más necesarios" (v. 22). El ojo no puede decirle a la mano "no te necesito", ni la cabeza a los pies "no los necesito." Cuando un miembro sufre, todos sufren; cuando uno es honrado, todos se gozan (v. 26). Esa interdependencia no es opcional en la vida de la iglesia: es su naturaleza misma. Negarse a participar activamente, o pensar que la presencia propia no hace diferencia, no es humildad: es una forma de desconectarse del cuerpo que Cristo compró con su sangre.


¿Qué hago si caí en pecado y siento que ya no tengo cara para volver a la iglesia?

El problema de esa lógica —"cuando esté bien, vuelvo"— es que invierte completamente el orden del evangelio. El evangelio no dice "mejórate y luego ven a Cristo"; dice "ven a Cristo para ser sanado." Alejarse de la comunidad de creyentes en el momento del pecado es exactamente lo que el enemigo desea, porque aísla al creyente de los medios de gracia que Dios dispuso para su restauración: la Palabra, la oración, la comunión con Su iglesia, la corrección amorosa del pastor y de los hermanos. Gálatas 6:1 dice: "Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre." La restauración sucede dentro del cuerpo, no fuera de él.

Además, la predicación señala con claridad que ese comportamiento —huir del cuerpo cuando se peca— es síntoma de inmadurez espiritual, de no haber crecido lo suficiente en la comprensión del evangelio. Un creyente maduro sabe que la iglesia no es un club de perfectos sino un hospital de pecadores en proceso de santificación. La hipocresía no es estar en la iglesia siendo imperfecto; la hipocresía es pretender ser lo que no se es. Volver arrepentido, quebrantado y buscando ayuda no es hipocresía: es exactamente lo que Dios espera. Como dice el salmista, "Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios" (Salmo 51:17).


¿Cuál es la responsabilidad de los miembros de la iglesia entre sí?

El individualismo espiritual —la idea de que mi relación con Dios es algo exclusivamente personal y que no tengo responsabilidad por los demás creyentes— es una de las distorsiones más arraigadas en la cultura contemporánea, incluso dentro de la iglesia. La predicación desmonta esa idea con contundencia.

Efesios 4:16 habla de que el cuerpo se edifica cuando cada miembro cumple "la actividad propia de cada miembro" en interacción con las demás coyunturas. Esa edificación no es un proceso individual: es comunitario, recíproco, interdependiente. Y el predicador lo dice con palabras directas: "Dios no hizo islas. Hizo un cuerpo." No fuiste puesto en esa iglesia para desarrollar tu fe en solitario, sino para crecer junto a otros y contribuir al crecimiento de ellos.

Esa responsabilidad mutua tiene implicaciones prácticas que el texto de Efesios 4 desarrolla. Implica hablar verdad al hermano que está en error, no para juzgarlo sino para ayudarlo. Implica "soportarse los unos a los otros" (Colosenses 3:13), extendiendo paciencia y longanimidad incluso con quienes son difíciles de tratar, reconociendo que el carácter particular de cada persona es también una herramienta que Dios usa para perfeccionarnos. Implica confrontar el pecado del hermano con espíritu de mansedumbre (Gálatas 6:1), como quien conoce su propia fragilidad. E implica también ser la presencia activa que rescata al que se aleja, se debe ir a buscar al que dice que no puede volver, negarse a dejarlo solo en su caída.

Jesús mismo lo estableció como la marca de sus discípulos: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros" (Juan 13:35). Ese amor no es un sentimiento privado; se expresa públicamente, en la vida compartida del cuerpo, en la disponibilidad para el otro, en la disposición a incomodarse por el bien del hermano. No somos responsables solo de nosotros mismos: somos guardianes los unos de los otros.


¿Deben las mujeres también estudiar la Biblia en profundidad, o eso es solo para los hombres que se preparan para el ministerio?

Esta pregunta surge con frecuencia en iglesias donde el énfasis en la formación teológica se concentra casi exclusivamente en los hombres que aspiran al liderazgo pastoral, dejando a las mujeres con una formación bíblica superficial.

El predicador reconoce, con fidelidad al texto bíblico, que la mujer no está llamada al pastoreo ni al liderazgo: esos son cargos reservados para hombres conforme a las instrucciones de Pablo en 1 Timoteo 2 y Tito 1. Pero eso no significa que la mujer deba quedarse en un nivel básico de conocimiento de las Escrituras. Muy al contrario: la mujer también debe conocer todo el consejo de Dios, de Génesis a Apocalipsis, leerlo repetitiva y sistemáticamente, escudriñar las Escrituras, y si es posible, estudiar hermenéutica y exégesis.

¿Por qué? Porque la mujer tiene un ministerio real y de enorme valor. Tito 2:3–5 llama a las mujeres mayores a enseñar a las más jóvenes a ser esposas piadosas, a amar a sus hijos, a cuidar de sus hogares. Ese ministerio de discipulado femenino no puede realizarse desde la ignorancia espiritual. Se necesita estar llena del Espíritu Santo y de la Palabra para ser una ayuda idónea al esposo, una madre que forme a sus hijos en la fe, y una mujer que pueda guiar a otras más jóvenes hacia la piedad.

