

13 de septiembre de 2026
¿QUÉ CLASE DE JESÚS QUIERES?
PASAJE BÍBLICO: HECHOS 2:36
Gustavo Cáceres
¿Qué clase de Jesús quieres?
"Sepan, pues, ciertisimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo." — Hechos 2:36
El corazón humano tiende con frecuencia a fabricar un Mesías a su propia medida, reduciendo al Salvador a un simple instrumento de sus propios caprichos y deseos. En el mensaje proclamado en el libro de los Hechos, el apóstol Pedro confronta esta inclinación al declarar enfáticamente: «Sepan, pues, ciertisimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36). Al explorar esta enseñanza encontramos los peligros de construir versiones distorsionadas de Jesús y la urgente necesidad de rendirse a él como el único Rey soberano y Salvador de nuestras vidas.
El peligro de fabricar un Cristo a nuestra medida
Uno de los mayores peligros para la iglesia no es el ateísmo declarado, sino la tentación sutil de construir un Jesús doméstico, útil y que no incomode. Cuando el Señor preguntó a sus discípulos quién decían que era él, los confrontó directamente sobre su identidad. De la misma manera, hoy surge la inquietud sobre si se está siguiendo al Cristo revelado en las Escrituras o a una versión acomodada a las preferencias personales. La Biblia no da pie para inventar un Mesías, pues el Padre ha declarado su complacencia en su Hijo amado y Pedro anunció en Pentecostés que Dios lo hizo Señor y Cristo, es decir, Rey y Salvador. Sin embargo, la naturaleza humana marcada por el pecado intenta moldear a Dios según el estado de ánimo o las circunstancias, convirtiéndolo en un medio para satisfacer caprichos.
Las falsas imágenes de Jesús que construimos
Existen diversas maneras en las que se distorsiona la figura de Cristo para adaptarla a los deseos propios. Una de ellas es buscar un Jesús terapeuta, aquel que solo se enfoca en hacer sentir mejor emocionalmente a la persona sin demandar la muerte al yo ni el abandono del pecado. Bajo esta perspectiva, se mide la bendición únicamente por la comodidad y la facilidad, buscando el control, el éxito terrenal y la aprobación humana.
Otra versión distorsionada es el Jesús agente de vacaciones, el cual se busca con la esperanza de evitar todo sufrimiento o aflicción. Al enfrentar problemas o dolor, se cae en el error de juzgar la fidelidad de Dios y concluir equivocadamente que ha abandonado a sus hijos. Sin embargo, el Señor fue claro al advertir acerca de las dificultades de la vida terrenal cuando dijo: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Esta promesa invita a confiar en su victoria y a tomar la cruz cada día negándose a uno mismo, tal como lo ejemplificó el apóstol Pablo, cuyo único anhelo era cumplir el ministerio recibido.
Asimismo, se corre el riesgo de tratar a Jesús como un buzón de sugerencias, considerando sus mandamientos como simples consejos optativos que se obedecen solo cuando conviene. La palabra de Dios es perfecta y los mandamientos del Redentor no son recomendaciones negociables, sino mandatos para un pueblo comprado por precio.
Por otro lado, la búsqueda de un Jesús fiscal lleva a desear que la ira divina caiga de inmediato sobre quienes causan daño. Aunque la inclinación natural busca la venganza, la Escritura enseña a no devolver mal por mal, sino a vencer el mal con el bien y amar aun a los enemigos, dejando la justicia en manos del Señor. Finalmente, al buscar un Jesús cupido o un Jesús que cumpla todos los caprichos, se pretende que las personas o las posesiones llenen vacíos que solo corresponden a Cristo, convirtiendo los anhelos personales en el ídolo supremo.
Jesús como el único Señor, Rey y Salvador
Frente a la idolatría del ego y la autosuficiencia, la palabra de Dios llama al arrepentimiento y a reconocer a Jesús como Señor y Cristo. Confesar su señorío implica reconocer que el carpintero de Nazaret, crucificado y resucitado, es el dueño del cielo y de la tierra, ante quien toda potestad ha sido dada. Ése es un Rey que no existe para administrar comodidades ni para recibir sugerencias, sino para gobernar a su iglesia con mandamientos que nacen de su amor y que no son gravosos.
El reinado de Cristo no se puede separar de su cruz. Jesús es el Salvador que vino a redimir a su pueblo de sus pecados, ofreciendo una salvación que va mucho más allá del bienestar temporal o emocional. Él llevó los pecados en el madero y pagó el precio de la justicia divina para reconciliar a los creyentes con Dios y purificar para sí un pueblo celoso de buenas obras. Por esta razón, la Escritura recuerda la entrega voluntaria del Señor al declarar: «Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados» (1 Pedro 2:24).