La predicación también recuerda que el ser "ayuda idónea" —el llamado fundamental de la mujer en el matrimonio desde Génesis 2— no puede cumplirse desde el vacío espiritual. Ayudar al esposo a caminar en fe, interceder por él, acompañarlo en su labor como sacerdote del hogar, requiere que ella también sea una mujer arraigada en la Palabra. En resumen: el género no exime a nadie del deber de crecer en el conocimiento de Dios. El llamado al discipulado es para toda persona que pertenece al cuerpo de Cristo.


¿Puede un pastor agotarse o desgastarse? ¿Qué responsabilidad tienen los miembros en eso?

La imagen del pastor como un hombre indestructible, siempre disponible, capaz de atender mil frentes a la vez sin quebrantarse, es un mito que la realidad —y desafortunadamente también algunas estadísticas— ha desmentido con dureza. La predicación toca este punto con una gravedad notable: hay pastores que han llegado al suicidio por el agotamiento extremo del ministerio.

¿Cómo es posible que alguien que sirve a Dios llegue a ese punto? El predicador señala una causa raíz: la pérdida de enfoque y prioridad. Un pastor que intenta hacer todo —pastorear varias congregaciones, atender múltiples frentes externos, gestionar proyectos, resolver conflictos de todo tipo, sin una comunidad que lo sostenga en oración— termina por quebrarse. Por eso el texto de Colosenses 1:28–29 muestra a Pablo luchando con la "potencia que actúa poderosamente en él”: el ministerio verdadero es agotador, y solo la fuerza del Espíritu Santo lo sostiene.

Pero la responsabilidad no recae únicamente sobre el pastor. Los miembros de la iglesia tienen un papel concreto en la salud de su liderazgo. Primero, interceder por él continuamente: por su fortaleza física, su matrimonio, su vida interior. Segundo, contribuir materialmente al sustento de sus necesidades (no al financiamiento de lujos), pues Pablo enseña que "el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna" y que el maestro que enseña la Palabra merece ser sostenido (Gálatas 6:6; 1 Timoteo 5:17–18). Tercero, y quizás lo más pasado por alto: ayudar al pastor a cumplir su trabajo, tomando responsabilidad activa en la vida de la congregación, de modo que él pueda enfocarse en lo que Dios le encomendó —la oración y la predicación— sin tener que cargar solo con todo.

Hechos 6 narra cómo los apóstoles, al ver que la atención a las viudas dificultaba ejercer adecuadamente su prioridad como maestros, delegaron esa tarea a hombres capacitados. Esa sabiduría organizativa es también un principio de salud pastoral: cuando los miembros asumen su responsabilidad activa dentro del cuerpo, el pastor puede cumplir su vocación sin desgastarse en lo que otros podrían y deberían hacer.


¿Qué diferencia hay entre asistir a la iglesia y ser verdaderamente un miembro de ella?

Esta es, quizás, la pregunta que más recorre toda la predicación de principio a fin, y su respuesta constituye el corazón del mensaje. Mucha gente asiste a la iglesia con regularidad, conoce la liturgia, participa en las actividades, y sin embargo nunca ha comprendido lo que significa ser parte del cuerpo de manera genuina. Hay una diferencia enorme entre ir a la iglesia y ser la iglesia.

Asistir es algo que se puede hacer de manera pasiva, como espectador. Ser miembro, en cambio, es algo activo, comprometido y multidimensional. El texto de Efesios 4:11–16 dibuja un perfil claro de lo que implica la membresía real:

Implica reconocer y honrar a los pastores que Cristo constituyó, sujetarse a su liderazgo con humildad y amor, orar por ellos con conocimiento, contribuir a sus necesidades y ayudarlos a cumplir su trabajo. Implica comprometerse con el crecimiento doctrinal: no solo escuchar sermones pasivamente, sino desear la Palabra, estudiarla, memorizarla, aplicarla, permitir que transforme la vida desde adentro hacia afuera. Implica ejercer la función específica que Dios le dio a cada uno en el cuerpo, reconociendo que no existe rol insignificante y que la iglesia necesita activamente la contribución de cada miembro. Implica amar al prójimo en verdad: no con un amor condescendiente que calla ante el pecado, sino con un amor que habla con gracia, corrige con mansedumbre, rescata al que cae y soporta al que es difícil. E implica mostrar a Cristo al mundo que rodea a la congregación: que los vecinos, los hijos, los cónyuges no creyentes puedan ver en la vida del miembro la plenitud de Cristo.

En última instancia, la membresía no es una firma en un registro ni un título en un organigrama. Es una realidad espiritual que se vive día a día, dentro y fuera del edificio de la iglesia. Como lo dice Juan 13:35, la señal que identifica a los discípulos de Cristo no es la asistencia puntual a los cultos, sino el amor que se tienen los unos a los otros. Ser miembro es ser articulación viva de un cuerpo que crece hacia la plenitud de Cristo, para la gloria de Dios y el bien del mundo que todavía necesita escuchar el evangelio.

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