El verdadero camino del creyente consiste en bajar del trono al propio ego, abandonar la búsqueda de sustitutos y descansar plenamente en el único Salvador. Quien busca salvar su vida la perderá, pero quien la pierde por causa de Cristo, la hallará. La invitación final es a abandonar los Cristos fabricados, rendir la corona propia y adorar al único y verdadero Rey y Señor.
Preguntas respondidas en ¿Qué clase de Jesús quieres?
¿Cuáles son las señales en nuestro diario vivir que indican que estamos siguiendo a un Jesús inventado por nosotros y no al de la Biblia?
Una de las señales más claras de que seguimos a un Jesús fabricado es medir su amor, su fidelidad y su presencia en función de las comodidades terrenales, la ausencia de dificultades o la satisfacción inmediata de nuestros deseos personales. Cuando buscamos a Dios únicamente para sentirnos bien, para tener una vida placentera o para que respalde nuestras metas sin confrontar nuestro egoísmo y nuestro pecado, estamos convirtiendo al Señor en un instrumento a nuestro servicio. En lugar de rendir nuestra vida a su voluntad, pretendemos que él se adapte a nuestras conveniencias.
La Escritura nos muestra que seguir al Cristo verdadero implica someter nuestra vida entera a su autoridad soberana y estar dispuestos a perder lo que sea con tal de obedecerle. Jesús mismo nos advierte sobre el peligro de llamarle Señor con nuestras palabras pero mantener nuestro corazón distante de sus mandatos, guiándonos por criterios humanos y no por la verdad revelada al declarar: «Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres» (Mateo 15:8-9).
¿Por qué la ausencia de pruebas o sufrimientos no debe utilizarse como el único parámetro para medir la bendición y fidelidad de Dios?
Medir el favor de Dios por la comodidad o la facilidad de las circunstancias es una distorsión que ignora el propósito pedagógico y transformador que tienen las aflicciones en la vida cristiana. El sufrimiento no es una evidencia de que Dios ha fracasado o de que nos ha abandonado; por el contrario, muchas veces es el medio que el Señor utiliza para purificar nuestra fe, librarnos del orgullo y moldear nuestro carácter a la imagen de Cristo.
La fidelidad de Dios no se demuestra en garantizarnos un camino sin angustias, sino en sostenernos con su gracia, perfeccionar nuestra firmeza a través de la prueba y preparar nuestras vidas para su gloria eterna. Como lo enseña la Palabra: «Y el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca» (1 Pedro 5:10).
¿Cuál es la diferencia entre medir nuestra salvación por los estados de ánimo y medirla por el fruto de justicia y la transformación espiritual?
Los estados de ánimo son cambiantes, frágiles y están sujetos a las circunstancias diarias o a las emociones del momento. Si evaluamos nuestra condición ante Dios según cómo nos sentimos en un día determinado, caeremos constantemente en la inestabilidad o en el autoengaño de buscar un Jesús que solo funcione como un anestésico emocional. La salvación no es un bienestar momentáneo, sino la obra de la gracia divina que perdona nuestros pecados y nos reconcilia con Dios. Por lo tanto, la verdadera evidencia de ser redimidos no reside en emociones placenteras, sino en una vida que experimenta un arrepentimiento sincero, una santificación progresiva y un fruto visible de obediencia a la Palabra de Dios.
El apóstol Pablo enseña que la gracia salvadora nos disciplina para renunciar a la piedad mundana y vivir de forma piadosa en este mundo al recordar que: «Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente» (Tito 2:11-12).
¿Por qué negarse a sí mismo y tomar la cruz diariamente es una condición indispensable para todo aquel que afirma seguir a Jesús?
Negarse a sí mismo significa destronar al propio ego, renunciar al deseo de gobernar la propia vida y abandonar los proyectos que compiten con el señorío de Cristo. Tomar la cruz diariamente no es soportar molestias menores, sino asumir la disposición continua de morir a los deseos carnales y a la autosuficiencia para seguir incondicionalmente las pisadas del Maestro.
No es posible recibir el regalo de la salvación y al mismo tiempo pretender seguir siendo los dueños de nuestra existencia. El reino de Dios exige un sometimiento total donde nuestra voluntad rinde su corona ante el Rey soberano. Así lo establece claramente el apóstol Pablo sobre la nueva vida que tenemos en Cristo al afirmar: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gálatas 2:20).